Ni en la lengua de Cervantes, ni en la de Dante, ni en la de Shakespeare, ni en la de Baudelaire, ni en la de Harún al-Rashid se puede expresar con precisión lo que supone la invasión del homo hispanicus al hábitat lucentino. ¡Pero qué importa! Son felices y eso basta. El hombre nació para la felicidad. Otra cosa es que no la logre. Mientras tanto le vamos haciendo la lucha.

Háganse la imagen del ejército de los Hunos, de la faz de la Tierra tras el holocausto nuclear, de las estanterías de los supermercados asoladas, en lipidia supina, tras el abastecimiento de los recién llegados. El aparcamiento se lo quedan, las playas las ensucian y el ruido lo multiplican al cubo y por pi. De repente aparecen trileros y manteros por doquier, chicas en bañador sobre segways patrocinados por inmobiliarias, la batalla de la toalla a las siete de la mañana por unos metros cuadrados de playa. Ni en Alicante, ni en Torrevieja, ni en Benidorm se libran batallas más grandes. Semana Santa le dicen.

El tifón, el huracán, el tsunami, el tornado, el ventarrón de primavera, la tramontana pasajera que azora caprichosa la bandera verde de la playa. ¡Llegaron! ¡Y llegaron a destruir! Lo que está bien lo rompen, lo que está mal lo terminan por empeorar y lo que está aquí lo ponen allá. Una marabunta de gente llegó con sus coches, sus niños y sus abuelos, los cuñados y los primos, con sus neveras azules, sus toallas y sus sombrillas.

Al menos los europeos gastan que de los españoles no alcanzamos a saber si en el monedero guardan euros o sestercios porque no lo abren más que para vaciarnos el Mercadona y el Consum. De entre todos ellos destaca el homo matritensis no solo por su porte y donaire sino por arrogarse derechos de conquista –La playa de Madrid le dicen. Pues fíjense que no alcanzo a saber si se refieren exactamente a la de Parla o la de Getafe, toda vez que esta que baña el Mare Nostrum es nuestra y no suya, nuestra de nosotros los de aquí y no nosotros los de allá -cuestión de territorialidad.

Aun así los recibimos casi sin rechistar porque nuestra economía depende de su generosidad y cual miñona al amo servimos sin rechistar. Diosito lindo nos puso en el corazón del corazón de la tierra prometida, allá donde el tiempo y la muerte solo se acercan de a poquito, allá donde un árbol da manzanas doradas y un dragón lo custodia. No es San Borondón, es Alicante. No se confundan. ¡Claro que queremos compartir la dicha de vivir en la Costa Blanca! Vengan y disfruten pero, por favor, sean cívicos y no hagan lo que no harían en su terruño y, sobre todo, no se les olvide volver.

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