Residimos enmarañados y sujetos a una narrativa de historias, creencias y conceptos a los que tomamos como verdad, santiguándonos ante ellos. Y sin embargo, solo son eso, una red intersubjetiva creada socialmente que es capaz de moldear y manipular todos nuestros actos, costumbres y pensamientos. Esta red intersubjetiva en la que residimos será inútil y absurda para las próximas generaciones, y totalmente incomprensible dentro de doscientos años, como así nos parece a nosotros la forma de vida, las creencias y los conceptos por los que se regía la vida diaria hace dos siglos. Tendríamos que acentuar en mayor medida nuestra reflexión en esa dirección, y con toda probabilidad, obtendríamos un mayor garante y flexibilidad sobre la proporcionalidad y la importancia real de nuestras vidas, y dejaríamos de estar sujetos a tanto concepto inútil y a tanta narrativa social desatinada.

Lo peor de toda esa estancia intersubjetiva en la que pautamos nuestras vidas es que, nuestra existencia, en la que nos encontramos envueltos, queda desahuciada y cercada de manera irrisoria. Validamos y adoramos conceptos y verdades que no lo son, y no damos cuenta que todo eso pertenece a esa narrativa social, económica y política que ha acabado a lo largo de los años y los sucesos en producir la historia que prevalece en este presente. No somos capaces de llevar el pensamiento para entender todo esto, para entender que nos movemos y estamos administrados por una red intersubjetiva, un hueco entre la realidad objetiva y la realidad subjetiva, una verdad que no es tal pero que la narrativa de los acontecimientos ha acabado por desencadenar y por seducirnos como credo, como oración a la que plegarnos en este presente.

La narración en la que residimos nos obliga a situarnos como personajes que somos de la misma, en posicionamientos impensados, en base a los dictados de la historia narrada, y haciéndonos creer que estamos ubicados en la única y exclusiva verdad, de idéntica manera que lo creyeron en su momento los egipcios, o los romanos, y tantos y tantos pueblos o civilizaciones como ha habido.

 

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Escritor. En el 2003 publica el entrevero literario “El dilema de la vida insinúa una alarma infinita”, donde excomulga la muerte a través de relatos cortos y poemas, todas las muertes, la muerte del instante, la del cuerpo y la de la mente. Dos años más tarde, en 2005, sale a la luz su primera novela, “El albur de los átomos”. En ella arrastra al lector a un mundo irracional de casualidades y coincidencias a través de sus personajes, donde la duda increpa y aturde sobre si en verdad somos dueños de los instantes de nuestra vida, o los acontecimientos poco a poco van mudando nuestro lugar hasta procurarnos otro. En 2011 publica su segunda novela, “Historia de una fotografía”, donde viaja al interior del ser humano, se sumerge y explora los espacios físicos y morales a lo largo de un relato dividido en tres bloques. El hombre es el enemigo del propio hombre, y la vida la única posibilidad, todo se articula en base a esta idea. A partir de estas fechas comienza a colaborar con artículos de opinión en diferentes periódicos y revistas, en algunos casos de manera esporádica y en otros de forma periódica. “Vieja melodía del mundo”, es su tercera novela, publicada en 2013, y traza a través de la hecatombe de sucesos que van originándose en los miembros de una familia a lo largo de mediados y finales del siglo XX, la ruindad del ser humano. La envidia y los celos son una discapacidad intelectual de nuestra especie, indica el autor en una entrevista concedida a Onda Radio Madrid. “La ciudad de Aletheia” es su nuevo proyecto literario, en el cual ha trabajado en los últimos cuatro años. Una novela que reflexiona sobre la actualidad social, sobre la condición humana y sobre el actual asentamiento de la especie humana: la ciudad. Todo ello narrado a través de la realidad que atropella a los personajes.

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