Voces, imágenes, palabras escritas  de literatos, poetas, artistas han servido a lo  largo  de la historia para revelar la gravedad, el sufrimiento permanente  los desheredados de la Salud Mental  sin haber logrado mucho para evitar el dolor  de multitudes.

Son los trastornos depresivos, que  se presentan en la actualidad como el síndrome psíquico más frecuente,  involucra tanto en la población general como en población clínica.

Las Enfermedades Mentales, tal vez las patologías más controvertidas y discutidas de la historia de la Medicina, han despertado consideraciones múltiples a lo largo de los siglos, tanto en el ámbito médico como en la Religión o la Filosofía, señalan encuestas  de diferentes países del Norte y Sur.

En el siglo XXI sigue vigente la misma visión que tenían las antiguas civilizaciones de los desequilibrios de lo  que hoy la Psiquiatría conoce como alteraciones de la Salud Mental.

No obstante el desarrollo  de terapias y descubrimientos de la ciencia, está presente la  concepción mágico-animista o demonológica de gran parte de las enfermedades, en especial de los trastornos psíquicos.

Es el campo de la Psicofarmacología, donde se han producido los avances más  significativos y trascendentes en el tratamiento de las enfermedades mentales, la  revolución que supone un antes y un después en la Historia de la Psiquiatría. Existe una gran variedad de psicofármacos, buscándose cada vez mayor eficacia y selectividad de acción, con menos efectos colaterales.

Michele Roberts, novelista y jueza de un premio de literatura sobre salud mental, dijo que lo que han cambiado son las etiquetas que se utilizan para referirse a las enfermedades mentales.

“Creo que los escritores siempre han estado interesados en el funcionamiento de la mente. Hasta cierto punto, cualquier escritor decente tiene que mirar a su interior”.

Los escritores siempre han estado interesados en el funcionamiento de la mente. El escritor decente tiene que mirar a su interior, se expresó la novelista inglesa Michele Roberts, pero no como un discurso excluyente sino como una  reflexión del rol  de la mujer en la  cultura,  Ciencia,  Política, Economía – Comercio, para preocuparse de la Salud Mental.

En la edad media la tristeza  era concebida como un pecado. Creatividad y locura van de la mano. Diremos extravagante desde un cariz romántico, patológico desde otro más real. Los escritores tienen más riesgo de sufrir enfermedades mentales que el grueso de la población, además del doble de probabilidad de suicidarse, asegura la escritora Lala Toutonian, desde México.

William Burroughs, mató de un tiro a su  esposa, Patti Smith, cuando estaba jugando puntería, y escapó a México.

El poeta del romanticismo francés Gerard de Nerval sacaba a pasear a una langosta atada a un lazo azul por los jardines del Palais Royal de París (luego se suicidaría).

Conan Doyle estaba convencido que era medium y se comunicaba con ánimas en pena. Ezra Pound sufrió trastornos narcisistas que lo llevaron al hospicio por esquizofrénico. Serguei Yesenin, el creador del imaginismo ruso, escribió un último poema con su propia sangre antes de ahorcarse.

Estudios del Instituto Karolinska,  aseguran que los escritores tienen más riesgo de sufrir ansiedad, depresión y adicción a sustancias que el grueso de la población, además del doble de probabilidad de suicidarse.

¿Por qué? Porque la proliferación de pensamientos ocasionados por la intención de la escritura puede desatar una desorganización tal que puede llevar sino hasta la esquizofrenia, sí seguramente a la depresión.

No es condición sine qua non estar deprimido para escribir pero, vamos, nadie que aprecie la buena literatura elegirá a un escritor optimista, explica en cierto modo el psicoanalista Claudio Godoy,  desde su Tristeza y depresión:

“Existe un libro de Giorgio Agamben llamado Estancias donde dedica unos capítulos a la tristeza en la Edad Media, en tanto ha sido una preocupación de los monjes que era concebida como un pecado. (…)

Esta idea de la tristeza como pecado, como falta moral, introduce una problemática ética. Sin embargo, no siempre fue vista como un problema.
Durante el romanticismo tenía un valor que llegaba a lindar con lo creativo. No era bueno estar demasiado alegre. Podríamos decir que estas referencias son las que quedan puestas de costado por el término moderno de depresión.

