“El olor del café por las mañanas”; “una puesta de sol con amigos”; “tarde de peli, mantita y sofá”; “un viajecito en el puente”; “una tarde perezosa con un libro”

Se cuentan por cientos las frases que, como las que abren este artículo, escuchamos últimamente en boca de veinteañeros y treintañeros. “el gusto por las pequeñas cosas”, lo llaman. Conformarse y darse por vencido, lo llamo yo. ¿Hay, realmente, algo malo en que a cualquiera de nosotros o nosotras les guste el olor del café, las puestas del sol o leer? Sobra decir que no. El problema empieza cuando nos convencemos de que eso es lo mejor, pues a lo demás no podemos optar. Todavía recuerdo la primera vez que pedí un aumento de sueldo, y como mi jefa me llamó “materialista”. Pues sí, soy materialista. Es difícil no serlo cuando tu vida depende de que cobres regularmente todos los meses. No hay nada malo en ser materialista si eso significa querer garantizarte los ingresos mínimos para poder vivir con dignidad y tener un colchón mínimo para el futuro. Solo se pueden permitir no ser materialista dos tipos de personas: los herederos de grandes fortunas y los estúpidos.

Y, qué curioso, son los primeros los que hacen a los segundos avergonzarse de querer ganar más dinero, de querer tener una vida mejor. Y lo más curioso, por cierto, es que están teniendo éxito. No hace mucho el periódico “El País” publicaba toda una batería de libelos camuflados de artículos de tendencias en los que lo que molaba, de repente, era ser pobre. Rebuscar en la basura no es de mendigos, no; si ahora te dedicas a la caza de las sobras del vecino, eres un “friganista”. Si tienes la desgracia de ser un parado de más de treinta años que se ve obligado a vivir con sus padres, eres un “Treinteenager”; Aquellos que se tienen que quedar en casa todo el fin de semana porque no tienen un pavo ya no son pobres, son el epítome de lo cool, no son unos setas, hacen “Nesting”. No hay nada más trendie ni fashion, por cierto, que ponerle un término en inglés a lo que sea para hacerlo más mainstream, by the way…

En el lenguaje del poder ser pobre siempre ha tenido una parte épica, algo que lo encumbraba a lo más alto del escalafón de la humanidad. Todas las religiones nos hablan de líderes que vivieron con humildad, aunque los actuales se refugien tras puertas nacaradas vistiendo suntuosas sedas. Esa misma idea, pero dada la vuelta, fue el epítome de los movimientos obreros: sentirse orgulloso y orgullosa de la clase social, de una vida construida con esfuerzo y sacrificio. Pero el poder y el capitalismo que, como diría Bauman, son líquidos, saben muy bien como traspasar todas las membranas y tornar todo a su gusto. Así que, de nuevo, estamos volviendo al ideario religioso de la pobreza, de lo humilde, como una bendición, pero bajo el martillo impasible de la maquinaria económica actual que, ávida de combustible, nos estruja un poquito más todos los días. En un mundo cada vez más laico, Nietzche se llevaría las manos a la cabeza si viésemos que hemos matado a Dios para implantar el credo en las chuminadas más innecesarias, en las tendencias, en lo que sea. Me lo imagino farfullando “Menuda mierda de superhombres”.

Se quejan, los analistas, de que caminamos a una sociedad infantilizada, en la que incluso en la treintena muchas personas continúan manteniendo comportamientos propios de la adolescencia. La pregunta que deberíamos hacerles no es por qué lo piensan, sino como podrían esperarse otra cosa: las generaciones más jóvenes van camino de convertirse en personas con una precariedad e inestabilidad laborales que les impide hacer planes a medio o largo plazo. Con esto en mente, ¿quién puede arriesgarse a ir más allá? ¿Cómo podemos esperar que alguien decida independizarse, pagar un alquiler, fundar una familia o montar un negocio si lo único que se encuentran son palos en las ruedas en forma de contratos por debajo del mileurismo de poco más de 3 meses? ¿Cómo podemos esperar un compromiso sólido de muchos de ellos cuando les estamos diciendo que no quejarse, quedarse en casa y comer basura mola? ¿Cómo esperar que no actúen como niños cuando les estamos tratando como tal?

El sistema económico que nos domina nos deja, cada vez, menos opciones de lidiar con él, y en todas, además, él sale ganando: enfrentarnos a ello con un optimismo y paciencia inusitados (y un montón de tazas de Mr. Wonderful y libros de Coelho); seguir creyendo que, sin hacer nada, un futuro mejor está al caer (la tan ansiada salida de la crisis); y mi favorito, y el favorito del sistema: las adicciones: matar a Dios, que se lo tenía bien merecido, para sustituirlo por tendencias que, aunque positivas, son garantes del sistema y, por supuesto, suelen llevar todas el nuevo credo que el catecúmeno moderno cumple a rajatabla: consumir, gastar, tirar, cambiar. Por eso los treinteenagers (menuda asquerosidad de término, por otra parte) son amantes de los cafés, los teléfonos inteligentes, los gatitos, las fotos en Instagram con filtro “Valencia” y los videojuegos. Son las puñeteras pequeñas cosas que les dejan permitirse, para que alimenten un círculo que, además, les mata. Criticamos, llamándoles individualistas, infantiles o materialistas a miles de personas a las que no les están quedando opciones para ser de otra manera.

El superhombre posmoderno, lejos de la idea de Nietzsche, no es un ser liberado de complejos y tabúes: es un ser humano que se ha liberado de los complejos y tabúes de las religiones para sustituirlos por otros que se nos antojan igual de inútiles, en un mundo en el que se le insiste que si no es feliz es porque no quiere.   Lejos de ser adogmáticos, solo hemos cambiado de dogmas. Y el de ahora, por lo visto, es que ser miembro del precariado (nunca podremos agradecerle lo suficiente a Guy Standing la creación de ese término) es algo absolutamente maravilloso. Pobres los que intentan vendernos eso, que tienen que lidiar con sus grandes fortunas. Qué pena dan, los desgraciados…

Matar a dios para sustituirlo por “las pequeñas cosas”. Vergüenza debería darnos…

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Actualmente profesorcillo, he sido politicucho y musicote, así que soy docto en hacer cierta aquella máxima de “Aprendiz de todo, maestro de nada”. Mi mayor logro es ser el paradigma de la generación nacida entre 1975 y 1985, esos jóvenes engañados a los que se les pedía esforzarse y formarse para ser “la generación más preparada de España” y que han acabado sus días consiguiendo el hito histórico de ser los primeros que, casi con toda seguridad, vivirán peor que sus padres. Entre acorde y acorde de jazz, rock, blues o bossa nova y guitarra en mano recibí algunos aplausos y hasta algún dinero, y participé en política, con más pena que gloria, hasta que la pena dobló a la gloria y me precipitó, junto a muchas otras personas que admiro (ellas, a diferencia de mí, muy válidas) al nuevo exilio interior de quien, equivocadamente, se metió en política para ayudar a la gente. En todo ese tiempo, además, he “malenseñado” a alumnas y alumnos en España en diferentes ámbitos educativos hasta que decidí que era el momento de compartir mi mediocridad con el resto del mundo, por lo que en la actualidad martirizo con mis clases a los jóvenes azerbaijanos de un colegio internacional en Bakú.

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