Imagen de una operación policial contra el terrorismo islamista.

En nuestro país viven ya cerca de 1,8 millones de musulmanes –un 40% españoles y un 60% inmigrantes−. Solo en Cataluña residen más de medio millón de personas que profesan la religión de Mahoma. Los radicales, ciertamente una minoría, juegan con la ventaja de que pueden camuflarse y pasar desapercibidos en medio de esa inmensa colonia migrante que lleva una vida pacífica y honrada en España. Los manuales del Daesh recomiendan al futuro yihadista que finja, que simule ser como cualquier otro occidental, que vista y se comporte como uno de ellos, que entre en bares, restaurantes, discotecas, cines y conciertos de música para no levantar sospechas entre su comunidad de vecinos e incluso que beba vino, frecuente la compañía de mujeres y coma carne de cerdo para lavar la imagen de radical y así quedar a salvo de cualquier tipo de sospecha. Alá lo sabrá perdonar una vez que llegue al paraíso tras la inmolación.

Recientes estudios consideran que los primeros radicales islamistas llegados a España se forjaron en una primera hornada allá por los años 80 y 90

A grandes rasgos, así funciona el Daesh en España, un auténtico ejército de invisibles dentro de nuestras propias fronteras, por lo que no hace falta ser un avezado analista en asuntos de terrorismo internacional para concluir que el problema es de una extrema gravedad. Ahora bien, ¿cómo se fabrica un yihadista? ¿Es solo producto de una religión que ha degenerado en una secta aberrante o intervienen también otros factores clave como los socioeconómicos, culturales, educativos y hasta psicológicos, personales y familiares? El ex coronel Pedro Baños distingue entre los fanáticos religiosos, “gente que ha existido y existirá siempre”, y los que en un momento determinado de sus vidas se inclinan por enrolarse en la guerra santa, bien por problemas personales, por sufrir la lacra de la marginación y el desarraigo social o porque se hallan tan desorientados en medio de una cultura totalmente diferente a la suya que no encuentran otra salida. Tampoco se descartan factores psicológicos, tendencias suicidas, adicciones a las drogas y desequilibrios emocionales, ya que a fin de cuentas un yihadista es una persona con un perfil mental frágil y maleable, carne de cañón que cuando cae en manos de una especie de secta religiosa y destructiva, como puede ser el Daesh, se deja lavar el cerebro con las ideas más absurdas y delirantes. Así las cosas, un yihadista sería el producto no de uno, sino de varios factores concurrentes.

Recientes estudios consideran que los primeros radicales islamistas llegados a España se forjaron en una primera hornada allá por los años 80 y 90. Muchos de ellos recalaron en nuestro país huyendo de la desmembración de la antigua Yugoslavia (que ocasionó un éxodo de musulmanes por toda Europa), el primer conflicto checheno, la guerra de Afganistán tras la invasión soviética, la represión de Hafed el Assad en Siria, el problema palestino-israelí y la contienda civil en Argelia. De esta manera, en lugares como Madrid, Cataluña, Comunidad Valenciana, Ceuta y Melilla fueron formándose los primeros grupos extremistas que se camuflaron entre los miles de inmigrantes llegados en sucesivas oleadas −a partir de los años noventa− en busca de un trabajo y de un futuro mejor. Más tarde, en 2001, estalló el 11S, posteriormente la guerra de Irak, y finalmente se produjo la polémica foto de las Azores. José María Aznar nos situó en la primera línea de fuego junto a nuestros nuevos aliados, Estados Unidos y Gran Bretaña, y en 2004 se produjeron los brutales atentados de Atocha. Para entonces, decenas de musulmanes ya se habían radicalizado en España (sin que la sociedad ni siquiera se hubiera percatado de ello). Se reunían en plazas y mezquitas repartidas por todo el país para conspirar contra el satánico Occidente e incluso en algunos centros y asociaciones cívicas se educaba a los niños en un estricto Corán, como se hacía en las rígidas madrasas (escuelas coránicas) en los peores tiempos de los talibanes afganos. Los futuros yihadistas habían aprovechado los resquicios legales y las oportunidades que ofrece una democracia liberal para extender su negra ideología por todo el país. Ya no solo se radicalizaban en las mezquitas escasamente vigiladas por la Policía antes del 11M, sino en sus casas, consultando páginas de contenido salafista por internet (la red es el auténtico motor de combustión del islamismo radical) y también en algunas prisiones como el centro penitenciario de Topas (Salamanca), donde delincuentes comunes condenados por tráfico de drogas, inmigración ilegal o robos de poca monta terminaban hermanándose en la fatalidad y convirtiéndose a la rama más violenta del islam, generalmente de la mano de un líder religioso o imán siempre dispuesto a aleccionarles e infundirles valor.

Las guerras civiles que se han desatado en los últimos años en Siria e Irak, la nunca terminada contienda de Afganistán, la rápida expansión de otros grupos terroristas −franquicias del Daesh y Al Qaeda− por países como Libia, Yemen, Sudán, Egipto o Nigeria, y también asiáticos como Indonesia, Malasia o Filipinas, han servido como catalizador para acelerar el proceso de radicalización del mundo islámico. Hoy la Yihad se extiende como la pólvora por todo el planeta, es un problema de dimensiones globales, y así ha sido como un par de cientos de españoles musulmanes, seducidos por una ideología de muerte y violencia y empujados quizá por una vida desarraigada en nuestro país han optado finalmente por viajar a estos países en conflicto y dar su vida por Alá en su lucha secular contra Occidente.

 

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