“Lo verdadero es siempre la idea”, proclama Carlos Marx, tan denostado por la derecha y tan demodé para la izquierda posmoderna, pero lo cierto es que bogar por la vida pública a golpe de estratagemas y vocerío publicitario supone esa simplificación que para Ortega representaba no haberse enterado bien de las cosas. Y, como consecuencia, puede ocurrir que la política, en un momento histórico determinado, adquiera una contrafigura extravagante en forma de esperpento. La colonización ideológica conservadora se impregnó en  todos los ámbitos del régimen de poder español donde la centralidad política se escora tanto a la derecha que cualquier propuesta incardinada, por moderada que sea, a preservar los intereses de las clases populares se considera demagógica, populista y extrema. La izquierda tradicional ha caído en la trampa de la tecnocracia apostasiando de la ventaja ética e ideológica que supone una arquitectura política volcada a la razón ética del bien común.

En definitiva, la izquierda ha sido víctima de la ideología conservadora más original: la no ideología enmascarada en verdad técnica. La tecnocracia transfiere la neutralidad moral desde los aspectos técnicos, organizativos, administrativos de la política, a la esencia misma de lo político. El tránsito del debe ser al ser está cortado. La ética individual únicamente puede ser ética de la buena intención y de la buena voluntad. Para Lukács la ética individual es, pura y simplemente, ética kantiana, y ésta, impotencia en la actividad del individuo aislado. Por ello, como concluye Aranguren, las voluntades de los ciudadanos mientras permanezcan aisladas, separadas unas de otras, atomizadas, no pueden organizarse en verdadera democracia.

El recrudecimiento de la desigualdad de forma sumaria, el aprovechamiento de la crisis para disolver a la incipiente clase media, la depauperación de las clases populares, el empobrecimiento de amplias capas de la población, el hundimiento programado del mundo del trabajo, la brutal transferencia de las rentas del trabajo a las rentas del capital, configura una realidad social cuyo dramatismo se manifiesta en la institucionalización del desgarro dual de la sociedad española. Pero para consolidar estos contextos en el marco de lo que se impone como realidad inconcusa, sin alternativa aceptable ya que cualquier redistribución tanto de la riqueza como del poder, está proscrita como radical, el régimen necesita cerrarse más aún limitando libertades y derechos para diluir las manifestaciones de los damnificados por el darwinismo social que promueven las minorías dominantes y su aparataje político, institucional y mediático.

Alguien dijo, sin embargo, que los procesos políticos de transformación social son momentos de arrebatadora inspiración de la historia. Y España vive hoy una demanda de cambio profundo después de las dolorosas heridas producidas en la sociedad por el coste desigual de las políticas aplicadas con la justificación de la crisis que nos han hecho tan desiguales. Es una vindicación de la política frente a la violencia institucional y los fetichismos de la modernidad, de la política desde abajo, de la política de quienes están excluidos de la política estatal de los dominantes y víctimas de esta política confiscada.

Ante ello, el grave problema de la izquierda tradicional es que desideologizada, sujeta al compromiso de mantener un sistema que niega su misma naturaleza, pendiente de ser más parte del Estado que de la sociedad, ha perdido su capacidad de convertir el malestar ciudadano en opción política. Sobrevuela, de este modo, sobre una insoportable levedad que la diluye buscando centros políticos inexistentes, sociologías fantasmagóricas y moderantismos extemporáneos.

Como afirma Ulrich Beck, vivimos, empero, un momento decisivo para construir coaliciones de las que surja un nuevo humanismo. Pero un nuevo humanismo sólo puede descansar en el valor de las ideas y los principios que sobresanen este momento decadente donde cuando se habla de política se habla exclusivamente de poder.

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