-Si quiere se puede usted apoyar con toda confianza. Le ofrezco mi hombro.

La señora mira con ojos de pasmo, de incredulidad, de incomprensión absoluta, al hombre sentado junto a ella y que ha comenzado a hablarle así, de sopetón, sin que ella le diese pie ni viniese a cuento en absoluto. Javier Panizo advierte que su oferta le ha asustado, y claro, es normal: una mujer va dormitando en el metro, su cabeza bailando de un lado para  el otro como el puching de entrenamiento de un boxeador, y de repente abre los ojos y se encuentra con que un hombre le ofrece su hombro.

-Para que duerma más tranquila, sin sufrir esos balanceos que le pueden acabar creando alguna lesión en el cuello. Créame, sé lo que me digo.

Ella niega con la cabeza, la boca abierta, alucinada, dudando si está dormida y soñando o realmente sucede que un desconocido le ofrece su hombro en el metro para que así pueda dormir un poco más cómodamente.

-No tenga miedo -sonríe Javier Panizo a la dama desconocida, pelo rubio cortado a lo pollito y unos ojos de color indefinido que hacen pensar al ensayista en “los ojos calidoscópicos” a los que cantaban los Beatles en su canción Lucy in the sky with diamonds.

– Le aseguro que no pretendo nada malo.

El espanto de ella crece y en el calidoscopio de su mirada brillan puntos rojos de alarma; quizá sea extranjera y no comprende lo que Panizo le está diciendo.

-No es nada sexual ni… de ningún tipo de cosa así. No vaya usted a pensar nada malo. Sí, admito que me gustan las mujeres. Bueno no, no me gustan. En realidad no me gustan, porque soy homosexual y miro a las chicas, pues…, por disimular. Pero le aseguro que no tiene motivo para asustarse. Sólo quiero que no se haga daño en el cuello.

Resulta poco creíble su perorata, se da cuenta, por lo que Panizo, incómodo y temiendo que la señora haya pensado que miente, busca nuevas justificaciones a su amabilidad que él mejor que nadie sabe resulta insólita.

-Y tampoco soy un ladrón. Así que no se ponga usted nerviosa pensando que le estoy dando palique, o quiero que se apoye sobre mi hombro, para aprovechar y robarle el bolso. Ni el bolso ni ese collar tan bonito que lleva, ¿me permite? Precioso. Pero para que vea que carezco de malas intenciones le diré que aunque lo encuentro magnífico ni siquiera distingo si es de bisutería o auténtico, porque yo de esas cosas no entiendo. O sea, que esté tranquila que le aseguro que no soy un carterista, bueno, mire mis manos, ¿ve? Son las de un ensayista, un intelectual, no las… no las manos de seda…, claro, sí, se parecen un poco a las manos de un tipo que robase carteras. Pero no es el caso. Bueno, ¿quiere apoyarse en mi hombro o no?

La mujer toma aire, se frota la frente y acerca sus ojos a los ojos azules, apenas saltones, del amabilísimo señor Panizo quien sólo está intentando ser amable, hacer la vida un poco más sencilla a su prójimo; a su prójima en este caso, en quien se ha fijado, siempre hay una razón, por la sorprendente iluminación interior que parecía animar sus ojos calidoscópicos cada vez que los párpados se izaban cuando el metro entraba en una nueva estación. Ojos que ahora le están escrutando por dentro, como si fuesen capaces de radiografiar hasta el último de sus peores pensamientos, lo que hace que Panizo, cada vez más nervioso, ya casi arrepentido de su generosidad excesiva, vuelva a hablar.

-Y desde luego no soy de ninguna secta. Por si le ha dado a usted por imaginar que la estoy abordando para que luego me acompañe a alguna reunión de chiflados donde le venderemos un rosario con poderes milagrosos o una vela que al arder quema los malos espíritus. Nada parecido. Soy un tipo normal, un hombre normal. Me llamo Javier Panizo. Y tiene usted cara de estar muy cansada, de no poder con su alma. Por eso le estoy ofreciendo mi hombro. Vamos, no sea tímida.

