Una ciudadanía exhausta, empobrecida y maltratada en sus derechos y libertades cívicas, comprueba que el sistema que se definió desde el vocerío propagandístico del poder fáctico como joven democracia se ha despojado de su atrezzo para que aparezca el viejo autoritarismo que obra siempre la discontinuidad histórica de nuestro país. La historia de España, se lamentaba Gil de Biedma, es la peor de todas las historias porque acaba mal. Cuando la política deja de ser una pulsión cívica volcada al bien común, como la definió Azaña, se convierte en una lucha por el poder que sólo satisface ambiciones individuales ya que el medio deviene en fin: no hay objetivos trascendentes, sólo una voluntad ilimitada de alcanzar el poder y mantenerlo. El poder sin convicciones está, por esa razón, sometido a la peor de las censuras: la del dinero. Ortega y Gasset afirmaba que si ceden los verdaderos y normales poderes históricos -política, ideas-, toda la energía social vacante es absorbida por el dinero. Diríamos, pues, que cuando se volatilizan los demás prestigios queda siempre el dinero, que, a fuer de elemento material, no puede volatilizarse. O, de otro modo: el dinero no manda más que cuando no hay otro principio que mande.

Decía José Luis Sampedro que si queríamos saber lo que era la libertad en la sociedad actual fuésemos a un supermercado sin dinero. Cuando el poder económico controla al poder político, se diluye la democracia política; sin embargo, cuando el poder político controla al poder económico se ensancha la democracia política al convertirse también en democracia económica y social. Ernst Wigforss afirmó sobre la socialdemocracia sueca: “Hemos llegado a un punto en que debemos preguntarnos si es posible proseguir una política de reformas, cara a alcanzar nuestros objetivos –socialistas-, sin cambiar la situación de poder en la vida económica.”

Pero en el ámbito polémico nacional se intenta recrear una realidad a golpe de propaganda que es imposible que sea asumida por las mayorías sociales que padecen la crudeza y el dramatismo de la pobreza, la exclusión y el derrocamiento de su propio proyecto existencial. La política, o la antipolítica, se ha convertido en un marketing sobreactuado en el que sólo tienen fe los actores públicos que creen que las apariencias acaban siendo interpretadas como la verdad. Pero no son las apariencias las que privan de trabajo a la gente, ni las que procuran salarios de hambre o pensiones por debajo de la misma subsistencia, sino una realidad tozuda que se quiere diluir con fantasmagorías publicitarias. En ese contexto, el diálogo deja de tener una función política trascendente frente a la negación autoritaria de los desequilibrios del sistema que pasan a constituirlo. Lo cual supone la rigidez con la que se plantea el conflicto en el seno de un régimen de poder que niega la existencia y naturaleza del conflicto como tal.

De esta forma, los problemas territoriales o sociales son derivados hacia el escenario del orden público al no considerarse expresiones que nacen de la sociedad como resultado de la carencia de un proyecto nacional que trascienda al concepto de país como marca comercial y que acoja la diversidad con naturalidad y no en términos de vencedores y vencidos, o la dramática desigualdad galopante con las minorías del dinero acumulando privilegios mientras las clases populares se ven abocadas a la pobreza y la exclusión. Negado el conflicto, abolido el diálogo, sólo queda la criminalización del malestar de la ciudadanía y sus múltiples expresiones, donde no solamente sea ignorado el sufrimiento humano sino que se conviertan en delito las muestras de desesperación. Los ciudadanos han comprobado en sus propias carnes que la soberanía de la que son titulares resulta pura apariencia ante el verdadero poder de las minorías organizadas. Como afirma Ulrich Beck, gobernar tiene lugar de forma cada vez más privada y, por ello, al final el poder se sustancia en esas decisiones cuidadosamente dolosas para proteger el error. Un régimen se agota cuando la realidad que enarbola es una mera suplantación.

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