“España” es una palabra que debería pronunciarse con dolor. Con el dolor de la mujer maltratada que intenta resurgir de sus cenizas y empoderarse. Con el dolor de las cunetas y el peso del silencio. España es una palabra que contiene el dolor del éxodo, del genocidio, del exilio, de los sueños rotos. España podría ser, si la historia hubiera sido de otra forma, un sinónimo de progreso, un símbolo para la libertad, como llegó a serlo en los años 30. En cambio, hoy se pronuncia con el eco de los toros, de un uso orwelliano del concepto “libre”.

Tendría que ser una palabra que nos evocara la Institución Libre de Enseñanza, Clara Campoamor, laicismo, república, Carmen Conde, Miguel Hernández, Unamuno, Azaña. Por el contrario, nos recuerda una monarquía vinculada a la dictadura, a la historia silenciada. Hablar de España hoy es hablar de una sociedad cubierta por una costra a través de la que latente respira el virus del franquismo.

¿Hablan de reabrir heridas? Vivimos, día a día, sobre una herida que nunca fue cerrada. Respiramos el aire de una herida abierta que inunda el mundo que nos rodea. Yo, que nací en democracia, he crecido con el peso de la dictadura, de palabras tabúes, del odio latente por la diferencia, por la izquierda. He oído a compañeros de mi edad ensalzar la figura de Franco, desvincular la falange del fascismo, justificar fusilamientos, acusar a profesores de “rojos” con un tono cargado de desprecio. Y también he visto a mis abuelos bajar la voz para hablar de la guerra civil, todavía con miedo, lanzando una rápida e inconsciente mirada a los vecinos, como si en cualquier momento los pudieran denunciar. Eso me da una idea de la gran España libre en la que vivieron y me plantea muchas dudas sobre mi propia historia y mi país.

Como joven de esta sociedad me gustaría poder tener un futuro limpio de fascismo. Creo que mi generación merece y necesita un proceso de memoria, reparación y verdad. Esto no es algo que afecte únicamente a los que fueron víctimas. Es una necesidad democrática básica de nuestra sociedad en su conjunto, incluyendo a las generaciones más jóvenes. Como española de izquierdas necesito poder pronunciar la palabra España con cariño, y que al hacerlo se evoque una idea de justicia. Estamos muy lejos de eso. Transformar el Valle de los Caídos en un espacio de memoria sería un comienzo. Sólo un comienzo. En cambio, transformar en un cementerio civil un lugar que simboliza una dictadura cívico-militar, un lugar en que reposan los restos de personas represaliadas bajo la jurisdicción militar sería un contrasentido. Eso no quita que se construya un museo de la memoria en un lugar accesible, en el centro de la capital. Pero creo que curarnos del franquismo no pasa por eliminar la palabra del vocabulario, sino, todo lo contrario, que pueda ser nombrada por los que lo sufrieron en voz alta y clara. Pasa por señalar las huellas que dejó tras de sí la dictadura como lo que son: lugares de represión y tortura. Como lo fue el Valle de los Caídos.

Que los que quitan los lazos amarillos se cuestionen seriamente por qué hay tanta gente que siente un rechazo tan visceral por la palabra “España”, y que dejen de monopolizarla, si es que quieren evitar la ruptura. Creo que preguntarnos eso como sociedad es algo que necesitamos para avanzar hacia la democracia, para superar todos los conflictos que hoy en día configuran la agenda política española.

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Inés Moreno (Alcalá de Henares, 1992) Graduada en Derecho y Ciencias Políticas por la Universidad Carlos III de Madrid y máster en Derecho Internacional Medioambiental por Háskóli Íslands (Universidad de Islandia). Ha desarrollado su actividad investigadora entorno a la gobernanza global y los derechos humanos de tercera generación. Activista de Amnistía Internacional España de 2011 a 2015. En su actividad literaria colabora con la editorial Playa de Ákaba con la que ha publicado su primer poemario, Akasia.

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