Hay quien sigue atado a la frágil tesis de Fukuyama: el fin de la Historia y la consiguiente dilución de las ideologías dentro del orden liberal. En el mundo que surge después de la caída del Muro de Berlín y el desplome de la URSS, el sistema liberal capitalista es hegemónico. Los años ochenta del pasado siglo supusieron además el blindaje de una hegemonía no solo política sino también cultural. El tándem Thatcher-Reagan supuso el desembarco en el poder de las tesis neoliberales más recalcitrantes y la generalización de un poderoso estigma hacia el Estado en particular y hacia todo lo público en general.

Esa hegemonía neoliberal desbordó su propia familia ideológica y tuvo efectos directos en el pensamiento de izquierdas en EEUU y toda Europa. Lo que se dio en llamar Tercera Vía suponía de facto una renuncia al consenso socialdemócrata de posguerra y la asunción, prácticamente integral, de las prescripciones a favor de toda suerte de privatizaciones, rebajas fiscales y contracciones en el gasto social, así como de la desregulación de los mercados. El mejor regulador era, de acuerdo a la cosmovisión imperante, el que brillaba por su ausencia.

Las diferencias entre izquierdas y derechas aparecían así difuminadas en el tablero político. Así las cosas, no resultaba siempre sencillo distinguir las políticas fiscales de los partidos conservadores y liberales de aquellas otras, de corte similar y a veces aún más ortodoxo, de los presuntos partidos socialistas. Ejemplos paradigmáticos de lo anterior podemos encontrarlos en España. Emborronadas las líneas de diferenciación política entre unos y otros, en el imaginario colectivo fue calando cierta sensación de inalterabilidad en el curso de los acontecimientos.

La reacción de cierta izquierda a esa sobrevenida pérdida de espacio político propio fue una huida hacia adelante. Lejos de recomponer un discurso reconocible dentro de sus parámetros clásicos, se deslizó por la peligrosa senda de la identidad y la parcialización de su discurso. Donde la izquierda histórica defendía lo que une a todos los seres humanos – un análisis materialista de las condiciones de vida de las personas -, su sustituta posmoderna fijaba los ejes discursivos en la exaltación de la diferencia, cuando no, directamente, en la reivindicación de privilegios para determinados grupos. La enmienda a la totalidad respecto a su coherencia ideológica estaba en marcha.

En España y en Europa no son pocas las voces que apuntan al nacionalismo y al populismo como dos de las amenazas más férreas que se proyectan sobre nuestro marco de convivencia. No les faltan razones a quienes sostienen eso. Resulta indiscutible que el populismo, a ambos extremos del tablero político, se abre paso como manifestación más cristalina de la antipolítica, como atajo expedito para sortear las coordenadas de deliberación y participación democráticas. Cuando más se resienten las bridas del juego democrático, maltratadas por la injerencia constante de poderes económicos y financieros que escapan al control democrático, la solución que parece cobrar fuerza poco tiene que ver con la radicalidad democrática que caracterizaba a la izquierda. Hoy los atajos populistas gozan de una fuerte vis attractiva. Junto a ellos, el cierre de fronteras y la involución nacionalista espolean un discurso rebosante de odio, confrontación, supremacismo e insolidaridad.

Es por ello que no pocas voces propugnan que aparquemos una vez más nuestras discrepancias ideológicas para combatir, en candidaturas transversales, a los enemigos del progreso y la civilización. En el ciclo electoral venidero, el que habremos de afrontar a lo largo del año 2019, se empiezan a perfilar plataformas electorales y candidaturas que comparten como nexo de unión el rechazo a las derivas populistas y al nacionalismo identitario. No tengo duda alguna de que ese rechazo es imprescindible, pero la pregunta que estimo pertinente realizar es la que interroga acerca de si repudiar nacionalismo y populismo es suficiente.

Desdibujar las diferencias ideológicas entre izquierda y derecha, en un contexto como el actual, nos abocaría a incidir en algunas de las causas que han coadyuvado a generar esta situación. La involución nacional-populista no se produce por generación espontánea. No significa esto que los nacionalismos identitarios no estuvieran ya presentes cuando se desencadenó la última crisis económica internacional, ni que la tentación populista no estuviese latente ya por aquellos años. Lo que resulta difícilmente discutible es que las políticas de austeridad indiscriminada implementadas fueron el caldo de cultivo idóneo para la desesperanza de muchos, y que lejos de reanimar al enfermo, agravaron sustancialmente su pronóstico.

