– Mi secreto –

– Frío.

Oculto el sol, sólo las sombras de los árboles se dibujan para menester de la vista, aunque el oído puede sobrecogerse con el sin fin de instrumentos que tocan en la sinfonía nocturna. Esa sinfonía no obedece al puro estilo equilibrado y claro como en su inicio fue costumbre no sólo en este lugar, sino que podía escucharse, prestando atención, el susurro del miedo. Los árboles movían sus ramas asustados, y los animales huían, todos ellos, de este lugar.

Sin embargo, el elemento principal de este paisaje pierde su espíritu cuando cae la noche. Aun teniéndolo delante, ante nuestros ojos, apenas quedan huellas de él. Al son del lento compás del desvanecimiento de la luz se ha desfigurado su esencia, su voluntad de manifestarse. Ya han desaparecido sus admiradores diurnos. Cansados. Tan sólo queda despierto un ser capaz de comprender esa belleza, de mantenerla viva. Es una niña. Está lejos de su casa y ya ha empezado a refrescar, pero aún hay algo que le retiene en ese lugar. Aunque está sola, Nayara últimamente suele permanecer mucho tiempo sin compañía y no tiene miedo a la oscuridad.

Nayara cierra sus ojos, y comienza a mover sus brazos y su cuerpo en una armoniosa coreografía invitando al baile a un conjunto de ramas cuidadosamente apiladas unas sobre otras que tiene justo delante. Sus brazos se mueven describiendo el movimiento de las olas del mar y su cuerpo se transforma en la llama de una vela, imperceptiblemente impredecible, y empieza a susurrar unas palabras en voz muy baja, que sólo ella puede sentir.

– El negro en rojo, llena,

el vacío de la oscuridad con sangre,

que hierbe en el corazón de la tierra

que seca su piel hasta que palidece blanca.

Escala el cuerpo y lo descompone

derrite las venas, inunda el estómago

y cuando llega a la cabeza

todo empieza a arder.

Nayara sintió el escalofrío que llevaba el viento pervertido entre sus ropas, como brazos que crecían del suelo, retorciéndose y enroscándose a través de su cuerpo, tirando de ella y manipulado su ligera constitución para provocar el extasiado movimiento de su danza ritual. Pero el contraste entre el significado de las palabras de su canción y la frágil sonoridad aguda en que se expresaban empezó a calentar los espíritus que intentaban poseer su cuerpo. Comenzaron a arder. Cuanto más intensas eran las quemaduras más se retorcían de dolor y más apretaban el delicado cuerpo de la niña, que empezó a quemarse también.

Frío.

Habla la cordura,

que recurre al miedo

¡Qué ingenuo!

El sudor resbala el cuello

¡Por mucho que llores,

el juego estaba prohibido!

Profundos y melódicos, sus gritos se descomponían hacia algo inhumano. Se agotaron sus armónicos, su música palidecía. La carne desaparecía de su cuerpo. Ya solo podía escucharse el murmullo de las llamas. Los huesos negros. Una flor convertida en cenizas.

– Al final lo he conseguido- pensó para sus adentros mientras se quitaba de la cara la ceniza de una pequeña flor blanca.

Y abrió los ojos.

La luz volvía a impregnar las maravillas de aquel lugar a través de aquella leña ahora convertida en una hoguera, creando la tierra, las rocas, los árboles, las plantas, los animales… en un mundo blanco.

– Nayara –

2

“La institutriz se sentirá orgullosa”, pensaba la pequeña mientras reconstruía su cara para formar una sincera sonrisa feliz, “y padre también”. “Humildad y equilibrio nos harán dignos de Dará-Yara ante los ojos de los Dioses”.

La tierra de los hombres es el paraíso blanco “Dará-Yara” que los Dioses les han regalado para un nuevo comienzo como “Nahra” o seres en armonía. A los siete años un Nahuru o niño es soltado de entre los brazos de Karha, Diosa matrona, y pierde la inocencia. Nace la capacidad de ser libre, pero para poder continuar en Dará-Yara, junto a su tribu, debe demostrar ante los ojos de los Dioses que hará un uso digno de su libertad.