La depresión es un término fundamentalmente moderno y que puede ser ligado con la incidencia de los complejos procesos de convivencia en las sociedades dominadas por la locura del mercado, cuyo escaparate ofrece y promete un paraíso.

Vladimir Mayakovski pone fin a su vida de un disparo. Así, el poeta ruso que había dedicado su obra a la revolución, se rindió frente a los avatares sociales que lo oprimían: método (a otros no lo recomiendo), pero ya no tengo salida.”Como se dice, el incidente está zanjado/ La barca amorosa varó en lo vulgar/ Estoy en paz con la vida./ No vale enumerar dolores, desgracias, ofensas mutuas”

Hemingway, al igual que otros, hizo lo propio con su escopeta favorita cuando el cáncer lo consumió.

El precursor del modernismo latinoamericano, el colombiano José Asunción Silva -de quien García Márquez se declaraba absoluto fan- también apretó el gatillo de su Smith & Wesson tras consultar con su médico el lugar exacto del corazón para no fallar.

Es su muerte la que inspira la del Coronel Aureliano Buendía en uno de los pasajes de Cien años de soledad: “Allí se quitó la camisa, se sentó en el borde del catre, y a las tres y cuarto de la tarde se disparó un tiro de pistola en el círculo de yodo que su médico personal le había pintado en el pecho”, homenajeará Gabo.

El enorme Foster Wallace hizo lo impensable: se ahorcó. Virginia Woolf se llenó los bolsillos de piedras y se hundió en un río inglés mientras nuestra Alfonsina Storni se adentró en el mar para no volver y Paul Celan se ahogó en Francia.

Sylvia Plath aspiró el gas del horno no sin antes dejar prestos dos tazones de leche y pan con manteca para sus hijos.

Ernst Weiss se cortó las venas mientras veía desde la ventana de un hotel francés la entrada de las tropas nazis.

Alejandra Pizarnik dejó todo su dolor en su poesía y se llenó de antidepresivos, como el poeta Cesare Pavese a quien el peso existencial tras el desamor no le permitió continuar.

Edgar Allan Poe, el torturadísimo y morfinómano, tras una vida dedicada en alcohol, intentó suicidarse con láudano tras la muerte de su esposa.

Tolstoi sufría depresión -se reprochaba no haber tenido el valor de suicidarse-, Kafka igual (además de insoportables migrañas, insomnio, ansiedad).

Stevenson tenía problemas pulmonares y consumía cocaína con los fines médicos típicos de la época pero acabó adicto. Baudelaire consumía grandes cantidades de hachis como bien se puede apreciar en Los paraísos artifciales.

“Human Traces” (Rastros Humanos) la última novela del escritor inglés Sebastián Faulks deja a un lado sus temas recurrentes, el amor y la guerra, para explorar la esquizofrenia -o locura, como se le llamaba entonces- a finales de la época victoriana.

“Mi objetivo como novelista al examinar estos temas, es ver qué nos pueden decir sobre la humanidad y sobre el modo en que nuestras mentes funcionan en la salud y en la enfermedad”, explicó el autor.

Ya en los tiempos de William Shakespeare el tema se trataba con relativa frecuencia, y hasta varios de los personajes más famosos del escritor, como el Rey Lear y Lady Macbeth, llegaron a la locura a través del dolor o la ambición.

 

“Lo que pasa es que hace 100 años no teníamos términos como problemas de salud mental”, explicó Roberts. “En su lugar, los escritores exploraban la tristeza y el dolor y cómo los humanos los soportan”.

Según Roberts, con el tiempo los novelistas han comenzado a estudiar áreas particulares de la salud mental, como por ejemplo el autismo, tratado en el libro El curioso incidente del perro a medianoche, de Mark Haddon.

