Los hechos demuestran que la trayectoria política de Pedro Sánchez ha estado marcada por el fracaso desde que accedió legítimamente a la Secretaría General del Partido Socialista. En todas y cada una de las citas electorales que se han producido desde el mes de julio de 2014 el PSOE ha ido perdiendo el apoyo de la ciudadanía hasta llegar al ridículo resultado del 20D, un resultado que él definió como «resultado histórico» en una rueda de prensa eufórica.

En esa ocasión la frase era acertada en su significado pero no en el significado que Pedro Sánchez le quiso dar ya que el Partido Socialista Obrero Español había cosechado los peores resultados desde la reinstauración de la democracia en España, algo que, efectivamente, pasará a la historia.

Repasemos algunos datos que dan una idea de los constantes fracasos de Sánchez al frente del PSOE. En las elecciones municipales el Partido Socialista obtuvo 5.603.112 votos, es decir, 1,2 millones de votos menos que en 2011 y 2,2 menos que en 2007. En las autonómicas se recuperó poder gracias a los pactos con las fuerzas progresistas, es cierto, pero se perdieron votantes.  En las generales del 20 de diciembre Pedro Sánchez obtuvo 90 escaños con una pérdida de 1,5 millones de votos respecto a 2011 (todo un éxito, como se puede ver, al superar el suelo que marcó Rubalcaba) y de 4,8 millones respecto a 2008.

El PSOE sólo ganó las elecciones en Andalucía pero no por el mérito de su secretario general sino por la personalidad política de Susana Díaz y porque Pedro Sánchez sólo apareció por tierras andaluzas para abrir la campaña y cuando se dio cuenta de que Díaz le estaba ganando por la mano en popularidad.

En Ferraz se llegó incluso al ridículo de «photoshopear» los carteles de campaña haciendo aparecer junto a Susana Díaz a Pedro Sánchez. Habrá quien diga que la bajada del número de votantes está provocada por la aparición de nuevos partidos que le han quitado apoyos. Este es un discurso de autocomplacencia superficial porque ante las nuevas formaciones lo que había que haber hecho era presentar un proyecto de clara orientación socialista dejando de lado las morrallas socialdemócratas.

Ante esta situación de desprestigio, ante este desapego de la ciudadanía respecto del proyecto socialista, una situación que se viene arrastrando desde que Zapatero no dio el paso que tuvo que dar en 2010 y convocar elecciones, Pedro Sánchez ha podido tomar dos caminos a la hora de intentar formar gobierno: la digna o la indigna. En cambio, ha hecho lo que hace siempre: abrir una vereda nueva, la suya.

Con los resultados electorales en la mano, con tan sólo 90 diputados, Pedro Sánchez podía haber cogido el camino digno y la misma noche del 20 de diciembre tendría que haber presentado su dimisión como secretario general y haber convocado un proceso de elección por primarias y congreso extraordinario, tal y como hicieron en su momento Almunia tras el batacazo del año 2000 o Rubalcaba tras el desastre de las elecciones europeas.

No lo hizo porque había una posibilidad de formar Gobierno siempre y cuando Felipe de Borbón le propusiera como candidato a la investidura. Este hecho se produjo tras la huida de Mariano Rajoy y en ese momento Pedro Sánchez tuvo que haber tomado la senda digna que la nueva situación exigía: llegar a un acuerdo de gobierno con las fuerzas de la izquierda y pactar con Ciudadanos su abstención y en la sesión de investidura. Una vez alcanzada la Presidencia llegar a acuerdos con el nuevo partido neoliberal para garantizar la gobernabilidad. De este modo no incumpliría el mandato del Comité Federal de dejar de lado a todos aquellos partidos que pusieran en cuestión la unidad del Estado.

Por otro lado, también podía haber cogido el camino indigno, es decir, la Gran Coalición con el Partido Popular y Ciudadanos, tal y como pretendían los poderes fácticos que hiciera, tal y como pretendían ciertos líderes retirados que hiciera, líderes que piensan más en sus admiraciones por la socialdemocracia alemana o sueca que en la verdadera situación de la ciudadanía.

