Las enfermedades cardiovasculares son aquellas que afectan tanto al sistema circulatorio como al corazón. Entre ellas se encuentra la coronaria, la valvular cardiaca, la hipertensión arterial, el accidente cerebrovascular (trombosis o derrame cerebral) o el infarto de miocardio. En nuestro país, estas enfermedades suponen casi el 40 por ciento de todas las muertes.

Desde siempre la Fundación Española del Corazón ha señalado como principales factores de riesgo cardiovascular la hipertensión arterial, el colesterol, la diabetes, el tabaquismo, la ausencia de ejercicio físico y la obesidad, y ha aconsejado para evitar algunos de ellos cuidar la alimentación, incorporar la actividad física a la vida diaria y dejar de fumar y consumir bebidas alcohólicas. Sin embargo, ahora debería empezar a considerar un nuevo factor de riesgo para las enfermedades cardiovasculares al mismo nivel que los anteriores: la soledad.

Al menos estas son las conclusiones de un estudio publicado en la revista Heart y coordinado por Christian Hakulinen, de la Universidad de Helsinki (Finlandia), que por primera vez ha tenido en cuenta todos los factores relacionados con las enfermedades del corazón, a la hora de considerar el papel real que desempeña el aislamiento social en el riesgo de muerte.

Un descubrimiento que tampoco es nuevo. Ya existían con anterioridad otros estudios, como el realizado por investigadores de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad de York (Reino Unido) y publicado también en la revista Heart, que habían alertado sobre los peligros de la soledad y el aislamiento social en el incremento de hasta un 30 por ciento de padecer una cardiopatía isquémica o un ictus. Por supuesto, entre personas con enfermedad cardiovascular preexistente.

Ahora, en un intento de especificar qué papel podría jugar este nuevo factor, los investigadores de la Universidad de Helsinki se han basado en los datos de 480.000 personas con edades comprendidas entre los 40 y 69 años, que formaron parte del estudio del Biobanco del Reino Unido entre 2077 y 2010. Los participantes dieron información detallada sobre su origen étnico, formación, ingresos, estilo de vida (fumar, beber, hacer gimnasia) y síntomas depresivos. Además se valoraron sus niveles de aislamiento social y soledad a través de un cuestionario. Después se procedió a un seguimiento de su salud durante unos siete años.

Las conclusiones a las que se llegaron fueron muy interesantes. Casi uno de cada 10 (9%) encuestados se consideró socialmente aislado, un 6% solitario y 1% ambas condiciones. Los investigadores observaron que aquellos que se encontraban socialmente aislados y/o solos tenían más posibilidades de tener otras patologías subyacentes a largo plazo y de ser fumadores, mientras que aquellos que vivían solos demostraron tener más síntomas depresivos.

Durante la etapa de seguimiento de los siete años murieron 12.478 voluntarios, de los que 5.731 tuvieron un ataque cardíaco por primera vez mientras que 3.471 sufrieron un primer ictus. Por tanto, los resultados demostraron que el aislamiento social, la soledad o ambas en conjunto acentuaban el riesgo de tener un primer ataque al corazón o de accidente cerebrovascular, con independencia de considerar otros factores de riesgo.

Aunque el estudio es observacional, lo que significa que no se pueden extraer conclusiones definitivas sobre las causas y los efectos de lo ocurrido, los datos imitan resultados de investigaciones anteriores en los que la soledad actuó de forma similar a otros factores de riesgo, como la depresión en personas con patologías cardíacas.

Además, según los investigadores, sería necesario tener los resultados muy presentes porque en torno al 25 por ciento de los accidentes cardiovasculares son recurrentes, y aseguran que incluir el mismo tratamiento de los factores de riesgo convencionales entre las personas solitarias o aisladas podría evitar muchos accidentes. Máxime cuando cada vez hay más gente viviendo sola.

Se calcula que, en nuestro país, los hogares formados por una sola persona crecieron en 2017 un 1,1% con respecto a 2016 hasta alcanzar los 4,7 millones, lo que supone el 25,4% del total de los hogares españoles. De ellos, 1.960.900 personas tienen 65 o más años.

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