Darío Villanueva, flamante Presidente de la Real Academia de la Lengua Española nos ha obsequiado hoy en Radio Nacional con el fruto de su sabiduría, en la entrevista que le ha realizado Manolo HH. Gracias a él sabemos que el español es un idioma sintético que puede describir una situación con menos palabras que el inglés. Véase el ejemplo: un cartel en una carretera que pone “show girl low cost” y que en español se podría decir simplemente “burdel barato”. ¡He aquí el ahorro lingüístico que permite nuestro amado idioma! ¡Las cuatro palabras del inglés reducidas a dos en castellano! Y los dos, el ilustre presidente y el veterano periodista se reían encantados de haber encontrado tan sencilla traducción para el anuncio de un lugar de tortura para mujeres, a bajo precio.

Ningún comentario sobre el contenido de semejante reclamo. Para el señor Villanueva el idioma no es la información verbal o escrita de una realidad, solo pura virtualidad como las imágenes de Internet. El Presidente no encontró otro ejemplo – seguramente porque no lo hay- para intentar desmontar la evidencia de que el inglés es un idioma más sintético que el español que precisa de más palabras con más sílabas que aquel para indicar lo mismo, y a veces sin la misma precisión, y así, en horario infantil, las 12 del mediodía, nos informaron de que en las carreteras españolas hay burdeles baratos. Eso sí, que se anuncian en inglés cuando deberían hacerlo en español. Porque al fin y al cabo las prostitutas pobres sirven también como modelo idiomático, además de satisfacer a bajo precio las irreprimibles necesidades sexuales de los varones.

No es sorprendente esta falta absoluta de sensibilidad del Presidente de una entidad que desde 1714, es decir hace 313 años, no ha tenido más mujeres que 11, 3 ya fallecidas y las 8 que hoy tienen el honor de sentarse al lado de los eximios Académicos varones, que les han perdonado su condición femenina y permitido participar en las inestimables e imprescindibles tareas de “limpiar, fijar y dar esplendor” a nuestro idioma.

Hasta en tres ocasiones (1889, 1892 y 1910), explica Belén Remacha en eldiario.es, rechazaron en la Real Academia a Emilia Pardo Bazán, esgrimiendo la simple razón de que “las señoras no pueden formar parte de este Instituto”. Antes que la escritora gallega ya había intentado entrar a formar parte la cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda. Era 1853 y el escritor José Zorrilla fue todavía más claro en su caso: la mujer que escribe era “un error de la naturaleza”. También entonces Juan Valera predijo: “No sería esto lo peor, sino la turba de candidatos que nos saldrían luego. Tendríamos a Carolina Coronado, a la Baronesa de Wilson, a Dª Pilar Sinués y a Dª Robustiana Armiño. Y a poco que abriésemos la mano, la Academia se convertiría en aquelarre”. Lo que demostraba el multitudinario “aquelarre” que constituían las mujeres escritoras de la época.

En los albores de la democracia (1972) la candidatura de María Moliner, autora de uno de los diccionarios más completos de la lengua española, perdía la votación frente a la del mucho menos trascendente filólogo Emilio Alarcos Llorach. En 1978, todavía fresco aquel bochorno histórico y a punto de estrenarse la Constitución, “tocaba” poner a una mujer. La primera desde que su fundación en 1714. “Convenía por el ambiente general, y además, para acabar con esta discriminación”, declaraba a El País aquellos días el académico Antonio Tovar. El director Dámaso Alonso afirmaba por su parte que “Las mujeres tienen siempre posibilidades de llegar a la Academia (…) No hay misoginia alguna -añadía- por parte de la Academia como corporación”.

