Existe un problema en política cada vez más acentuado y que explica muchos de los problemas internos en los partidos que vemos cada día. Un problema que ya estaba ahí, pero cada vez es mayor. La democratización de los partidos conlleva, de forma inexplicable para los viejos aparatos y sus formas, que los liderazgos son cada vez más importantes. La gente en las primarias suele decidir su voto en base a las personas, y eso provoca casos en los que un hiperliderazgo, acentuado además por los medios, que venden mejor estos relatos, se impone a quien entiende la política como viejas estructuras de poder.

Un liderazgo sobrerreforzado provoca siempre envidias y celos en quien no encuentra su espacio y culpa por ello a los medios o al control que el líder ejerce. Eso provoca que los cuadros medios o actores secundarios que no entienden este mecanismo se unan entre sí para intentar acabar con ese liderazgo, cueste lo que cueste, aunque le cueste la vida y la credibilidad al partido del que forman parte. Nada más difícil en política que gestionar la frustración. Una estructura de partido que por su propia frustración está dispuesta a cargarse a su líder mediático es un partido que se dispara a sí mismo en los pies. Un partido inteligente debe aprovechar sus fortalezas, y no pretender destruirlas, porque ese tipo de decisiones puede costarle el futuro, y la credibilidad, ante sus votantes. Vivimos en una era post-ideológica en la que la intencionalidad del voto va cambiando cada vez más, y deshaciéndose de etiquetas como la de izquierda o derecha. En ese cambio, el electorado encuentra más respuestas en las personas que en los partidos. No querer entender esto es no haber entendido nada de lo sucedido en el mundo de la comunicación política en los últimos 20 años, y hacerse el harakiri.

El politólogo Fabio Bordignon, en su libro “il partito del capo”, hace un gran análisis de esta situación y las características de estos liderazgos: postideológicos, emocionales, y renovadores. Son unos liderazgos construidos en base a lo que la gente quiere, y no a lo que las estructuras de partido desea. Esto explica las victorias internas de Corbyn, Renzi, Hamon o Pedro Sánchez, así como gran parte del liderazgo de Pablo Iglesias. Liderazgos personalistas apoyados por la militancia de la organización.

La pregunta que se debe hacer gran parte de la izquierda sobre todo es simple: ¿Queremos primarias o queremos elecciones internas controladas por el aparato? Si queremos primarias el resultado es claro: la creación de hiperliderazgos.

Los segundos espadas de los partidos políticos deben aprender a convivir con esto, y aprovecharse de las ventajas que tiene que los focos estén más encima de estos líderes, y crecer con tiempo, aprovechando sus circunstancias y sabiendo aprovechar sus espacios.

La política mediática no se puede cambiar, se trata de aprender a convivir con ella. Como decía Antonio Machado, “En política sólo triunfa quien pone la vela donde sopla el aire; jamás quien pretende que sople el aire donde pone la vela.”

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