Realmente no creo que la conciencia tenga algo que ver con la lectura.

La conciencia tiene que ver con la adscripción social de clase y eso es algo que nadie, como individuo, escoge.

Se nace en el bando del capital o se nace en el bando del trabajo, en unas relaciones donde los primeros son burgueses o dueños de los medios de producción, por tanto explotadores y los segundos son proletarios o dueños de de la fuerza de trabajo, por tanto explotados.

El hecho de que estemos ante bandos o clases sociales donde cada una de ellas es dueña de algo, es lo que ha creado la ficción de igualdad que sostiene al derecho burgués y al Estado sobre el cual éste se soporta.

Burgueses y proletarios leen y sus lecturas pueden o no estar orientadas por sus intereses de clase. Antes de que la revolución burguesa «democratizara» la lectura y la educación, leer era un privilegio de «educados» o de individuos que supieran leer y, además, tuviesen cómo acceder a un libro en el mercado.

Luego del hito histórico Rousseau, muchos sin nada (bueno, con algo llamado «fuerza de trabajo») comenzaron a ser alfabetizados, a leer y a «independizarse» en sus saberes. Proceso político éste al que -hasta el presente- los burgueses siguen oponiendo resistencia, cultivando la ignorancia, elitizando el acceso a la educación y subiendo los precios de venta de los libros de modo que se perpetúe la hambruna espiritual o de saberes.

Claro que un proletario que ha probado el inigualable sabor de la libertad a la que se accede por las letras, comprende, como el poeta Federico García Lorca, que para vivir y combatir no hace falta otra cosa que medio pan y un libro.

Medio pan y un libro, así está titulada y publicada la alocución que el poeta granadino diera ante el pueblo de Fuente Vaqueros, en septiembre de 1931.

En ella, García Lorca expresa, entre otras cosas, que «los avances sociales y las revoluciones se hacen con libros». Alude, por cierto, al padre de la primera revolución proletaria victoriosa, en la Rusia de 1917, Vladimir Ilich Ulianov, «el gran Lenin (quien) de tanto estudiar, de tanto querer abarcar con su inteligencia», nos dejó el ejemplo de la lectura y de cómo «es preciso que los pueblos lean para que aprendan no sólo el verdadero sentido de la libertad, sino el sentido actual de la comprensión mutua y de la vida».

En fin, leer más para convencer que para vencer. Pero venceremos sólo cuando estemos convencidos de que el amor y la solidaridad son la guía de todo verdadero revolucionario, de toda revolución victoriosa… «Si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro» porque sin el alimento espiritual, sin la cultura, sin la lectura, seguiríamos siendo «esclavos de una terrible organización social», tal como nos lo enseña el revolucionario poeta Federico García Lorca.

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