Las desigualdades no han parado de crecer. Las reformas laborales implementadas en nuestro país siguen deslizándose por la senda de la precarización, el abaratamiento del despido y la degradación de la negociación colectiva. Proliferan los falsos autónomos, las jornadas laborales interminables aunque no pocos trabajadores coticen por un número de horas ostensiblemente inferior a las que efectivamente trabajan. El acceso a una vivienda adquiere tintes de odisea. Sigue sin abordarse desde las instituciones comunitarias un proyecto serio de armonización fiscal que elimine de raíz el dumping, el secreto bancario y los paraísos fiscales. Las grandes plataformas digitales apenas pagan impuestos, mientras se pone en tela de juicio la sostenibilidad de los sistemas públicos de pensiones u otras conquistas del Estado del Bienestar. Ante el desnortamiento generalizado de nuestra izquierda oficial, entretenida en sus cuitas identitarias para plena tranquilidad de los poderosos, la derecha se dispone a librar su enésima batalla contra el Impuesto de Sucesiones. ¿Qué credibilidad igualitaria pueden tener aquellos que defienden el blindaje de las desigualdades de origen y nacimiento, las más flagrantemente injustas?

Así las cosas, resulta difícil de aceptar el desiderátum que compele a renunciar a los posicionamientos ideológicos de cara a futuras citas electorales. Es más, volveríamos a tratar de apagar un fuego echando sobre las llamas toneladas de leña que no hagan sino avivarlo. Si somos incapaces de ver la relación causa-efecto entre el derrotero neoliberal de las políticas económicas aplicadas y la reacción populista que las mismas espolearon, seremos incapaces de desactivar su amenaza. Otro tanto puede decirse de la involución nacional-identitaria. Por supuesto que los nacionalismos identitarios merecen un ataque frontal por cuanto constituyen proyectos políticos reaccionarios, insolidarios y reñidos con la democracia, pero no seremos efectivos enfrentándolo sin criterio ideológico. El proyecto nacionalista de levantar fronteras entre conciudadanos, rompiendo el espacio de decisión conjunta, requiere una respuesta integral desde la izquierda. Porque sólo la izquierda puede sostener un discurso coherente y eficaz a favor de la igualdad de los ciudadanos, de la justicia social y de la redistribución. Es más, la ruptura del espacio político compartido no preocupa demasiado a los grandes capitales transnacionales, más preocupados por sortear los escollos y controles políticos para su libre deslocalización. Mientras el conservadurismo tradicional se muestra comprensivo con la reclamación nacionalista de aparejar privilegios a un concepto tan brumoso como el de identidad, no son pocos los neoliberales que ven con buenos ojos la implosión de los Estados en pequeñas islas pseudopolíticas que sean un mero juguete en manos de mercados completamente desregulados.

Es precisamente la izquierda la que necesita mantener operativos y unidos los instrumentos políticos a su alcance para acometer las políticas sociales que cierren la hemorragia de desigualdades y asimetrías, territoriales, sociales y económicas. Diluir a la izquierda, una vez más, en candidaturas transversales implicaría de nuevo neutralizar un proyecto necesario a cambio de un espejismo inútil. No habrá respuesta creíble a la doble amenaza que se cierne sobre Europa sin la izquierda.

La alternativa transversal no es una alternativa, es una simple quimera.

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Nací en Madrid en noviembre de 1989. Me licencié en Derecho en 2011 por la Universidad Autónoma de Madrid. Máster en Práctica Jurídica por la EPJ de la Universidad Complutense de Madrid en el año 2013. Desde hace más de cinco años me dedico al ejercicio libre de la abogacía en las jurisdicciones civil, penal y social, así como en el Turno de Oficio. Curso estudios de Ciencias Políticas en la UNED. Formé parte del Consejo de Dirección de Unión Progreso y Democracia. En la actualidad, soy portavoz adjunto de Plataforma Ahora y su responsable de ideas políticas. Creo firmemente en un proyecto destinado a recuperar una izquierda igualitaria y transformadora, alejada de toda tentación identitaria o nacionalista. Estoy convencido de que la izquierda debe plantear de forma decidida soluciones alternativas a los procesos de desregulación neoliberal, pero para ello es imprescindible que se desembarace de toda alianza con el nacionalismo, fuerza reaccionaria y en las antípodas de los valores más elementales de la izquierda.

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