A pesar de que aún quedan dos años para las próximas elecciones generales, nadie duda de que todos los partidos de ámbito estatal están en esa clave noche y día, con el horizonte de los varios comicios de 2019 a modo de ensayo. Salvo en Catalunya, donde ni los que ganaron las últimas bajo la excepción del 155 quieren repetir, pues incluso a pesar de las naturales diferencias entre PdCat, ERC y CUP, casi todo les está saliendo bien: Mientras M. Rajoy solo ha conseguido mantener encarcelados a unos cuantos dirigentes, los que decidieron exiliarse se están blindando en Europa frente a la Justicia de España, donde hasta el Instituto Elcano afirma que estamos perdiendo tantas plumas que muchos de fuera comienzan a pensar que esta democracia post franquista no era más que un disfraz. Pero es que, además, han conseguido que Montoro deje a Llarena sin argumentos, que Rivera y Rajoy pasen de las críticas a las amenazas y, terminando para no alargarnos, que la policía belga estreche el cerco sobre el ministro Zoido a cuenta del localizador electrónico que autorizó sin conocimiento ni permiso de Bruselas en el vehículo de Puigdemont, a lo que el gerundense, más listo que el hambre y que se había enterado del aparato que le habían instalado un mes antes de que lo detuvieran en Alemania, en lugar de arrancarlo o cambiar de vehículo lo que hizo fue denunciarlo a las autoridades del país donde residía. Lo que haría cualquiera.

Pero la parada de hoy en Catalunya, el pan de cada día, solo era un paréntesis inevitable. Tras la disolución de las Cortes nacidas del 20D/2015, provocada al unísono por Podemos y el PP, lo cierto es que la legislatura que comenzó el 26J/2016 está siendo igualmente inútil en producción legislativa, hasta el punto de que el Gobierno, con la interesada complicidad de un Ciudadanos convertido en sanguijuela chupa votos, se dedica a usar trampas burdas para bloquear las iniciativas impulsadas por la oposición. Hasta tal punto que incluso el Tribunal Constitucional se ha sentido obligado a enmendar la plana a M. Rajoy y sus ministros. Que probablemente harán como los catalanes, es decir, ignorarlo. Lo que decíamos del pan.

Ante un panorama tan electoralista resulta imprescindible volver la mirada a los doce comicios para relevar los escaños de Congreso y Senado celebrados desde la aprobación de la Constitución de 1978. ¿El objeto de tal memorándum? Muy sencillo: investigar las posibles concordancias entre sus resultados y las circunstancias históricas que rodearon las fechas de las votaciones. En varias ocasiones las urnas también coincidieron con inestabilidades estresantes.

Dejando a un lado, de momento, las dos últimas convocatorias, que han modificado los parámetros de cualquier análisis al certificar el funeral del bipartidismo, quedan reducidos a diez el número de resultados electorales a considerar.

Aunque sea negar la evidencia, no tendremos en cuenta aquí lo que las urnas hayan podido ser tergiversadas por las millonarias financiaciones ilegales que se han procurado los dos partidos que han ocupado La Moncloa. Una manera de estafar a la voluntad popular robándole los gobiernos que en buena lid hubiera elegido, muy probablemente distintos. Y un delito continuado que debería haber provocado las ilegalizaciones de PP y PSOE mediante las correspondientes sentencias judiciales, aunque solo fuera para que tuvieran que cambiar de siglas. Y quizás el Estado hubiera recuperado parte del patrimonio desviado. Como ejemplo cercano, y volvemos a morder el mismo pan, no parece que los de la antigua CDC del 3% hayan perdido demasiados apoyos. Ni por cambiar de nombre ni por radicalizarse.

Nos atrevemos, por fin, con lo que hemos anunciado para hoy. Después de 1978 y hasta la fecha se han celebrado elecciones generales en 1979, 1982. 1986, 1989, 1993, 1996, 2000, 2004, 2008, 2011, 2015 y 2016. Dado que atravesamos ahora un periodo de evidente inestabilidad, nos pararemos a analizar las circunstancias que rodearon las urnas de los años remarcados, pues fueron los únicos en los que la voluntad popular, aunque siempre estafada tuvo, al menos, la fuerza suficiente para provocar cambio de gobierno.

 

Iremos caso por caso.

  • 1982. Fueron las de la primera mayoría absoluta del PSOE, un resultado que jamás se habría producido sin el golpe de estado de Tejero, que primero casi mató del susto a millones de personas y en unas pocas horas, y nocturnas, las devolvió a la vida. Para rematar la carambola a favor de los socialistas, en medio de una alegría a duras penas contenida por Felipe González y los suyos ante la degradación imparable de una UCD que gobernaba con Calvo Sotelo, el 23F se mantuvo de rabiosa actualidad hasta poco antes de las elecciones de aquel octubre, pues la sentencia del juicio a los golpistas, seguido por los medios con todo lujo de detalles, se conoció en junio de ese mismo año.

