Ha comenzado definitivamente una nueva etapa en la historia de España. La Segunda Transición está ya en marcha y los resultados electorales del 20D así lo han corroborado. El partido más votado ha sido el Partido Popular y a él y solo a él le corresponde la ardua tarea de intentar formar gobierno.

De las tres opciones reales de formación de un posible gobierno, como adelanté la misma noche electoral en un primer análisis, sólo una de estas posibilidades tiene verdaderas opciones de salir adelante y poder fructificar en un nuevo ejecutivo que saque adelante esta XI Legislatura de la democracia, que de entrada ya tiene un primer dato positivo: arrancará con el porcentaje más alto de diputadas de toda su historia, 138, con lo que se roza la paridad en el Congreso, establecida en el 40% de los escaños.

La primera opción, que podríamos calificar de centro-derecha, estaría conformada por Partido Popular, Ciudadanos, Partido Nacionalista Vasco, quizás Democracia i Llibertat e incluso Coalición Canaria. Esta vía estaría amparada y favorecida por la gran empresa española y la banca, tanto española como europea, y por los grandes líderes europeos de esa ideología, con Angela Merkel a la cabeza. Sería la opción de, llamémoslo así claramente, el capital.

Otra sería la vía de izquierdas. Esto es: Partido Socialista Obrero Español, Podemos, Izquierda Unida-Unión Popular, EHBildu y Esquerra Republicana de Catalunya. Esta opción cuenta con escasas posibilidades de fructificar porque aunque todos comparten el gran espacio de la izquierda, existen matices, tonos e interpretaciones y sería imposible el acuerdo entre PSOE y EHBildu o incluso con ERC. Y en un sentido u otro.

Con lo cual, queda tan solo una opción, que se podría denominar del nuevo bipartidismo, que es la que podrían formar PP y PSOE con la aquiescencia de un devaluado Ciudadanos.

Los dos grandes partidos constitucionalistas afrontan la responsabilidad, como viene diciendo este diario, de la Segunda Transición, con representación en todo el Estado, con un compartido sentido de la unidad nacional, y manteniendo, aunque también con matices, la necesidad de la reforma de la Constitución.

El PSOE es consciente de que debe hacer valer su peso histórico y su posición en el arco parlamentario surgido del 20D para conformar una nueva coalición de Estado, la misma que ya reclamara durante la precampaña electoral, entre otros, el expresidente socialista Felipe González.

Los grandes barones socialistas, con la andaluza Susana Díaz a la cabeza, le han subrayado ya al secretario general las líneas rojas por las que no debe pasar en su intento de alcanzar la Moncloa. Y estas pasan por no conformar ningún tipo de acuerdos con un partido como Podemos, que antepone un referéndum vinculante en Cataluña sobre su posible independencia. La soberanía nacional no se toca, según el PSOE.

También son conscientes en Ferraz de que los últimos experimentos tripartitos no han resultado positivos para los intereses socialistas. Sin ir más lejos, ahí quedan para el recuerdo los de los gobiernos de Pasqual Maragall y José Montilla en Cataluña.

Por ello, el PSOE de Pedro Sánchez tomará el guante que le han lanzado desde PP y Ciudadanos apelando al sentido de Estado y a la altura de miras para iniciar una Segunda Transición que lleve a este país hacia una reforma constitucional pausada y moderada basada en el consenso, alejada de las imposiciones del cambio constitucional auspiciadas por formaciones como Podemos o Unidad Popular.

Los consejos que está recibiendo Sánchez de sus barones pasan por dar dos noes consecutivos a Rajoy y permitir en una tercera votación la investidura del líder conservador. Aquí no importaría ya que fuese el candidato popular el que accediese a la presidencia y no su número dos por Madrid, Soraya Sáenz de Santamaría, al considerar desde Ferraz que Rajoy es ya un líder amortizado sin aspiraciones de futuro. Eso sí, esta escenificación del nuevo bipartidismo que inaugurará la Segunda Transición pasa por descafeinar cuanto más mejor una legislatura que se augura breve por su palpable inestabilidad.

El mensaje de urgencia dado por los mercados para que la estabilidad política impere en España y siga marcando el rumbo de crecimiento retomado por la última etapa de la pasada legislatura obligará de algún modo a los que hablan de “responsabilidad de Estado”, o sea, a PP, PSOE y Ciudadanos, a buscar caminos de consenso en medio de una ingente batería de puntos de fricción.

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