Panizo se golpea con energía el hombro derecho, demostrando que es fuerte y capaz de aguantar cualquier peso.

-Apóyese, ya verá como se siente mucho mejor.

La mujer, que se ha ido ablandando, dejando que se relaje su excesivamente delgado rostro de luchadora, duda, sonríe y ¡cede! Para demostrarlo, como prueba de su consentimiento, amplía la longitud de su sonrisa y va acercando despacio, muy despacio, su cabeza hacia el hombro derecho de Panizo hasta dejarla reposar sobre el mismo por completo.

-Gracias.

Un “gracias” que suena a música celestial en los oídos de Javier Panizo: trabajo cumplido.

Vaya, no ha sido tan difícil de convencer como parecía. Y la verdad es que resulta un poco audaz por su parte aceptar mi proposición, porque yo sí podría ser un carterista, o un maníaco. No sería nada raro que en algún momento de mi vida hubiese pertenecido a alguna secta.

Mira el pelo cortito y amarillo de la mujer encantado, sintiendo su cosquilleo en la cara y el cuello. Ha vuelto a cerrar los ojos. Y sus manos, pequeñas y bastante castigadas por algún tipo de trabajo manual, se han cerrado, en gesto aparentemente involuntario, en torno a los bíceps de deportista, mens sana in corpore sano, de Javier Panizo. Ya duerme. Duerme como una bendita.

Javier Panizo no se atreve a despertarla, ahora que por fin parece tan relajada, tan ajena a cualquier posible sufrimiento, por lo que la deja seguir apoyada y roncando a pesar de que ya empieza a dolerle el hombro y de que la estación a la que se dirigía ha quedado atrás hace mucho tiempo; pero no importa, porque están en la línea seis, la única que es circular y continua en el metro de Mad Madrid, y sólo hay que esperar a que el tren dé otra vuelta,… y otra, y otra vuelta. Y Javier Panizo se queda dormido.

Cuando despierta son las doce y media de la noche. Está casi solo en el vagón. Ni rastro de la desconocida. Enseguida advierte que le falta la bolsa con fruta que había comprado en el mercado de San Antonio: tres manzanas, cuatro kiwis, dos plátanos, medio kilo de peras. Y algo más, algo más le falta. Pero quiere pensar que no, que no le falta. Y si le falta…, ¡no es posible!. Porque eso significaría que no hay justicia en el mundo, ni calidad humana, ni el menor sentido del agradecimiento. Por eso Javier Panizo, aún incompleto después del sueño, con el cuello dolorido y la mano derecha explorando una y mil veces todos sus bolsillos, se empeña en pensar que no, que no ha podido ser ella, la mujer de los ojos calidoscópicos, quien le ha robado, aprovechando que estaba dormido, la cartera.

Coda:

Desolado, aún dormido, Javier Panizo se pone de pie. La mirada transfigurada por la desilusión. Él, que había actuado sin ninguna segunda intención. Sin absolutamente ninguna segunda intención. ¡Cuanta injusticia! Avanza hacia la puerta y uno de sus zapatos tropieza con algo. La bolsa. La bolsa del Mercado de San Antonio, con sus tres manzanas, cuatro kiwis, dos plátanos y medio kilo de peras. Y entonces recuerda. Recuerda que un momento antes de ofrecerle el hombro a la desconocida había cambiado de sitio su cartera por si la mujer no fuese honrada del todo. Sí, ahí está, su billetera con todo dentro. En el bolsillo que sus modernos pantalones negros tienen a media pierna. Donde él la había dejado. Ah, se ha preocupado por nada. Se ha desilusionado por nada. Es un tonto. Javier Panizo es un tonto, pero ¿qué importa? si la vida vuelve a ser bella.

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