Hace unos días pasé un rato con mi buen amigo Paco Pascual, dramaturgo y actor. Lo conozco desde la adolescencia y, por tanto, compartimos gran cantidad de códigos y puntos de vista. Su próximo proyecto me parece muy interesante. Un texto representado por un solo actor que dará vida a un buen puñado de personajes. La idea de fondo es contraponer a las élites intelectuales, a los llamados creadores de opinión, respecto a las personas reales de las que suelen servirse para fundamentar sus argumentarios: la gente común con problemas auténticos.

Nos preguntábamos si realmente, cuando se produce una tragedia personal, existe o no solidaridad real por parte de quien denuncia su caso, o lo pone como ejemplo, para señalar un error del sistema o una perversión del mismo. Ambos coincidimos en que, en la mayoría de los casos, dicha solidaridad es casi inexistente. Existen afinidades convenientes y poco más en demasiadas ocasiones.

Ahora que salimos de la Semana Santa creo que es un buen momento para recapacitar sobre el fariseísmo, ciertamente enfatizado, que viene siendo ya una costumbre en el comentario de las noticias de actualidad. Y no deja de llamar la atención que una misma persona pueda defender un argumento o su contrario en función de quién esté implicado en el asunto. El compañero Jesús Ausín escribió un gran artículo hace unos días bajo el título “Una Lucha sin Compromiso”. Muchos de los que nos consideramos “de izquierdas” deberíamos vernos reflejados en lo que cuenta. Nuestras contradicciones son evidentes y, en cierto sentido, esta costumbre de decir una cosa y hacer la contraria (consumir los productos, pertenecer a las entidades bancarias o utilizar la energía que suministran las empresas que criticamos a diario) es para hacérnoslo mirar.

La derecha hace poca autocrítica, tal vez porque tienen asumido que se trata de una batalla sin cuartel; los remordimientos mejor dejarlos para el confesionario. Y mientras tanto, leña al mono. Incluso desde las filas de la izquierda esa autocrítica es a veces tildada de pusilánime y tibia. En efecto, si se trata de una guerra (la guerra dialéctica) no hay lugar para treguas o armisticios. Muy poco hemos avanzado desde que los sofistas “gastaron el lenguaje” de tanto pervertirlo. Creo, sin embargo, que sus trampas argumentales, comparadas con lo nuestro, son de guante blanco.

Por otra parte, las élites intelectuales critican a la masa por costumbre. “La masa es culpable de todos los males”, “la masa vota al corrupto” o “la masa es un freno para la transformación social”. Son cosas que se piensan y que a veces se dicen desde las élites intelectuales. Y aunque existan ciertas dosis de verdad en todo esto, en muchas ocasiones a las élites intelectuales –que debería entrecomillar a toda costa- la masa social en realidad le importa un pimiento.

Tampoco quiero decir con todo esto que esa “masa social” (término que utilizo y que, a la par, me disgusta) lleve la razón siempre. Aquí no se salva nadie, si hemos de ser justos.

Por eso piensan que hay que ganársela, a la masa, y manipularla mejor que el contrario para que haga y piense lo que uno quiere, lo que a uno le interesa… Después de muchos años discurriendo sobre el asunto parece que no hay más remedio que combatir con las mismas armas que los conservadores. Y se han acercado tanto en sus modus operandi unos y otros que, a estas alturas, ya cuesta mucho distinguirlos. Hay partidos políticos y organizaciones sindicales tan irreconocibles que han acabado por ser una mofa de sí mismos.

Otra cosa bien distinta sería hacer frente a los problemas, y hacerlo de raíz. Predicar con el ejemplo y no tanto con la palabra. No adoctrinar como primera y última estrategia. El discurso es importante, pero el discurso no lo es todo. Ser coherente es un buen punto de partida. Y que esa coherencia comience por reconocer, públicamente, que nadie es sublime sin interrupción, que todos sufrimos contradicciones, terribles contradicciones.

Porque la crispación ha sido una estrategia y está convirtiéndose en un hábito. Recuerden aquello de “escucho a Federico por las mañanas para ponerme como una moto”. El programa del sábado por la noche en prime time, La Sexta Noche, viene a ser más de lo mismo. ¿Quiénes son los fijos? Los que provocan mayor crispación, por supuesto. Los que defienden una cosa y su contrario sin sonrojarse, porque dan audiencia.

Y es así como la masa deja de hacer caso a los creadores de opinión, que acaban por convertirse en bufones. Justamente lo opuesto a lo deseado, cuando miraban a las personas normales, con problemas reales, muy por encima del hombro.

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Julio Fuentes González nació en Linares, Jaén, en 1976. Es licenciado en filología hispánica por la Universidad de Córdoba y ha publicado relatos en diversas revistas literarias. En el año 2000 publicó Una cucharilla partida por el agua en la editorial Círculo de Lectores, en volumen conjunto con la obra Manaos de Alberto Vázquez-Figueroa, siendo seleccionado para este proyecto de la mano de Sergio Gaspar y Silvia Sesé. Es técnico superior en prevención de riesgos laborales y ha desarrollado una intensa actividad sindical. En la actualidad está finalizando Perímetro Flexible, su primera novela.

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