Entonces se presentaron tres candidaturas para ocupar el sillón que había dejado Miguel Mihura: la de Rosa Chacel, la de Carmen Guirado y la de Carmen Conde. El mismo diario decía entonces que una de ellas rompería “con la tradicional reticencia de los académicos a compartir sus puestos con colegas femeninos”. Finalmente, fue la tercera la que se convirtió en la primera académica de la lengua en los entonces 264 años de historia (a menudo se menciona a María Isidra de Guzmán y de la Cerda pero no, ella solo fue, leyó su carta y se marchó, y por imposición de Carlos III). Lo hizo con un discurso titulado Poesía ante el tiempo y la inmortalidad: “vuestra noble decisión pone fin a una tan injusta como vetusta discriminación literaria”, comenzaba, inocentemente agradecida por el gesto.

Poco podía imaginar Conde que el suyo era el primer apaño en una historia de desplantes (también se los hicieron a Blanca de los Ríos o a Concha Espina, y a otras que lo hubiesen merecido como Carmen Martín Gaite o Carmen Laforet) en una institución que por supuesto jamás ha dirigido una mujer, añade Remacha. Antes de que terminase el siglo XX, y como pronosticaba Valera, llegaron dos académicas más: Elena Quiroga (1984) y Ana María Matute (1998). Luego lo harían Carmen Iglesias (2002) y Margarita Salas (2003). Con el cambio de década parece que planeó de nuevo la sensación de “ya toca”, porque en estos seis últimos años han entrado más mujeres que en los otros 300 juntos: Soledad Puértolas Villanueva (2010), Inés Fernández Ordóñez (2011), Carmen Riera Guilera (2013), Aurora Egido (2014), Clara Janés (2015) y Paz Battaner (2016), estas dos todavía electas. La última persona que ha pronunciado un discurso ha sido Félix de Azúa.

En total, la presencia femenina actual es de ocho mujeres de 44 miembros, un 18% del total. Once de casi quinientos miembros en toda la historia. Como académica honoraria nunca se ha nombrado a una mujer.

Estos inmortales de los que nadie sabe nada y que la historia olvidará antes de que se mueran, rechazaron a Concha Espina, a María Zambrano, a Rosa Chacel, a Zenobia Camprubí, a María Teresa León, que ya se hallan en El Parnaso acompañando a Cervantes, a Teresa de Jesús, a Inés de la Cruz, entre otros escritores y otras escritoras.

Mientras, esa ilustre institución alberga a académicos varones tan abiertos a la igualdad y la tolerancia como Félix de Azúa que se refirió a Ada Colau diciendo que sólo serviría como pescadera. Y cuyo conjunto de ilustres excelencias se ha mostrado absolutamente contrario al lenguaje inclusivo o repetitivo para darle visibilidad a las mujeres, alegando que “La actual tendencia al desdoblamiento indiscriminado del sustantivo en su forma masculina y femenina va contra el principio de economía del lenguaje y se funda en razones extralingüísticas (…) Así, los alumnos es la única forma correcta de referirse a un grupo mixto, aunque el número de alumnas sea superior al de alumnos varones”. La Academia dixit.

Y así lo repitió hoy el excelentísimo Presidente Darío Villanueva, con el tono que se utiliza ex cátedra por los Papas para hacer públicos sus dictámenes como dogmas de fe.

Pero gracias a la erudición del académico me enteré de los muchos sinónimos que posee el término de papanatas. Así: boludo, badulaque, mentecato, simple, crédulo, tontaina, bobalicón, pazguato, pardillo, asno, atontado, babieca, bobo, imbécil, pazguato. Escojan ustedes. Yo, para calificar a los excelsos representantes de la Academia de nuestra lengua creo que me quedo con el de papanatas, que me parece que los define con precisión.

4 Comentarios

  1. Fabuloso artículo. De 500 miembros sólo 11 mujeres. Ejemplo de misoginia y puterío, literal y expreso (en boca de su presidente). Parece que ahora vamos “entendiendo” mejor cual es el problema. R8💜

  2. ¿”44 miembros” solo, o miembras también? ¿Quinientos y quinientas? ¿Ilustres e ilustras excelencios y excelencias?

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