Un muro por encima de la altura de nuestra vista manifiesta el deseo de no ser estorbado(1). En determinados contextos manifiesta hostilidad.

El elemento predominante en la fotografía son las vallas por encima de la altura de la vista. Tan sólo haberla hecho en una calle en bajada proporciona contexto (una urbanización cualquiera en una ciudad costera cualquiera) y evita la sensación real que se tiene cuando se camina por una calle así: la de estar en una especia de trinchera urbana verdaderamente incómoda. Tras las vallas, casas y jardines. En los jardines la vegetación es exuberante, diversa, bien acondicionada y mantenida. La totalidad del verde de esta urbanización es privado y está mejor cuidado de lo que lo haría cualquier organismo público.

El sumatorio de la decisión de plantar y mantener un pequeño jardín da una decisión a gran escala que proporciona a la ciudad una biomasa considerable.

La fotografía, sin embargo, tiene algo que la hace incómoda incluso para los propietarios de las viviendas que he retratado, y es precisamente esta reiteración de vallas por encima de la altura de la vista. Solo este gesto, repetido por doquier, auspiciado por el Ayuntamiento de turno, deshace todo el sentido de comunidad que pueda existir en esta urbanización y la convierte en una sucesión de casas unifamiliares conectadas umbilicalmente con una primera residencia sin la más mínima interacción ni con los vecinos ni con la ciudad, ni tan sólo con las buenas vistas que muchas de estas casas podrían tener. La valla, en cambio, tan sólo proporciona un engaño psicológico, ya que no tiene nada de segura contra la intrusión, ni tan sólo contra la intimidad en estos tiempos de Google Earth.

La propiedad privada tiene límites. Siempre. Seamos o no conscientes de ello. Los límites nos remiten a los seres sociales que somos. Ser sociales nos define estructuralmente. Ser sociables ya es una opción. Para definir una propiedad es suficiente con disponer una sucesión de hitos de unos cuarenta centímetros de altura (la altura de la rodilla: todo se remite al cuerpo humano). Solo con esto cualquiera entenderá que se define una propiedad privada. Para definir una barrera bastará con noventa centímetros. Ninguna normativa municipal debería permitir subir vallas por encima de esta altura. La intimidad es un derecho importante. Para conseguirla hay múltiples recursos: vegetaciones a media altura, las copas de los árboles, parras, hiedras, tendales, cortinas y lo que me dejo.

La gestión de los límites del verde privado es uno de los instrumentos más poderosos que existen para hacer ciudad. Se ha de entender bien: el verde privado es privado. No estoy proponiendo que sea otra cosa. Sencillamente estoy reivindicando la mirada sobre este verde y las relaciones visuales que crea. Cuando nos paseamos por una calle donde todos los vecinos de una comunidad compiten por quién tiene más verde en sus balcones, creando verdaderos paraísos en miniatura que adicionalmente les permiten tener las cortinas abiertas todo el día, todos los peatones se alegran y participan de este confort visual. Es un motivo de orgullo tanto para los vecinos como para el municipio. El verde crea fachada.

Hay diversos ejemplos internacionales de ello. Los squares londinenses son privados. Sólo puede acceder a ellos la comunidad que los gestiona. Sus vallas, sin embargo, están caladas y toda la ciudad los puede disfrutar y se enorgullece hasta el extremo que los squares son uno de los elementos que mejor caracteriza Londres. De ser públicos la ciudad no se podría hacer cargo de ellos.

El estudio barcelonés Archikubik está a punto de construir, si no lo está haciendo ya, un complejo en París basado en el verde privado(2). Una corona de edificios de vivienda protege unos huertos que se gestionan y explotan comercialmente de manera privada. Las viviendas respiran a través de estos huertos, que proporcionan un entorno tranquilo, limpio y agradable de mirar, mientras protegen esta instalación y crean barrera permitiendo su uso comercial.

La interacción entre los elementos privados, sin que estos elementos privados dejen de serlo, se entiende, conforman el espacio público. El verde privado afecta decisivamente las características de estos espacios y los pueden llegar a conformar.

Ser conscientes de ello y actuar en consecuencia sólo puede mejorar nuestras ciudades.

 

(1) Es por eso que las tumbas miden seis pies de profundidad (lo digo por la serie, claro: aquí son unos dos metros): el sepulturero ha de quedar enterrado con el muerto. Es una medida de respeto ancestral.

(2) No les pedí ninguna foto porque este proyecto es tan maravilloso que merece más que esta simple mención.

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?
Compartir
Artículo anteriorLa Escuela de Empresa inicia su acción de desarrollo y expansión de sus programas formativos online en América Latina
Artículo siguienteSusana Díaz, máster en abortar legislaturas
Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

11 − ocho =