Estando a punto de finalizar la creación de los cielos y la tierra, los dioses decidieron que las almas de los que no cumpliesen su voluntad serían apartadas del resto; pues temían que las almas de los malvados impregnasen la tierra. Para contener tal peligro formaron una tormenta negra sobre las lunas, donde las susodichas almas jamás podrían escapar de los fuertes vientos y remolinos, que las atraparían por toda la eternidad.

En esta oscuridad sufrirían de formas indescriptibles, y perderían toda razón o esperanza; un justo castigo según el criterio de los divinos. Mas un día un alma fue a parar allí, que no encontraba el lugar para nada desagradable. Disfrutaba del caos, el dolor le daba placer, y el tormento le resultaba divertido. Aquella alma se llamaba Kasbal, y solo necesitó un día en aquel infierno, para nombrarlo paraíso.

La tormenta, incapaz de doblegar a Kasbal, se puso a sus ordenes, y las almas de los condenados alabaron al inesperado salvador, pero a Kasbal no le interesaba la adoración.  Este no recordaba nada de cuando estaba vivo, pero sabía que el mundo anterior le resultaba aburrido, soso, y monótono, por lo que decidió tomar cantas en el asunto; había que expandir el paraíso a todo los rincones.

Lo primero fue ordenar a la tormenta que se disipara, para que así las almas fueran libres; eso provocó que los dioses salieran a combatirlas, lo que les hizo descuidar la tierra. Una vez Kasbal pisó tierra firme, se hizo un poncho con piel humana que se tornó negro por la podredumbre, y se coronó con el tórax de un no nacido. Y allí mismo, mientras contemplaba la guerra en los cielos que había desencadenado, se autoploclamó señor del sinsentido, dueño de la sin razón, padre del despropósito, creador del sin motivo, y rey absoluto de lo incompresible.

Por el día se ocultaba en cuevas, donde reía frenéticamente al repasar el plan que improvisaba y olvidaba a cada instante, y por la noche nadaba entre las sombras hasta los dormitorios de los mortales. Una vez allí les susurraba al oído blasfemias, falacias, y destructoras tentaciones. Tales palabras corroyeron las mentes, pudrieron los pensamientos, y resquebrajaron cualquier atisbo de bondad o moral.

Cuando los dioses encerraron de nuevo a las almas en la tormenta, haciéndola densa y esférica para que nadie pudiera escapar, volvieron a posar sus miradas en la tierra, ya demasiado tarde. Kasbal había creado una bandada de descontrolados bárbaros, que arrasaban, consumían, y corrompían sin motivo alguno.

-Id hijos míos -se escuchó por todo el mundo, de una voz babosa y chillona-. Propagaos por la tierra, hasta que halla tantos locos, como estrellas en el cielo.

Y desde ese día a Kasbal se le apodó Locura.

Los dioses, aun muy debilitaros, gastaron todos sus recursos en encontrar a tal terrible ser, a la vez que intentaban minimizar los daños de todo aquel al que había corrompido. En el proceso se perdió un imperio, se soltaron las cuerdas que ataban al cielo, y se destruyeron los pilares de la tierra, lo que hundió la mitad de un continente. Mas tantas perdidas merecieron la pena, al poder acorralar a Kasbal, que finalmente fue derrotado cuando los dioses usaron un argumento incuestionable, para convencerlo de que se abriera el cráneo con sus propias manos.

Y aun siglos después, el mundo aun no se ha recuperado de las temibles perdidas ocasionadas por Locura, cuyas palabras aun resuenas en las cabezas de la humanidad, que de vez en cuando sucumbe ante sus susurros, pues no hay mayor veneno que las palabras.

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