Pareciera el guion de una de esas películas catastrofista de ciencia ficción donde se empiezan a pervertir medidas del debate público. Donde se hacen alusiones a posiciones que sabemos que existen, pero que creíamos minoritarias. Donde, degenerando razonamientos, de repente se plasman sociedades totalitarias de mucha propaganda y poca reflexión.

Una de esas sociedades de las que la historia, no sólo el cine, nos ha dado ya ejemplos. De las que cuando analizamos en perspectiva no somos capaces de entender cómo se pudieron aceptar. De las que cuando vemos en otros lugares del mundo nos produce indignación, rechazo, condenas.

Un joven político que aspira al poder total. Sectores sociales que se sienten agraviados por las circunstancias de su vida, las cuáles no cuadran con las expectativas que tenían. Ese joven líder que señala un camino en el que se empieza a alentar el odio hacia colectivos concretos. Un camino de odio hacia personas que se esfuerza en diferenciar, ya sea a través de su sexo, de su ideología o de su procedencia.

No hacia los mercados, ni hacia los recortes sociales, ni hacia las medidas políticas que frustraron las expectativas y condujeron a la indignación. Sino hacia personas que ni fueron, ni son, ni presumiblemente serán responsables de las circunstancias que afectan a las condiciones de vida de gran parte de la población. El gran “delito”, pertenecer a un colectivo con diferencias evidentes a las tradicionales entre la población española.

Pablo Casado quiere ser el líder de la versión española de esa película. Parece que está marcando ese camino para el Partido Popular. El camino con el que recuperar el poder. Un camino que no está caracterizado por el debate, tampoco por la reflexión sobre los errores cometidos. Esos errores que llevaron a que el parlamento más fragmentado de la historia democrática española, un parlamento con mayoría conservadora, haya desalojado a su partido del gobierno. Ni siquiera se ven siquiera sendas hacia un camino de actitud democrática ni de búsqueda puntos de acuerdo. Un camino asfaltado por pura irresponsabilidad.

Todavía no llega a un mes como presidente del Partido Popular, como aspirante a presidente del Gobierno y ya ha arrancado una agresiva estrategia de posiciones extremistas y de criminalización de sectores a la que la extrema derecha española le tenía ganas. Ilegalización de partidos políticos, pérdida de derechos de las mujeres respecto a la ley del aborto u olvidar la historia en torno al franquismo dan fé de ello.

Y, como no, la xenofobia. No es ni siquiera una estrategia novedosa. Es la estrategia de Manuel Valls, el deseado candidato de Ciudadanos, contra los inmigrantes gitanos en su etapa como ministro del Interior francés. Es la estrategia de Salvini, rechazando a personas en situación de desamparo en alta mar en Italia. Es la estrategia de Trump enjaulando a niños sin derecho a abogado en Estados Unidos.

Parece que todos los países tienen un sector de ciudadanía que “pide sangre”, que buscan un objetivo a quien culpabilizar de la evidente merma de derechos y calidad de vida que estamos sufriendo en el mundo anglosajón. Y que Casado, como antes han hecho Vals, Salvini, Trump, Le Pen u Orbán, está dispuesto a darla.

Estamos lejos de que se señale a la explotación laboral como razón de que mucha otra gente no tenga empleo. Estamos lejos de señalar a la desigualdad que generan las políticas económicas en las que nos estamos viendo arrastrados como razón fundamental de la frustración en la que una parte de la ciudadanía vive. Estamos lejos de plantear soluciones que palien esos dolores. Al fin y al cabo, todas esas posiciones son calificadas de “populismo”.

Por ello, Casado se une a lo fácil. A hacer creer que “hay extranjeros vienen a robar el trabajo”. A no poner en duda las recetas supuestamente técnicas que fomenta la desigualdad entre los ciudadanos. La solución con la que combatir el dolor es unirse a esa corriente de odio, demagogia y xenofobia que crece en Europa y Estados Unidos, lugares que se dignaban a dar clases sobre qué era y qué no era populismo.

Carente de ideas, propuestas y soluciones para los problemas reales de la ciudadanía, prefiere señalar aquellas realidades que, independientemente de que sean verdaderas o falsas, siempre han sido capaces de conectar con algunos sectores sociales. Mientras, otros sectores, sin estar de acuerdo con ello, incluso con asco, rabia e impotencia, les otorgan cierta legitimidad. Legitimidad que ceden a través de un silencio cómplice en el debate, un silencio que se traslada ya sea en las calles o en las urnas.

Casado opina que el mejor gesto que puede hacer por la ciudadanía, por el territorio y por el propio concepto de lo que es España es ir a donde están las fronteras a dar besos y abrazos a los miembros de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado. Que seguramente tendrán muchas mayores necesidades que la foto oportunista de quien la vida de las personas, independientemente de si es migrante, policía o guardia civil, le importa muy poco.

Después de visitar a estos miembros que cumplen las órdenes recibidas, quizás y sólo quizás, Pablo Casado sienta la necesidad de acudir a Génova 13, hogar del Partido Popular, a dar besos y abrazos también a esos policías y guardias civiles que, con la misma profesionalidad, falta de medios y poca voluntad política, intentan mejorar la vida de la ciudadanía española buscando las pruebas que justifican la presunta corrupción del Partido Popular en las últimas dos décadas. O a los que investigan cómo ha sido su trayectoria académica. Esos miembros de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado también merecen su afecto, su cariño y también necesitan ser defendidos.

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