 

  • 1996. La primera victoria de Aznar no fue principalmente producto del agotamiento de un PSOE protagonista de múltiples casos de corrupción. La crisis económica iniciada en 1993 elevó el desempleo del 16 al 24% en cuatro años, el PIB llegó a descender más del 1% en doce meses, la peseta fue devaluada tres veces en menos de un año y, entre otras medidas socialmente traumáticas, se redujo la prestación mínima para los parados sin hijos y se conocieron los primeros déficits del sistema de Seguridad Social, con la consiguiente sensación de peligro para las pensiones de jubilación. De hecho, el gobierno de un Aznar que, para más emocionar, había sobrevivido a un atentado de ETA, al poco de ser nombrado tuvo que recurrir a la financiación privada para pagar una de las extras a los pensionistas.

 

  • 2004. Al shock total producido por el atentado yihadista del 11M en los trenes de Madrid se añadió la que probablemente haya sido la más grande y criminal mentira perpetrada por un gobierno de Europa Occidental en lo que va de siglo XXI. Todo en el corto e intenso periodo de los tres días previos a unas elecciones ante las que ninguna encuesta anunciaba la derrota del partido que ocupaba con mayoría absoluta aquel gobierno embustero. Pero las urnas lo castigaron y de aquella infamia el PP entró en una fase tan depresiva que algunos apostaron a que terminaría descomponiéndose en menos de dos legislaturas. Y eso que ningún otro partido les hacía la competencia en su propio territorio.

 

  • 2011. Para que el mismo M. Rajoy pudiera derrotar a Zapatero tuvo que llegar la mayor crisis económica desde el crack de 1929, si exceptuamos las directamente vinculadas a las guerras mundial y española, pero esas no cuentan para lo que estamos. El terror al empobrecimiento generalizado provocó, como en aquella crisis del primer tercio del siglo XX, un doble fenómeno en el comportamiento colectivo: junto a movilizaciones sociales masivas y novedosas como la del 15M, una búsqueda en las urnas de la solución más autoritaria posible. Pero también ganó De Gaulle tras mayo del 68, ahora que se cumple medio siglo.

 

En cambio, si repasamos las elecciones generales celebradas en 1979, 1986, 1989, 1993, 2000 y 2008 podemos comprobar que salvo las del 93 y el 08, el resto tuvieron lugar en periodos de cierta estabilidad. Incluso las dos citadas aparte, aunque sufrían los primeros vaivenes de las respectivas crisis económicas, los ocupantes de La Moncloa, ambos socialistas, o presumieron, caso González, de mantener la situación bajo control, o directamente negaron, caso Zapatero, la ruina que asomaba. Pero la realidad terminó pasando factura y esos mismos gobiernos, que a duras penas superaron ambas convocatorias, tuvieron que anticipar las dos urnas siguientes, las de los años 1996 y 2011 que, como se ha descrito, si provocaron los cambios.

La segunda conclusión, aunque no la última, que sacamos con de este breve repaso a 40 años de cómo se llame esto en lo que sobrevivimos se refiere al carácter de cada una de las crisis y los resultados de las respectivas elecciones. El electorado favoreció al PSOE contra el PP cuando el estrés social nacía de un conflicto político. Son los casos del 23F de Tejero + Rey Juan Carlos o del 11M de atentado terrorista brutal + gran mentira gubernamental. En cambio, cuando el origen de la desesperación colectiva procede de una crisis económica importante, el mismo censo electoral, o ese sustancioso porcentaje de veletas que cambia de papeleta el día de las urnas, decide otorgar a la derecha las riendas, quizás intuye que la crueldad es más eficaz a la hora de eliminar los excedentes depauperados.

Como lo que nos ha sentado ante el teclado ha sido el electoralismo total de nuestra clase política, debemos aplicar la investigación a las expectativas para el año 2020, o antes si finalmente se disuelven las Cámaras. Y no nos queda más remedio que tropezar por tercera vez en la piedra catalana pues, más aún de lo que nos ha ocurrido en las de 2015 y 2016, en las próximas elecciones generales volveremos a votar estresados por un conflicto que, sin haber producido aún consecuencias geopolíticas, debido a nuestra particular manera de ser, ha ocasionado ya muchos malestares personales.

Sobre si es posible combatir en las próximas urnas este peligroso autoritarismo español que nunca nos abandonó, pero que ahora regresa y progresa como hace mucho tiempo que no veíamos, hablaremos en la próxima entrega.

 

Continuará…

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Nacido 1951, Madrid. Casado. Dos hijos y dos nietos. Cursando el antiguo Preu, asesinato de Enrique Ruano y la canción de Maria del Mar Bonet. Ciencias Políticas. Cárcel y todo eso, 1970-71. Licenciado en 1973 y de la mili en 1975. Director comercial empresa privada industrial hasta de 1975 a 1979. Traslado a Mallorca. de 1980 a 1996 gerente y finanzas en CC.OO. de Baleares. De 1996 hasta 2016, gerente empresa propia de informática educativa: pipoclub.com Actualmente jubilado pero implicado, escribiendo desde verano de 2015, con unos 170 artículos publicados, sin ningún compromiso, en diversos medios.

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