Maitines

La alarma del teléfono móvil te despierta, te trae de vuelta, te resucita al tiempo productivo. Logras rememorar, vagamente, aquello que soñaste mientras caminas hacia la cocina: una plaza pública y un cadalso; allí, a la vista de todos, se encuentra un criminal sometido a un tremendo suplicio. El acusado es torturado salvajemente hasta que confiesa su crimen. Es la Edad Media. Sólo entonces aparece la misericordia. El verdugo consuma, finalmente, la voluntad del rey.

Te aseas, desayunas, ultimas todas aquellas tareas domésticas que tenías pendientes y descubres, para tu sorpresa, que aparecen otras nuevas que deberás resolver mañana.

Miras el teléfono móvil. Te felicitas porque aún tienes tiempo de hacer de vientre.

Defecas con esperanza. Repasas mentalmente las escenas del suplicio en la plaza pública y te dices que el ser humano, en definitiva, se ha “humanizado” bastante desde entonces.

Laudes

Amanece en las calles. Echas un nuevo vistazo a tu teléfono mientras bajas la escalera del metro. Más tarde, mientras desciendes por la escalera mecánica, escribes un pensamiento en Facebook a la búsqueda de instantáneas complicidades. Al levantar la vista te topas con el ojo escrutador de la cámara de circuito cerrado. Ya en el vagón, observas cómo se expresa la necesaria disciplina del orden: los cuerpos, dispuestos entre los asientos y las barras del techo, en perfecta simetría. Tú eres una pieza más del puzzle: una pieza más de carne que cuelga de un gancho.

Prima

Comienza tu jornada laboral. Te diriges a tu mesa. Te diriges.

Ejecutas esa sabiduría cotidiana del dominio de tu cuerpo. Cada movimiento responde a la estrategia planificada de la productividad. La eficacia postural, tal y como te dijeron, es la más saludable. A tu lado hay otras mesas que ocupan ahora otros compañeros. Todas menos una. Al parecer, Ofelia no ha acudido hoy a cumplir con sus obligaciones.

No tienes un jefe que camine dando gritos por la oficina. Lo tuviste hace tiempo, pero la empresa decidió que ya no era necesario para el proyecto. Ahora tienes un puñado de compañeros que miran con desdén la mesa que ha quedado vacía.

Murmuran. Y a la vez que murmuran condenan que el propio acto de murmurar les haga perder el tiempo. Tratan de murmurar, por tanto, sin perder el tiempo.

Tercia

No te encuentras bien. Pides permiso para ir al baño. El responsable de planificación te sonríe. “Es la segunda vez que pides permiso en lo que va de semana, pero ésta es una empresa flexible, que apuesta porque sus empleados estén cómodos.” Vuelve a sonreírte. Tienes cinco minutos.

Tomas un ansiolítico y un trago de agua. Te preguntas si sólo los tomas ya por costumbre y si dejaron de hacerte efecto. Mandas un mensaje a escondidas a tu hijo para que te asegure que todo va bien. Esperas poder leer su respuesta durante la hora del almuerzo.

Terminas de hacer tus necesidades mientras observas los efectos que ha generado tu comentario de Facebook. Un par de pulgares levantados. Sonríes. Luego vuelves a tu tarea.

Sexta

Llega el momento del Ángelus. Acudes a un curso facilitado por la empresa en que recibes información precisa sobre los valores de la compañía. Sois una comunidad, una gran familia. En el Powerpoint de presentación, las fotografías de los empleados deslizan el mensaje de que tú aún no estás a la altura. No lo estás porque sus sonrisas parecen mucho más auténticas que las tuyas. El formador, un joven de pelo largo y estilo casual, es un tipo cercano, realmente amable. Sé lo ve feliz porque sabe verdaderamente de qué va esto. Te queda mucho por aprender si de verdad quieres hallar la felicidad.

Al final de la formación distribuye un cuestionario que habrás de entregar mañana. “Os pongo deberes, como cuando estábamos en el cole”. Todos sonreís. Tiene gracia, el formador, en su modo espontáneo de decir las cosas.

Nona

Almuerzas en compañía de buenos amigos. Éste es, tal vez, uno de los mejores momentos del día. Charláis, entre bocado y bocado, sobre temas de actualidad. Tú no tienes una opinión firme sobre cada uno de los asuntos, pero ellos te ayudan a que vayas afinándola. Agustín tiene por costumbre leer la prensa y Consuelo ve algunas veces programas de debate. Tú aprovechas hoy para comentarles lo que soñaste anoche: la escena del suplicio en el cadalso. Agustín condena la barbarie de los tiempos pretéritos y hace una defensa apasionada de la justicia, la democracia y el estado de derecho. Tú observas entonces la pantalla de tu teléfono y el mensaje tranquilizador de tu hijo. Todo va bien. “Es la hora de volver al tajo”, decís entre risas.

Lo primero que ves al entrar en la sala es la cámara de seguridad del edificio. De camino hacia los escritorios, Consuelo comenta la ausencia intolerable de Ofelia.

Vísperas 

Son las seis de la tarde. Quedan tan sólo un par de horas para que termine tu jornada laboral. Esperas poder acabar con el trabajo que se acumula sobre tu mesa y valoras como medida de proporcionalidad devolver a la empresa los cinco minutos que utilizaste para ir al baño. Te dices que es lo justo, dado que la empresa es buena y no obliga a nadie a que haga horas extras.

Te diriges.

Completas

Vuelves a casa. Tomas momentáneamente las riendas de tu vida. Ayudas a tu hijo con los deberes y preparas la cena. Él te cuenta que no le gusta el colegio. Te dice que no soporta estar tantas horas sentado, enclaustrado en el aula. Tú le dices que eso son quejas de niño caprichoso y que debe ser más ordenado. Le dices que es afortunado por vivir en estos tiempos y por tener el conocimiento al alcance de la mano. En otros tiempos, le dices, estarías trabajando en los campos. Termináis la cena y fregáis juntos los platos. Es un buen muchacho en una edad difícil, nada más.

Cuando tu hijo se acuesta aprovechas para completar el cuestionario que os ha entregado hoy el formador. Corresponde a la píldora formativa de la semana pasada cuyo título era “Gestión del tiempo”. Recuerdas entonces una vieja lección de tu infancia: la ordenación del tiempo dentro de los conventos de clausura. Maitines, Laudes, Prima, Tercia, Sexta, Nona, Vísperas y Completas.

Te vas a la cama aún con dolor en las muñecas. No piensas en grilletes. Piensas en el síndrome del túnel carpiano.

Tomas otra pastilla.

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