Cuando, como teorizó Marx, la llamada “lucha de clases” amenazó con convertirse en algo más que el “motor de la Historia”, las élites dominantes se dieron prisa en imponer su programa de “lucha de sentimientos”, un programa que ocultase y sepultase aquello de podía poner en peligro su dominio y su papel dirigente. Tal vez por ello hace poco pudo Buffet culminar lo que anunció eufórico Fukuyama y afirmar que “hay una lucha de clases, pero es la mía, la de los ricos la que está haciendo esa guerra y la que está ganando por no comparecer el contrario”.

El instrumento, y conviene insistir en ello, para desmontar el motor de la Historia que señalaba Marx, fue la introducción y extensión en todos los niveles de la “lucha de sentimientos”. Los sentimientos, como algo irracional, y ajeno a los intereses de cada cual, podían hacer que el individu o sintiese un apego totalmente falto de lógica o por su propia roca o por su propio paisano millonario, en contra de aquellos que padecían su propia situación económica y sobre todo en contra de sus propios intereses personales y de su familia. Era llevar lo que después fue el “hooliganismo” al terreno de la economía y de la política, y hacer que las emociones irracionales se impusiesen sobre la racionalidad del interés propio.

Tal vez esto sea difícil de entender, pero creo que bastarán un par de ejemplos para avanzar en la línea de la cordura. En primer lugar, ¿cómo es posible hoy en día que sobre todo el PP, pero sobre todo el conjunto de los partidos que han sido culpables de la lamentable situación económica, plena de paro, y moral y política, llena de corrupción, sigan encabezando las encuestas? ¿Cómo es posible que un 40 % de los obreros de nuestro país, muchos de ellos en paro, precarios, que han probado en primera persona la destrucción del Estado de Bienestar de España, se declaren votantes del PP? ¿Cómo es posible que abuelos voten sin importarles las carencias de sus hijos y nietos, que hermanos voten en contra de los intereses de sus propios hermanos? ¿Cómo es posible que un desempleado o un aspirante en el mejor de los casos a mileurista se trague esa burda propaganda gubernamental, amplificada por sus voceros a sueldo, de lejanías venezolanas, sin importarle que él mismo no pueda pagarse sus propias medicinas o los estudios de sus hijos? ¿Cómo hemos llegado a esta situación dantesca y totalmente ajena a cualquier mínimo de racionalidad?

Pues bien, creo que podemos adelantar que hemos llegado en gran parte a esta situación por el dominio del lenguaje que han demostrado las élites, por sus agresivas campañas de marketing, con voceros a sueldo, y porque han logrado marcar, con la inestimable y tal vez involuntaria ayuda de aquellos que se decían de izquierdas, del terreno de juego y de debate dónde y cómo han querido. Un buen ejemplo de ello es como venden una y otra vez, con palabras cuquis, auténticas pérdidas de derechos. Ya se ha hablado en otros casos como flexibilidad significa en realidad despido libre, como austeridad y reformas quieren decir destrucción de derechos y libertades, sobre todo para los más desfavorecidos. Pero en este caso, tal vez, por ser lo último, deberíamos fijarnos en la paliza y la brasa que dan con el “emprendimiento”, o con eso que ahora llaman ser “freelance”, que no quiere decir otra cosa en realidad que adoptar la llamada “economía informal” de América latina en los ochenta y transportarla a Europa, es decir, hacer que los antiguos empleados se tengan que pagar ahora a ellos mismos su seguridad social, su seguro de desempleo, y se acostumbren al despido libre y sin indemnización. En eso consisten esas palabras, en hacer falsos autónomos y a la fuerza. Ahora bien, eso sólo ha sido posible cuando, merced a la movilización emocional han conseguido convencer al quincallero de Lima que su amigo es Vargas Llosa y su enemigo aquel que quiere subir impuestos a Vargas Llosa y los que son como él. Lucha emocional que sustituya a la lucha de clases, lucha de clases que ellos sí que saben que es esencial y que saben que están ganando, como dijo Buffet.

Ahora bien, todo esto, todo ello, depende de nosotros. Todavía.

 

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