Nayara lleva preparándose para este acontecimiento desde que nació. Como cada día, parte por la mañana bien temprano, justo cuando sale el sol, a recibir las clases de su institutriz junto a otros niños de su edad, para el Nahuru-Na-Nahua, o el acto a través del cual se demuestra la madurez. La profesora les transmite la sabiduría de la naturaleza para que encuentren la suya propia. Les enseña a controlar el miedo, a aguantar el dolor, pero también a apreciar un amanecer, a reconocer el canto de los pájaros, a predecir el tiempo, amansar a las fieras, atraer a los animales de caza, disipar la niebla, o producirla, calmar el viento, imitar sonidos de la naturaleza, e incluso, Nayara, ha aprendido a invocar el fuego. Sin embargo será el Consejo de la tribu quien asigne las pruebas que cada uno deberá superar para ser un Nahra.

Nayara es la más talentosa de todos los niños y pese a ello se encuentra poco confiada… Su padre es el jefe de la tribu y será exigente con ella.

Cuando la madera se volvió ceniza, Nayara empezó a sentir frío de nuevo, y decidió marcharse a casa.

– ¡Papá!

Dijo la pequeña entrando en su casa.

– ¡Lo conseguí! ¡Lo conseguí!

– ¡Hija por fin! Nos tenías preocupados. ¿Pero dónde has estado?

– Lo hice. Mami donde está Papá, tengo que decirle como lo hice.

Apareció su padre.

– ¡Naya!

– Papa, imaginé el fuego, y el fuego apareció.

– ¡De verdad! ¡Que orgulloso me siento! Vamos ven, que tendrás hambre. Y no llegues tan tarde, que tu madre se preocupa por ti.

– Lo se per… – Su padre la interrumpió antes de acabar.

– Además, esta noche tienes que descansar, mañana tómate el día libre.

Nayara sabía que dentro de dos días…

– Sé que lo harás muy bien hija, pero ahora tómate esto- dijo su madre mientras ponía un plato con una especie de sopa.

– Buag…

– Vaya… después de todo, sólo son siete años, eh- dijo su padre entre risas.

3

Con los primeros rayos de luz, Nayara se levantó y dedicó el día a disfrutar de aire fresco de las praderas y campos, el olor de las flores blancas y a descansar a la sombra de algún gran árbol. Antes, de volver a su casa a medio día, para comer, se quedó pensativa durante algún tiempo. Miraba totalmente inmóvil el agua cristalina del río. Miraba el reflejo que los árboles hacían en el agua. Miraba su reflejo. Su pelo muy rubio, se mecía al son de la brisa, y sus ojos grises, de un color casi tan puro como plata le devolvían el favor al río, reflejando el pasar de las aguas. Ni si quiera ella supo porque, pero pensó…

– Yo… ¿Qué hago aquí? ¿Por qué tengo esta sensación tan… horrible?… Mi mundo se acaba. Dentro de mí, hay algo. Hay algo que me dice que no quiero seguir… existiendo.

Cuando regresó al pueblecito, todos los mayores estaban reunidos en la plaza. Quizá, estaban decidiendo cuál sería la prueba que debería pasar mañana, pensó Nayara.

El día transcurrió deprisa y aquella noche, los sueños invadieron la mente de Naya.

– ¿Quién eres tú?

– Me llamo Naya.

– Yo… no tengo nombre.

– ¿Y por qué no?

– Porque estoy muerto.

– ¿Por qué dices eso?

– Pero voy a volver a vivir. Y tú también volverás a vivir, igual que yo.

– Pero yo estoy viva.

– No, no lo estás. Estás muerta.

 

Nahuru-Na-Nahua –

– Hija. Despierta. – El musculoso hombre movía tiernamente a su pequeña para despertarla.

Naya abrió sus ojos. Era muy temprano, todavía estaba oscuro. Sólo había dormido dos o tres horas.

– Hacernos conscientes de nuestra propia individualidad sobre la naturaleza y volver a crear la unión con ella basada en ese principio. Ese es el fin que perseguimos. Lo que nosotros sabemos hacer, o al menos, eso pensaba… porque…

La niña aún no había prestado atención.

– Érase una vez, hace mucho tiempo, un niño, cazador de mariposas. Buscó las más grandes y sorprendentes, unas que brillaban en la oscuridad. El niño las persiguió en lo profundo del bosque, más allá de los lagos del norte, más allá de los árboles que se retuercen y mucho después de las flores que cantan.

 

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