Un buen amigo, intelectual, preparado, de izquierdas y feminista, con casi 70 años, cuando comentaba con él la pobreza en que vivíamos en la postguerra y concretamente el frío que se soportaba en invierno en casas sin calefacción, me respondió, “podíais haber puesto radiadores”.

Una profesional de 50 años, educada en los mejores colegios, se quedó muy sorprendida cuando le dije que yo no había tenido nevera hasta mediados de los años sesenta del siglo pasado, como si en España las neveras eléctricas se hubieran utilizado desde siglos anteriores.

Ninguna de las madres jóvenes actuales sabe lo que es fregar los suelos de rodillas y lavar pañales y compresas, y si se les intenta explicar se ve en su mirada una absoluta incomprensión.

Estos y otros comentarios sobre los tiempos pasados emitidos tanto por personas que pertenecen a clases pudientes, como por los jóvenes actuales de cualquier clase social, incluso cuando han asumido intelectualmente que tanto la postguerra como la dictadura fueron épocas difíciles y hasta terribles, indican la ignorancia que padece una parte de nuestra sociedad sobre nuestra historia más reciente. Indica que durante décadas en la escuela española si se obligó a los escolares a aprender la lista de los reyes godos no se enseñó la verdadera situación de nuestro pueblo en el siglo XX.

Las respuestas de estos amigos se parecen a aquel comentario que la leyenda atribuye a María Antonieta, la reina de Francia, cuando su pueblo clamaba porque no tenía pan y dijo: “Si no tienen pan que coman bollos”. Un chiste explica la incomprensión de los ricos de lo que es la vida de los pobres cuando una niña escribe una redacción encargada por la maestra sobre una familia pobre y dice: “El padre era muy pobre, la madre era muy pobre, los niños eran muy pobres, el mayordomo era muy pobre, la doncella era muy pobre, el chófer era muy pobre.”

Podríamos creer que estas conversaciones no son más que anécdotas pero les aseguro que corresponden al criterio que se ha formado en las clases ricas y, lo peor, en las generaciones menores de 50 años. Ignorantes de los acontecimientos más importantes del siglo XX en España gracias primero a la censura y al adoctrinamiento de la dictadura, después al olvido y encubrimiento que siguió a la Transición, en la escuela, en los medios de comunicación, en la Universidad, en la literatura, en las ciencias sociales, tenemos en nuestro país un porcentaje elevadísimo de ciudadanía indiferente a los sufrimientos que soportó nuestro pueblo durante más de medio siglo.

Aquel pueblo que había perdido una terrible contienda se enfrentaba a la peor represión que vieron los tiempos en un país en el que se habían destruido los tendidos de ferrocarril, las pocas carreteras que existían, los Altos Hornos de Bilbao estaban apagados, las fábricas textiles habían sido abandonadas. Donde no se había cosechado en el último año y el hambre se enseñoreaba de la mayoría de la población que no podía comprar comestibles más que de estraperlo y donde una gran parte de las zonas rurales no tenía agua corriente ni electricidad. Ni siquiera las ciudades más avanzadas como Barcelona disponían en las casas pobres de tensión suficiente para encender más de una bombilla de 25 vatios, y donde las restricciones eléctricas y las cartillas de racionamiento duraron hasta 1955, dieciséis años después de concluida la Guerra Civil, resulta un total despropósito creer que podíamos haber utilizado radiadores para calentarnos.

El único combustible del que pudimos disponer durante dos décadas fue el carbón, que alimentaba los hornillos en los que mal se cocinaba, los braseros que apenas mitigaban el frío, las calefacciones de las casas ricas y hasta los trenes que echaban la carbonilla por las ventanillas, cegando a los viajeros. Yo cosí las labores exigidas a las niñas en el Bachillerato y en la carrera de maestra, a la luz de un candil, en los interminables inviernos de restricciones eléctricas. Las cartillas de racionamiento duraron hasta 1953 y el butano no llegó a Barcelona hasta 1960, cuando hacía 21 años que había concluido la guerra. Y todavía en la década de los sesenta muchas de nosotras nos calentábamos con estufas de petróleo.

Aquellos años de la emigración multitudinaria del campo a las ciudades, que ocasionó el despoblamiento de las zonas rurales, que surtió de fuerza de trabajo barata y explotada a las burguesías catalanas, vasca, madrileña, cuando miles de personas se amontonaron en chabolas inmundas en las periferias de Barcelona, de Madrid, de Bilbao, para hacer más ricas y más poderosas a las oligarquías que poseían el país, dejaron exhaustas a varias generaciones. Gracias a su ingente esfuerzo sus descendientes no tuvieron que sufrir la miseria de sus antepasados, pero no se les ha agradecido. Ni pagado. Las pensiones de nuestros ancianos son de una media de 600 euros y muchos cobran 300.

La patria que los torturó, los exilió, los explotó, ahora los condena a la pobreza y al olvido, y los desprecia.

Pero esta situación no es inocente.

Gracias al ocultamiento de nuestra historia se han formado varias generaciones jóvenes que no aprecian el ingente esfuerzo que realizaron los hombres y mujeres españoles para resistirse primero al avance del fascismo, derrotados en la infame contienda civil, y después soportaron las cuatro décadas de dictadura con un heroísmo admirable. Los que sobrevivieron, sobre todo mujeres, levantaron la economía, mantuvieron a sus hijos y construyeron el país que tenemos. Los y las resistentes en todos los frentes de lucha antifascista frenaron el horror fascista y lograron que tanto la Transición como la democracia no fueran peores de lo que son. Pero no se les agradece.

Los represaliados por la dictadura con decenas de años de prisión y torturas inimaginables, como Nicolás Sartorius, son ridiculizados ahora por los jóvenes “revolucionarios”, como Miguel Urban, recién llegados a las filas de la política, que defienden actuaciones insolidarias y claramente reaccionarias como las que lideran los gobernantes catalanes, con el marchamo de un populismo de viejo cuño.

El 24 de octubre, en el Palacio de Cibeles, celebramos un homenaje a las mujeres republicanas que fueron protagonistas y heroínas de todos estos acontecimientos, y el éxito de la convocatoria superó todos nuestros deseos. Cientos de personas, sobre todo mujeres, llenaron el salón Caja de Música, esperaron durante más de una hora para entrar y en la calle y en los pasillos doblaron el aforo permitido, de modo que los responsables municipales tuvieron que habilitar un salón anejo con pantalla de televisión desde donde siguieron el acto. Fue evidente que todavía hay un sector de población ávido, ansioso de recordar y de conocer la memoria histórica que nos ha sido hurtada.

Nos ha sido hurtada primero por los vencedores de la contienda, pero después por los que organizaron y pactaron esta democracia, y la ocultación continua ahora por aquellos que dicen alinearse con la izquierda. Ya sabemos que tener a la ciudadanía en la ignorancia siempre es rentable para los que detentan el poder oligárquico, así consiguen que la mayoría de los electores voten a quienes siguen explotándoles.

Lo que ya no tiene explicación alguna es que sobre esa ignorancia y olvido se erijan los dirigentes de izquierda para decirnos lo que tenemos que hacer, lo que tenemos que pensar y lo que no debemos recordar, con la pretensión de ser los únicos que representan el cambio revolucionario.

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