Nueve minutos. El andén de la línea cinco está casi desierto. Hay una anciana descansando las piernas en uno de los bancos y apenas Julián, que entretiene la espera dando paseos de diez zancadas para luego dar la vuelta, como en un duelo a pistola. Ocho minutos. Él se sabe vigilado por las cámaras de circuito cerrado y por la mirada prevenida de la vieja. Pero sigue a lo suyo, jugando ahora un partidillo imaginario con la cáscara de un pistacho. Siete minutos. Luego mira el Canal Metro en los monitores: inauguraciones, apretones de manos y sucesos. Una píldora muda de tres minutos y medio, emitida en continuo y subtitulada.

Quedan seis minutos. Van llegando más viajeros al andén con un periódico entre las manos, un ejemplar que será sobado por las reiteradas consultas a los anuncios de contactos o a las necrológicas, repetidos en cada préstamo para los que irán al café o al baño durante las horas de trabajo. Cinco. Hay grandes carteles que anuncian próximos estrenos televisivos, promociones navideñas y una voz, con megafonía de parroquia, previniendo del retraso ya cotidiano entre dos estaciones lejanas.

Mientras tanto, algunos han pasado de la cabeza gacha leyendo las tragedias del periódico a la tortícolis mística de Canal Metro. Cuatro minutos. Tres minutos. Julián advierte que el tiempo, bajo la ciudad, sigue una progresión distinta, que a veces se amansa o aligera, al dictado del tránsito vacilante de los vagones. Algunos viajeros se asoman encogidos a la busca de unos faros al final del túnel. Otros retoman el relato interrumpido de la mañana allí donde dejaron como marcador una vieja lista de la compra.

Dos minutos. El andén alberga ya a un centenar de individuos solitarios. Un minuto. Los más estrategas toman posiciones en el lugar calculado donde vendrán a parar las puertas corredizas.

Y el tren aparece entonces, en un estruendo de silbidos y catenarias.

Julián observa más tarde que la anciana no ha subido al metro. Se ha quedado sentada en el banco, pelando una naranja con las uñas sobre las arrugas de la falda.

Su único consuelo, quién sabe, es ser la única que no se siente observada.

Puedes leer los anteriores #Fotocuentos aquí.

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