Tiempo atrás, y en relación a las denuncias que sobre corrupción pesaban sobre el ex Presidente brasileño Luíz Inácio ‘Lula’ Da Silva, planteamos que ‘es urgente dar respuesta al interrogante que planteaba Silvio Rodríguez, ¿hasta dónde debemos practicar las verdades?, hasta SIEMPRE. Hay principios que no pueden ni deben modificarse y que deben ser defendidos por su valor intrínseco, la honradez es uno de ellos, sólo entonces se podrá reconstruir una política progresista en serio en la que se gobierne para la ciudadanía y se viva trabajando en política sin pretender vivir de la política’, y es una realidad que hoy se aplica para el caso del presidente nicaragüense Daniel Ortega.

La crisis que afronta desde hace meses el país centroamericano, agravada por la violencia desmedida aplicada por el gobierno sandinista excedió los límites nacionales y ya es debate entre todos los países del continente, puesto que comenzó a debatirse en el seno de la Organización de Estados Americanos (OEA) la posible sanción a Nicaragua, acusada por organismos de derechos humanos de violación a los derechos humanos, del uso de policías y paramilitares en la represión de la protesta, que ha dejado 351 víctimas fatales.

Ortega preside Nicaragua desde 2007, en su segundo período al frente del Estado puesto que ya había estado entre 1979 y 1990 tras el triunfo el 19 de julio de 1979 de la Revolución Sandinista, pero en este ciclo arrecian sobre el gobierno las denuncias de corrupción y nepotismo, realidad que niegan Ortega y su vicepresidente… su esposa Rosario Murillo.

Pero el presidente Ortega dista mucho de lo que fue el Comandante Ortega, y los lineamientos que hoy defiende el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) ya no son las banderas que lo llevaron al triunfo sobre el somocismo cuatro décadas atrás. Como la mayoría de los movimientos de liberación nacional latinoamericanos, el FSLN tenía en su programa una clara visión marxista de la realidad, en gran parte influenciada por el castrismo cubano, y hoy en día se ha vuelto un proyecto familiar autorreferencial distante de las necesidades del pueblo nicaragüense.

El epicentro de las protestas se ha situado en Masaya, distante un puñado de kilómetros de la capital Managua, desde el inicio de las protestas tres meses atrás tras fallidas reformas a la seguridad social y que poco a poco sirvieron de caldo de cultivo para un reclamo más profundo que derivó en el pedido de renuncia del Ortega. Sin embargo, tras la represión del pasado fin de semana en la Universidad Nacional de Managua, el 18 de julio llegó el turno otro bastión opositor, y como si fuera una fecha marcada para la violencia, las fuerzas sandinistas ingresaron a Masaya, y en especial en la comunidad indígena de Monimbó, a sangre y fuego.

Según la presidenta del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (CENIDH), Vilma Núñez, Ortega se centró en Monimbó ‘por temor a que le ocurriera lo mismo en la misma fecha’, dado que esta comunidad fue central en la caída de Somoza en 1979, rebelión liderada por el propio Ortega entre otros, puesto que el 19 se cumple un nuevo aniversario de la huida de Somoza y el triunfo de la Revolución. Como reseña Carlos Mejía Godoy, que en su oportunidad fue sandinista y hoy es crítico del gobierno, ‘quién diría que cuatro décadas más tarde ese Morimbó aguerrido, ese Morimbó imbatible, volvería a insurreccionarse con más ardor, con más heroísmo, con más audacia, dando la batalla contra el crimen, contra la injusticia, contra la impunidad’.

La vicepresidente, y esposa del Presidente de la República Daniel Ortega, Rosario Murillo fue sumamente clara sobre las posibilidades de éxito de la protesta ciudadana. Dijo días atrás ‘¡No Pasarán! No han pasado y no pasarán. Esa atrocidad no va a gobernar Nicaragua, el terrorismo no va a gobernar Nicaragua, los diabólicos no podrán nunca gobernar Nicaragua’.

En consecuencia, tras la represión la protesta fue acallada y las tropas gubernamentales celebraban cantando ‘Aunque te duela, aunque te duela, Daniel, Daniel, aquí se queda (…) Daniel, Daniel, el pueblo está con él’.

Lejos quedaron aquellas épocas en que los cachorros de Sandino acababan con el somocismo, y en un triste guiño de la historia Nicaragua se enfrenta, como 4 décadas atrás, a una sanción de la OEA. Entonces, la OEA aprobó una resolución en la que se condenó al régimen de Anastasio Somoza y exigía su reemplazo definitivo e inmediato. Hoy no se llega a tanto pero es clara la condena de la comunidad internacional a la violencia institucional desatada en Nicaragua. Frente a esto, el sandinismo propuso una resolución en contrario que propone rechazar ‘que los grupos opositores golpistas utilicen el Diálogo Nacional promovido por el Gobierno de Nicaragua, para tratar de legitimar sus acciones criminales contra la población civil y policías, coludidos con grupos internacionales de crimen organizado y terroristas, para desestabilizar al Estado de Nicaragua’, algo sumamente distante de la opinión de Naciones Unidas, quien a través de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH) acusó al gobierno de Ortega por ‘asesinatos, ejecuciones extrajudiciales, malos tratos, posibles actos de tortura y detenciones arbitrarias cometidos en contra de la población mayoritariamente joven del país’, la propia OEA o la propia Alta Representante para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad de la Unión Europea y Vicepresidenta de la Comisión Europea, Federica Mogherini, quien llamó al Gobierno de Nicaragua a poner ‘fin inmediato a la violencia’.

El pasado 18 de julio, la OEA aprobó por 21 votos a favor, 3 en contra, 7 abstenciones y 3 ausentes la Declaración que condena al gobierno nicaragüense y rechazó el proyecto del orteguismo por similares números, 3 votos a favor, 20 en contra, 8 abstenciones y 3 ausentes. En la declaración aprobada se ‘exhorta’ al Ejecutivo nicaragüense a que ‘apoye un calendario electoral acordado conjuntamente en el contexto del proceso de Diálogo Nacional’. Ahora le toca mover pieza a Daniel Ortega.

Ante esta realidad, es imprescindible aplicar nuestras verdades siempre, puesto que si criticamos ciertos accionares en quienes no piensan como nosotros, más inflexibles debemos ser con quienes nos situamos en el mismo campo. Un desvío de quienes piensan parecido da lugar a que quienes se oponen sean vistos como una alternativa real. La opción a una izquierda democrática que no da respuestas no es una izquierda democrática que sí las da. La opción a una izquierda democrática que no da respuestas es la derecha. Por eso es fundamental aplicar las verdades siempre, para no dejar de dar respuestas nunca.

Las crías crecieron y se convirtieron en adultos. En sus manos está el seguir siendo, o no, los cachorros de Sandino.

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