De la mano de mi madre entré al cine por primera vez. Recuerdo la sala oscura, abarrotada, palpitante: ¡se me salía el corazón de la emoción! Aquel feliz instante de la dicha me llevó a pensar que todo cine es un templo del deseo sin latines ni alzacuellos, de pecados veniales y sueños pasajeros. En La la land, hay mucho de pecados veniales y mucho de sueños pasajeros contados de tal manera que su director y guionista, Damien Chazelle, y los actores Ryan Gosling y Emma Stone, serán sin duda los grandes triunfadores de la próxima gala de los Oscar.

El guion se mueve en las aguas procelosas de Singing in the Rain y Casablanca. Emma es Mia, una aspirante a actriz que malvive como camarera. Ryan es Sebastian, un pianista de jazz reducido a tocar música de fondo en restaurantes y bares de mala muerte. Una mezcla perfecta que aúna el cinismo del presente y las aspiraciones del universo de Hollywood. Ambos quieren seguir adelante para alcanzar sus sueños y, con la fe del carbonero, terminan consiguiéndolos pero no como lo habían imaginado. Y es ahí donde reside la gran fuerza de esta película: el cómo se resuelve esta historia de amor, tras la dura batalla de los sueños con bailes hasta en las estrellas, y el porqué se aguantan la mirada en la escena final Amy y Sebastian. La química entre Gosling y Stone funciona a la perfección desde Crazy Stupid Love.

Damien Chazelle, joven prodigio detrás de títulos como Whiplash y 10 Cloverfield Lane, es hijo de Bernard Chazelle, profesor de la universidad de Princeton, investigador de geometría computacional y gran admirador y estudioso de Bach. Damien estudió música desde bien chico. Y aunque lo pudiera parecer ninguno de esos datos es baladí. Princeton es a Nueva Jersey lo que esta película al género musical, un oasis en el desierto. La música, compuesta primordialmente por el compañero de Chazelle en la universidad de Harvard Justin Hurwitz, orea del jazz y del cabaret, y tiene momentos estelares con composiciones como “City of Stars”, “Planetarium” y “Epilogue”.

‘La la land’ es una expresión idiomática del inglés que viene a significar algo así como ‘La luna de Valencia’ pero que aquí ese hombre al que Astrud le hicieron una canción decidió traducir como ‘La ciudad de las estrellas’. La película, más allá de una historia de amor con sus números de baile y sus canciones memorables, resulta ser una reivindicación de esa locura de buscar los sueños, del arduo camino de la esperanza, de ese empeño en trabajarse la suerte, y es ahí precisamente donde se justifica que de aquí a veinte años aún recordemos esta película. Vayan a verla. Les aseguro que saldrán con una sonrisa en los labios.

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3 Comentarios

  1. Despues de leer esa entradilla voy a ver la pelicula que me digas…… De la mano de mi madre entré al cine por primera vez. Recuerdo la sala oscura, abarrotada, palpitante: ¡se me salía el corazón de la emoción! Aquel feliz instante de la dicha me llevó a pensar que todo cine es un templo del deseo sin latines ni alzacuellos, de pecados veniales y sueños pasajeros

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