“Creo que refleja los cambios de la sociedad”, dijo. “Muchas mujeres están criando niños con autismo, así que no me sorprende que los novelistas escriban sobre eso”.

Sin embargo, Roberts, quien además es profesora de composición creativa en la Universidad de East Anglia, puntualizó que son precisamente algunos de los libros menos conocidos los que conforman los mejores ejemplos de escritura sobre problemas de salud mental.

En arte, al retratar a enfermos con problemas mentales es muy fácil caer en el estereotipo de que son peligrosos y violentos.

La representación detallada de este tipo de enfermedades es esencial si es que la sociedad quiere ir más allá de los estereotipos que ofrecen las series televisivas.

“La literatura puede tener un impacto enorme. Las novelas de Sebastian Faulks han vendido millones (de ejemplares) así que se puede imaginar el impacto que podrían tener”, dijo Paul Corry, de la ONG para salud mental Rethink.

“Ciertamente parece haber hecho una buena investigación. Conversó bastante con una mujer con esquizofrenia con la que lo pusimos en contacto. Creo que todo eso se refleja en el libro”, reveló.

Según Corry, una novela que a menudo se pone como ejemplo de la pobreza con que algunos autores abordan el tema es American Psycho, de Bret Easton Ellis, una historia en la que un ejecutivo de Wall Street inicia una matanza indiscriminada.

Pero no sólo son libros recientes los que han dado una idea poco acertada de los problemas mentales.

Marjorie Wallace, de la organización Sane, dijo que algunos de los grandes escritores de la historia han tenido dificultades. “Si se mira a los más famosos escritores ingleses, muchos de ellos han tratado el tema y fracasaron. Charles Dickens, Charlote Bronte y Shakespeare tuvieron caracteres con problemas mentales, pero nunca explicaron por qué”. Según algunos, el extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde ha perpetuado estereotipos.

“En Jane Eyre, por ejemplo. Es claro que la señora Roche está loca, pero Bronte nunca se preocupa por profundizar un poco y contarnos por qué ella es así”.

Mario Benedeti escribió: ¡Cuentan que una vez se reunieron en un lugar de la tierra todos los sentimientos y cualidades de los hombres.

Cuando EL ABURRIMIENTO había bostezado por tercera vez, LA LOCURA, como siempre tan loca, les propuso: ¿Jugamos al escondite?….

Uno, dos, tres… comenzó a contar LA LOCURA.

La primera en esconderse fue LA PEREZA, que como siempre se dejó caer tras la primera piedra del camino.

Cuando LA LOCURA contaba 999.999, EL AMOR aún no se había encontrado sitio para esconderse, pues todo se encontraba ocupado…hasta que encontró un rosal y enternecido decidió esconderse entre sus flores.

Un millón, – contó LA LOCURA- y comenzó a buscar.

La primera en aparecer fue LA PEREZA sólo a tres pasos de una piedra.

Después se escuchó a LA FE discutiendo con DIOS en el cielo sobre teología y a LA PASIÓN y EL DESEO los sintió en el vibrar de los volcanes.

En un descuido encontró a LA ENVIDIA y claro, pudo deducir donde estaba EL TRIUNFO. Así fue encontrando a todos, EL TALENTO entre la hierba fresca, a LA ANGUSTIA en una oscura cueva, a LA MENTIRA detrás del arcoiris (mentira, si ella estaba en el fondo del océano) y hasta EL OLVIDO…que ya se le había olvidado que estaban jugando al escondite, pero sólo EL AMOR no aparecía por ningún sitio, LA LOCURA buscó detrás de cada árbol, cada arroyuelo del planeta, en la cima de las montañas y cuando estaba por darse por vencida divisó un rosal y las rosas. Las espinas había herido en los ojos AL AMOR; LA LOCURA no sabía qué hacer para disculparse, lloró, imploró, pidió perdón y hasta prometió ser su lazarillo.

Desde entonces, desde que por primera vez se jugó al escondite en la tierra…

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