La diferencia entre asimilar e integrar es la que hay entre querer convertir algo en otra cosa o aceptarlo conforme es. La Ley Orgánica 7/1980, de “libertad religiosa”, reconoce en su artículo 2, el derecho de toda persona a: “Practicar los actos de culto y recibir asistencia religiosa de su propia confesión; conmemorar sus festividades; celebrar sus ritos matrimoniales; recibir sepultura digna, sin discriminación por motivos religiosos, y no ser obligado a practicar actos de culto o a recibir asistencia religiosa contraria a sus convicciones personales”.

En el mayor atentado que ha sufrido Europa en periodo de paz, el atentado del 11M, fallecieron 191 personas, algunas musulmanas, como señalaba Pablo Ximénez de Sandoval en El País, el 14 de marzo de 2004, entre ellas: “Sana Bin Salah, una chica de 13 años que el jueves se dirigía a clase en el Instituto Juan de la Cierva, en Lavapiés”. Por ella, junto a las demás víctimas, se celebró una Santa Misa Funeral, en la catedral de La Almudena de Madrid, presidido por los Reyes y oficiada por el Arzobispo de Madrid, Monseñor Rouco Varela.

Según el “Estudio demográfico de la población musulmana” del Observatorio Andalusí, a 31 de diciembre de 2015 había en España 1427 comunidades musulmanas establemente constituidas en nuestros pueblos y ciudades, pero solo 27 habían conseguido obtener lugar de enterramiento hasta la fecha. Más complicado aún parece compaginar la conmemoración de festividades, cuando no coinciden con las oficiales, y se tiene trabajo e hijos. Sin olvidar las diferencias entre un viernes, día en el que se reúnen las personas que practican el islam, y un domingo…

Por otra parte, nos encontramos con un pasado musulmán llamado Al-Ándalus, no sólo ejemplo de convivencia pacífica entre pueblos e integración para crear una sola civilización, sino además una civilización esplendorosa que, en palabras de la Fundación Pública Andaluza “El Legado Andalusí”, fue: “una civilización que irradió una personalidad propia tanto para Occidente como para Oriente”. Pero que apenas se ve reflejado en los libros de texto escolares aún hoy en día, y continúa existiendo un gran desconocimiento, por parte de los españoles, sobre científicos como el matemático Maslama de Madrid y el famoso astrónomo Azarquiel, médicos como Yahya ibn Isháq, autor del primer recetario médico andalusí, el gran farmacólogo toledano Ibn Wáfid, el judío cordobés Ibn Hasday ibn Saprit, Abulcasis y Avenzoar, célebres incluso en el mundo latino, poetas como Ibn Suhayd, neoclásico, Ibn Zaydún, de inspirados versos amorosos, y el melancólico rey de Sevilla al-Mutamid y su esposa Rumayqiyya, y poetisas como Hassána la tamímiyya, o la sevillana Maryam bint Abi Ya’güb al-Faysbli, historiadores de la talla de Ahmad al-Rázi e Ibn Hayyán, el más importante de toda la Edad Media, filólogos como al-Zubaydi y el murciano Ibn Sida, filósofos como Ibn Masarra, el judío malagueño Ibn Gabirol, al-Kirmáni, el aún reconocido sabio por todo el mundo musulmán Ibn Árabi de Murcia, etc.

La dominación de Al-Ándalus pasó por un proceso radical de destrucción y borrado de todo su legado, ligado al islam, que desde 1499 lleva al cardenal Cisneros a iniciar un proceso de conversión forzosa y quema de libros, que Juan de Vallejo (1500-1569) describe así algunos años después: “Para desarraigarles del todo de la sobredicha su perversa y mala secta [el islam], les mandó a los dichos alfaquíes tomar todos sus alcoranes y todos los otros libros particulares, cuantos se pudieron haber, los cuales fueron más de 4 ó 5 mil volúmenes, entre grandes y pequeños, y hacer muy grandes fuegos y quemarlos todos”.

Según la Asociación Musulmanes Andaluces, en su página musulmanesandaluces.org, Blas Infante fue el primero en descubrir que la denominada “Reconquista” fue “uno de los orígenes del latifundio” en el sur de la península ibérica. Y según un artículo titulado “Los moriscos, un pueblo olvidado en la historia”, y publicado en 2005 por la Universitat per a Majors, Universitat Jaume I: “convenía a los reyes y a la nobleza cristiana que el sistema productivo continuara funcionando ya que no interesaba de ningún modo la despoblación de los campos ni el abandono de los cultivos y no habiendo suficiente población cristiana para la repoblación total del territorio recién adquirido era necesario que los moros continuaran trabajando para los nuevos señores” quedando por tanto ligados a la tierra y sin derecho a decidir sobre sus creencias religiosas.

Aquellos moriscos no expulsados fueron denominados como “cristianos nuevos”, descendientes de musulmanes convertidos por la fuerza, y que dieron “lugar a un extenso campesinado en situación de miseria, sin apenas capacidad de consumo. Sufrían una explotación despiadada, se les pagaba una miseria y vivían en el límite de la subsistencia, sobreviviendo gracias al trabajo de mujeres y niños, y del recurso al hurto. Según estimaciones, en torno a 1787 el salario de un bracero sevillano era de unos 3,35 reales diarios, cuando el precio de 1 Kg. de pan era de 1,3 reales aproximadamente y una familia precisaba, por termino medio, 2,5 Kg. diarios de pan, lo que suponía un costo de 3,25 reales”, según José Luis Solana Ruiz, profesor de Antropología Social en la Universidad de Jaén, en su artículo “Las clases sociales en Andalucía. Un recorrido sociohistórico”, publicado en marzo del 2000 en la Gaceta de Antropología. