Parece un escenario, un plató listo para comenzar a rodar una película, la noche en Singapur, siempre, pero más aún cuando se celebra la carrera anual de Fórmula1. Los hoteles imposibles, las luces de infinitos colores, los millones de bombillas. No es lo mismo ver un fórmula1 a trescientos kilómetros por hora de noche, que de día; de noche, sin duda alguna, es mucho mejor.

Y hace calor, insoportable, más de cincuenta grados en el interior de los monoplazas, brilla de modo imposible la piel que recubre los cuerpos y las almas. Hielo, agua, vapor… todo es inútil, se suda, sobre todo se suda, hasta los ojos, las miradas, parecen sudar y que por eso brillan más de lo habitual.

Son las diez de la noche en el país de las sesenta y tres islas, el más pequeño en extensión del continente asiático. Son las diez de la noche en la ciudad estado, y es sábado, sábado quince de septiembre de 2018. Este fin de semana es el del Grand Prix.

Allí están los hombres extraños de todos los lugares del mundo, con sus monos ignífugos y sus cascos, imbricados como piezas mecánicas en el interior de las máquinas de carreras más sofisticadas del mundo. Todos van a intentar ser el más rápido, pues de su velocidad, de cómo de bien y velozmente logren hacerlo, dependerá su posición en la parrilla de salida del gran premio de mañana.

Los favoritos son los Ferrari, a pesar del pisotón que se dio Vettel ayer a sí mismo.

Sebastian Vettel vuelve a pisarse un pie a sí mismo

Y comienza la acción, la película, más electrizante e imposible de dejar de mirar que la mismísima Rush, donde se contaba la rivalidad inacabable entre Niki Lauda y James Hunt.

Absurdamente los Mercedes se la juegan para ahorrar un juego de neumáticos de BLANDO MÁXIMO en la primera ronda de la clasificación, en la Q1. Lo consiguen sufriendo, por los pelos. Y los Ferrari, de momento, no están los primeros. El más veloz es Daniel Ricciardo. Los RedBull con sus motores Renault, nadie los esperaba. Pero Ricciardo es el mayor especialista de los pilotos actuales en este circuito, han sido las manos del piloto, dicen los comentaristas, piensan los aficionados.

Y empieza la segunda manga. Los dos pilotos españoles, el águila y el ya crecido polluelo, Alonso y Sainz, han pasado el primer corte y sueñan con pasar el segundo. No lo van a conseguir, como tampoco consigue Ferrari -y parece un mal augurio para lo que acaba sucediendo luego- pasar a la Q3, al top de los diez últimos, utilizando los neumáticos de BLANDO MEDIO. Los cavallinos rampantes tienen que cambiar de tipo de ruedas y sufrir, pero logran estar dentro, especialmente Raikonnen, Kimi, el hombre que corre ante todo por dinero, que logra situarse en la cabeza de la tabla, primero.

Sudan los pilotos y sudan todos los hombres y mujeres que están viendo el gran premio a través de las pantallas de televisión, ordenador, tablet o teléfono. Los muros están tan cerca, hay tantos baches; sólo con mirar lo que sucede se siente cansancio e inquietud. Los dos Ferrari siguen siendo los favoritos para la pole position, para la primera línea en la salida. Aunque otra vez los RedBull, ahora no Daniel Ricciardo, sino Max Verstappen, han conseguido colarse entre los Ferrari y su rival más directo: Mercedes.

Y ya son las diez y media de la noche. La tercera manga, ¡comienza lo serio! Y entonces sucede: lo imposible. Un Mercedes. “Una” Mercedes. Hamilton, el diablo, la magia, la magia negra del mulato eléctrico. Es el alma, no tiene ninguna otra explicación en un mundo en el que todo es técnica y estudio e ingeniería y dinero. Es el alma. El alma que viaja en el interior del robot con ruedas marcado con el doble cuatro, el número 44. Lo que consigue es imposible; aún viéndolo parece inverosímil, sigue costando creérselo. Hamilton hace un tiempo casi siete décimas de segundo más rápido que el de su escudero; extraño papel el de Bottas, extraño papel para un héroe -todos los pilotos lo son- el de humilde y esforzado escudero.

¿Y los Ferrari? ¿Los Ferrari, Vettel? No, Vettel no: los muros demasiado cercanos, la presión excesiva, no puede con ella, el calor, los nervios que afectan a todos, también a los estrategas que sacan a los husos rojos mezclados entre el tráfico, lejos del momento más favorable.

Fracasa Vettel, vuelve a pisarse sus propios pies. Fracasa Vettel y gana Hamilton, y también Max, el loco Mad Verstappen, que se pone segundo, por delante de los dos coches rojos y de una de las flechas de plata.

A ambos aspirantes al título les provoca inquietud y desasosiego, que el Niño Loco y Salvaje, Tigre Tigre, esté en la primera línea de salida. Si llueve mañana puede que en la primera vuelta, como el año pasado, nos vayamos todos al limbo, con ese tío al lado.

Sonríe Max, hoy le ha robado, y van nueve veces seguidas, la sonrisa antaño perenne a su compañero de equipo, al que en la primera manga consiguió ser el más rápido y ahora no entiende nada; desde que anunció que dejaba RedBull por Renault no ha logrado un solo resultado memorable, siquiera uno aceptable.

No sonríe Ricciardo, y Vettel aún menos. Quiere morirse el tetracampeón, meterse bajo la cama o perderse en el interior de algún videojuego.

Las sonrisas son para los ganadores: Max, Lewis y Fernando… sí, Alonso también sonríe y está contento, porque sale el once y puede elegir neumáticos. Sueña Alonso y nosotros con él, si mañana llueve y los dioses están dispuestos a conceder deseos, podría adelantarlos a todos y subirme otra vez a lo más alto, quedar el primero.

Por favor, que no nos quiten, por muy absurdos e imposibles que parezcan, nuestros sueños.

 

Tigre tigre.

Fernando Alonso, cuando el “adiós” sueña con ser “hasta luego”

Fernando Alonso podría estar en Ferrari 2019

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