Puestos ante una situación imaginaria típica y preguntados por ella de forma pública, una mayoría abrumadora de nosotros respondería de forma prácticamente idéntica.

Si por ejemplo se nos preguntase si alguien acusado de abuso sexual por más de 8 mujeres y cazado en público denigrando al género femenino podría ser candidato a la presidencia de los Estados Unidos, pocos responderían afirmativamente.

Tampoco hubiéramos dudado en anticipar un buen resultado electoral si hace 15 años se nos hubiese preguntado por el futuro del partido que anunciara el fin de ETA.

O incluso más al detalle; si se nos pregunta si podría ser Presidente del Gobierno alguien acusado por su propio tesorero de cobrar dinero en negro y con su partido sentado en el banquillo de los acusados por corrupción, sin dudarlo un segundo diríamos que sería impensable.

Pero lo cierto es que nos hubiéramos equivocado estrepitosamente en los tres casos.

Trump sigue su carrera presidencial, el PSOE está en reanimación asistida (por el PP, para colmo) y Rajoy apunto de revalidar su mandato con una abstención del PSOE, “por España”.

Algunos dirán que esto es lo grande de la política, como herramienta capaz de hacer real aquello que jamás imaginaríamos, pero sinceramente, uno siempre pensó que era más bien en dirección contraria.

Se ha convertido la política en el arte de hacer inevitable lo que sensatamente jamás aceptaríamos. Desde una Unión Europea sin alma ante los refugiados a la corrupción más minúscula, la política actual ha convertido en normal lo que hace apenas unos años nos hubiera provocado la mayor de las repulsas.

¿Cuándo pasamos a asumir como ciudadanos que no hay más opciones? ¿Cuándo pasamos a resignarnos ante quienes hacen del Mediterráneo la mayor fosa común del planeta y de la corrupción un elemento “sistémico”?

Y aquí no hay izquierdas y derechas, pero tampoco hay arriba y abajo. No es un componente ideológico, es la falta de la ideología más básica; la dignidad.

Así, preocuparse por ir a terceras elecciones en España es como preocuparse por lo que puede escocer al día siguiente una mordedura de tiburón que se ha llevado media pierna. ¿Qué más dará votar tres o veinte veces si el drama real es que no hay opción puramente alternativa a la que confiar el voto?

Sí, siempre está la opción de los menos malo, pero no parece habernos conducido a buen puerto esa forma de decidir qué metemos en el sobre.

El nivel político actual a escala global es la consecuencia de una resignación ciudadana casi apocalíptica, donde nuestra fe en la humanidad depende de un puñado de vídeos de Facebook con buenas acciones frente a un océano de indiferencia, irrelevancia y egoísmo social.

Y sí, no todo es horrible; al menos parece que el coche eléctrico es una realidad. Pero ya ven con lo que hay que conformarse.

El caso es que cuando nos hicimos elegir entre votar o no a corruptos, como si estuviera justificado dudar ante semejante alternativa, se nos fue una parte importante de lo que éramos y delo que podíamos ser.

Si de verdad hemos llegado a un punto en el que nos podemos poner excusas a nosotros mismos para acabar votando a abusadores sexuales, corruptos o mentirosos porque “la economía bla bla bla”, va a ser imposible recuperar la dignidad en la política y por ende, en nuestras vidas públicas.

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