Las manos enormes

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(Para mi madre, Mercedes Rabanal, en el día de su 81 cumpleaños, agosto 2016)

Mercedes Rabanal Taylor con sus padres Manolo y Amparo.
Mercedes Rabanal Taylor con sus padres Manolo y Amparo.

La mano es enorme y viaja hacia el sofá de dos plazas con la elegancia algo torpe de una gaviota gigante volando a ras de suelo. La mano no es una gaviota, o sí, porque lo que busca la pinza de sus dedos es en cierta forma un pez, un niño que juega o dormita o sueña despierto y sin palabras sobre los amplios y mullidos almohadones de muelles y plumas. La mano levanta al niño y el niño vuela hasta la ventana, hasta que sus manos pequeñas rozan el cristal y el abuelo con más afecto que habilidad convierte su brazo izquierdo en un asiento.

Mira, le dice, mira los trenes. ¿Los ves? Los que van hacia la izquierda…, hacia allá, en la dirección de la mano que no escribe, salen de Madrid para irse lejos, y los que vienen del otro están llegando, llenos de gente de otras ciudades.

Sucede muchas veces: la mano enorme, las manos pequeñas, la ventana, los trenes, las palabras que varían en cada ocasión y que el niño no recordará, tendrá que inventarlas, cuando se haga mayor.

Fíjate en ese tren, no es de pasajeros, sino de mercancías. Lleva cosas, no personas. A lo mejor fruta o ruedas o ladrillos. Es bonito, ¿verdad?

El niño emite un gorjeo feliz. Eso sí lo recuerda de adulto, una memoria del cuerpo: momentos felices pasados en los brazos de su abuelo Manuel que fue el primero de entre los padres de sus padres en abandonarles, irse lejos, muy lejos, más lejos que ningún tren.

Cuando crezcas y sepas decir palabras y mires por esta ventana podrás hablarme aunque no esté, y me dirás si aún se siguen viendo pasar los trenes, a lo mejor llega un día que van volando y no necesitan siquiera vías de hierro que les marquen el camino; yo no lo veré pero quizá tú lo veas por mí.

Javier se asoma a la ventana, a esa misma ventana de esa misma casa a la que ha regresado tras muchos años de dar tumbos por el planeta, rebotar de ciudad en ciudad y de país en país. Es la misma ventana pero no es la misma: ya no son ven los trenes. Han construido un mundo de viviendas, centros comerciales, túneles y carreteras. Mira por esa ventana y ve ladrillos y otras ventanas; no sabe como explicárselo a su abuelo, como hacerle llegar la información allá donde esté. Entonces cierra los ojos y respira hondo hasta que deja de pesar y se siente sentado en el aire, sobre un brazo fuerte y afectuoso, y escucha una voz, más bien un tono sin palabras concretas; aprieta los párpados hasta que el negro se llena de colinas blancas y verdes y un tren las cruza a ritmo pausado, entrando en la estación de Atocha, saliendo de la estación de Atocha.

Esos dos trenes se van a cruzar, durante un momento parecerá que son el mismo y luego se dividirán, cada uno para un sitio.

Los ve. Lo trenes, Javier Puebla Rabanal ve los trenes con los ojos de su abuelo Manuel Rabanal Fidalgo, y le añora, y al añorarle se siente pequeño porque advierte que no puede hacer que su abuelo vea ya lo que él está viendo: los ladrillos, las ventanas del edificio de enfrente, sino que ha sucedido al revés. Son los ojos de su abuelo los que aún viven dentro de los suyos, los ojos de su abuelo los que consiguen el prodigio imposible de que a través de edificios, centros comerciales, túneles y carreteras el que un día fue el muy pequeño Javier Puebla siga pudiendo ver pasar los trenes. Ser niño breve o largamente. Más allá del paso del tiempo.

 

(Artilato, aunque más relato que artículo, dictado por Javier Puebla sobre un texto redactado por primera vez en 2008, y mecanografiado por su magnífico amigo el escritor Ángel Arteaga Balaguer).

 

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