No importa que Max Verstappen haga una salida de antología e inolvidable. Tampoco que Sebastian Vettel realice una remontada espectacular. Ni siquiera importa que Fernando Alonso rompa su coche a dos vueltas del final.

Ya lo había demostrado en el año 2007 Lewis Hamilton, en ese mismo circuito, cuando hizo la pole por primera vez delante de otro piloto que tenía un coche exactamente igual que el suyo, un hombre que no pudo soportar el ser superado; me refiero, claro está, al gran Fernando Alonso.

La sombra del tigre se mueve rápida y cómodamente por los alrededores del circuito de Montreal, mezclado con los pequeños animales y también con los pilotos; su sombra es el piloto numero 21 una vez más.

Pero en esta ocasión ese apoyo permanente, casi fanático y sin suda algo irracional, hacia Fernando Alonso ya no es igual. Cierto que el Fernando Alonso actual no es el del año 2007 cuando perdió ante Hamilton, que aún era un debutante, en el mismo lugar. Montreal. Canadá.

Recuerda la sombra del tigre, pequeños luces entre sus rayas oscuras, como Fernando Alonso, que ocupaba la primera línea junto a Hamilton se lanzó como un kamikaze para adelantar a su compañero de equipo. Y para su sorpresa, para su tristeza, para el principio de su final, Hamilton no se dejó adelantar y lo mandó a la hierba, y desde el paseo por la hierba el coche no se recuperó jamás; ni Fernando Alonso tampoco, aunque siga siendo un luchador inasequible al desaliento, aunque sea capaz de aprovechar que su bólido se detiene -Canadá 2017- para mezclarse con el público inopinadamente, y gozar de los minutos que merece de éxito y popularidad.

Pero fue en Canadá, piensa el tigre, la sombra del tigre, el piloto número 21, donde todo se comenzó a acabar. En aquel momento Fernando Alonso era el campeón del mundo. Ya no volvió a serlo nunca más.

Probablemente ahora es un piloto superior incluso a sí mismo, a aquel que en 2005 y 2006 ganó el campeonato mundial. Y desde luego es un guerrero muchísimo más poderoso: fue él quien obligó nada menos que a Ferrari a replantearse toda su filosofía y forma de trabajar; es gracias al terremoto, huracán, que provocó Fernando Alonso que ahora Vettel puede soñar -no lo conseguirá- con ganar un quinto mundial. Y quizá también suceda que acabe haciendo lo mismo con Honda McLaren, aunque -lo sabe y lo huele el tigre- no se está esforzando igual: ni siquiera ha hecho que despidan a Eric Boulier, ese tipo torpísimo que “no sabe” y lo confiesa públicamente, por qué sus monoplazas van bien o mal, ese jefe incapaz de presionar o estimular o inspirar a los motoristas… mucha pasta, hay mucha pasta por medio. La pasta ablanda, el dinero ablanda, rodeado de millones cuesta abandonar la repugnante comodidad del sofá.

Pero Hamilton no es peor piloto que Alonso. Quizá tampoco Vettel lo sea. Cada uno tiene sus parcelitas y habilidades. No hay un mejor ni un peor en la F1 actual, excepto en cuestión de robots, de esas máquinas con ruedas que cuando encuentran el punto exacto son absolutamente superiores a las demás.

Sabor agridulce para la sombra cuando deja de ser sombra y se funde en la oscuridad. Sabor agridulce para mí que ya estoy de regreso en Mad Madrid, así llamo a mi ciudad, en mi cubil del Callejón de los Milagros, tecleando sobre las letras grises del gastado MacAir que me regaló una bruja, cuyo nombre no viene al caso, pues no es una historia que me apetezca contar.

Bravo Lewis Hamilton. Aunque después de estar hoy contigo en Montreal, de ser tu sombra sin que en casi ningún momento lo advirtieras, admiro aún más lo que logró Nico Rosberg el año pasado, a fuer de inteligencia y voluntad. dejarte atrás. No hace falta ser el mejor, hay otros caminos, otras armas, para ganar.

 

Otro burbon, por favor.

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