Background of beautiful red rose

Son las diez de la noche. La taberna de Buendi está a rebosar. Es un bar de tamaño medio, agradable, que puede llegar a transformarse en paradisíaco, si se está en compañía de buenos amigos, como es el caso.

Javier Panizo -esa eminencia en materia de ingenuidad y despiste- ha entrado en el Buendi flanqueado por dos bestias, dos moles, dos armarios humanos especialistas en el arte del savoir vivre: los Piedra Brothers. Si alguien en el mundo puede ufanarse de conocer los lugares más exquisitos, donde se sirven las mejores pitanzas y se escancian caldos únicos, son ellos: los hermanos Piedra; Panizo los califica de auténtico certificado de garantía. Basta un vistazo circular para comprobar que allí no hay nadie insatisfecho; ese brillo de autocomplacencia en los ojos delata a los parroquianos que desbordan el local. El colesterol, a largo plazo será malísimo, pero a corto -miren esos dientes voraces, escuchen el suave murmullo de los músculos de las caras masticantes- proporciona beneficios y felicidades inmediatas.

Los Piedra, Piedra el Joven y Piedra el Viejo, ya han pedido una primera ración de una de las especialidades de la casa “choricillos flotando en un lago rojo”, floating on a red lake, consumido dos tanques de cerveza cada uno y miran con cierta preocupación a Javier “Alma de Cántaro” Panizo, quien aún va por su primera caña. No sabe disfrutar con la comida y la bebida, el muy infeliz. Y sin embargo Panizo está encantado, feliz, borracho de buena compañía; apenas advierte que quienes van llegando le empujan para alejarle de la barra, o que no haya demasiadas chicas -ninguna- de diecinueve años y el ombligo al aire. Aunque quien le empuja ahora, y lo hace con energía, para reclamar su atención, es de sexo femenino: una vendedora de rosas. Una vendedora china.

-También tenel cedés y deuvedés. Tenel todas películas nuevas.

Uno de los Piedra, El Joven, deja que en su cara se relaje en una amplia sonrisa de conocedor, seguida de un guiño destinado a Panizo.

-Enseña el porno que llevas escondido.

Y luego aclara, modesto.

-Como siempre vengo con los niños nunca puedo ver el catálogo.

Panizo mira asombrado a sus dos amigos, a la vendedora de rosas ¿pornográficas?, de nuevo a sus dos amigos. Nunca habría imaginado tan sofisticado camuflaje. Bajo las flores sin aroma una colección interminable de películas y discos. Bajo las películas y discos: ¡tías en pelotas!

El repertorio parece interesante. Los Piedra intercambian un gesto cómplice, satisfechos de que Panizo por fin haya despertado: ha solicitado una segunda cerveza y dicho “sí” a una ración de jamón y también a otra de lomo ibérico y no, por supuesto que no le haría ascos, a una ración de croquetas si es Piedra El Viejo quien las recomienda. Es este último, Piedra El Viejo, quien toma entre sus manos de oso la colección de películas cochinas que ofrece la china, fotocopias de portadas originales en baratas y delgadas fundas de plástico en cuyo interior un deuvedé sin inscripción busca un cándido que no le conozca y quiera comprarlo.

-¿Seguro que son buenos? ¿No estarán sin grabar?

Los Piedra vuelven a cruzar mirada antes de enfrentar los huevos azules que Panizo tiene por ojos. ¿Será posible que nunca haya comprado una película porno en un bar? ¿En qué mundo vive este chico?

Piedra El Viejo, tras un moroso manoseo al lote elige tres películas y entrega un billete de diez euros a la vendedora de rosas.

-Ésta para ti.

-No, yo prefiero esa, sí, la que tiene muchas fotos. Buen título, no os parece, Chicas de Calendario.

Y a partir de ese momento, el disco sin inscripción oculto en el bolsillo interior de sus tres cuartos azul oscuro, Panizo se volatiliza: está pero no está. Ríe las agudas ocurrencias de Piedra El Joven y escucha las doctas explicaciones de Piedra El Viejo con expresión interesada, pero…

…su mente está lejos. A kilómetros de la taberna de Buendi. Imaginando a esas “chicas del calendario”. Imagina a las mujeres escapando de las hojas de un gran calendario impreso en papel cuché presidiendo la pared central de un garaje, las imagina encarnándose y tendiendo sus manos, sus dedos largos rematados en uñas larguísimas y primorosamente pintadas de rojo, hacia él…, que estaría vestido con un mono de mecánico y la cara ennegrecida por la grasa y el aceite.

Los Piedra votan por un digestivo, una copa en algún pub agradable, pero Panizo inventa un pretexto, se despide todo sonrisas y se apresura hasta su coche, dispuesto a saltarse hasta el más peligroso de los semáforos con tal de llegar pronto a casa y poder contemplar a esas diosas del porno que le han enturbiado el pensamiento y también el sabor del jamón y las croquetas, pero ¿qué importa eso? La bestia que tiene entre las piernas ha empezado a crecer. Panizo ya no es un profesor despistado, es un animal, es una polla con patas, es un sátiro enardecido e imparable. Joder, si le sigue creciendo el cipote no podrá ni conducir.

Tiene que apartar el pollón desmesurado para ver donde está el diminuto botón de play en el mando a distancia, y ya, por fin, comienza la representación, la fiesta, la orgía, la…

Pero ¿por qué no empieza la película? Los títulos de créditos no acaban nunca. A Head in the Clouds, una cabeza en las nubes. ¿Será el título original en inglés de Chicas del Calendario? ¿Penélope Cruz? ¿Charlize Theron? ¿Ahora se dedican al porno? ¿O serán actrices que utilizan el mismo nombre? El sexo de Panizo comienza a flaquear, desinflarse, hacerse cada vez más pequeño. Una historia de amor. Es una historia de amor. Y Panizo la ve entera, hasta el final que recibe con los ojos cargados de lágrimas y el pantalón aún bajado -ah pobre aspirante a sátiro- hasta la mitad de sus peludas, arqueadas y delgadísimas piernas.

 

(Artilato, más relato que artículo, dictado por Javier Puebla y mecanografiado por Ángel Arteaga Balaguer).

Dedicado a los Lake Brothers : Eddy and Red.

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