Sin embargo, Pedro Sánchez siempre tiene una prioridad sobre todas las demás. Esa prioridad se llama Pedro Sánchez. Por eso ha tomado un camino propio, el camino de Pedro Sánchez. Todos los días que han pasado desde que Felipe de Borbón le propuso como candidato a la investidura han sido días perdidos por la falta de audacia política del secretario general del PSOE porque ganaba tiempo de cara al movimiento interno.

Cuantos más días pasaran, más días en los que no se tendría que enfrentar a un más que probable relevo en la Secretaría General ya que los posibles candidatos tienen una mayor talla política que él y, desde luego, un carisma que jamás podrá alcanzar. Esa es una de las razones por las que a día de hoy no tenemos gobierno y por las que Rajoy sigue en la Moncloa.

Hay que tener en cuenta que Pedro Sánchez, a día de hoy, es un okupa de la Secretaría General del PSOE ya que su mandato finalizaba en febrero, fecha en la que se debería haber celebrado un Congreso Ordinario donde, tras el proceso de primarias correspondiente, se elegiría un nuevo Secretario General.

Para evitar esto e intentar reforzar su deteriorada situación interna, Pedro Sánchez ha hecho lo imposible para retrasar ese congreso. Lo logró para que no se interpusiera en las negociaciones para formar gobierno y lo trasladó al mes de mayo. Como ha fracasado también en esas negociaciones, ha movido los hilos para aplazarlo al otoño.

Para mejorar el disparate se dio cuenta de que llegar a acuerdos con los partidos de la izquierda, tal y como se hizo en las comunidades autónomas gobernadas por el PSOE, iba a ser demasiado complicado para un político mediocre. Las exigencias de los otros partidos, muchas de ellas de una irresponsabilidad mayúscula, hacían que se intensificaran las negociaciones para poder presentarse ante la sesión de investidura con un pacto progresista como el portugués.

No forzó la negociación ante la pasividad de Podemos y tiró por el camino fácil: presentar un pacto con la derecha neoliberal en un acuerdo vergonzoso, en el que no es que se haya cedido en aspectos que para un socialista deberían ser irrenunciables, sino que claudicó de un modo humillante ante Ciudadanos. Por mucho que se quiera vender como un buen acuerdo lo que firmó Pedro Sánchez con Albert Rivera no fue otra cosa que una hipoteca que nos aboca a todos los españoles a unas nuevas elecciones ya que cierra cualquier tipo de acuerdo con los aliados naturales del PSOE.

Sin embargo, el hecho de que se vaya acercando la fecha en que Felipe de Borbón tendrá que disolver las Cortes y no haya gobierno le favorece a Pedro Sánchez desde el punto de vista interno. Es lógico que Podemos no quiera estar en un gobierno con Ciudadanos y viceversa. Lo que no es tan lógico es que Pedro Sánchez firmara ese acuerdo con la derecha neoliberal, con sus adversarios políticos, como tampoco es lógico que aceptara la candidatura del jefe del Estado sin tener ningún pacto cerrado ni, como él se jacta de decir y sus palmeros de repetir como loros, para que corriera el «reloj de la democracia».

Una vez que fracasó en la investidura, una vez que ese pacto quedaba vacío, debió centrarse en retomar las negociaciones con los partidos de la izquierda sin ningún tipo de imposición. Pero él hizo lo contrario y se llevó a Rivera a todos los sitios, lo que paralizaba aún más la situación porque nadie que se llame progresista quiere tocar ni con un palo todo lo que tenga que ver con el conservadurismo político ni con el liberalismo económico.

Cuando abres un camino nuevo te encuentras con dificultades y caminar se hace más complicado. Ese es el camino de Pedro Sánchez para sobrevivir políticamente, un camino lleno de obstáculos, de malas hierbas y de zarzales, un camino que sólo tiene un final: nuevas elecciones y, en caso de que eso ocurra, el único responsable será Pedro Sánchez por haber elegido una senda en la que se alargaba el tiempo para que se alargara su vida política.

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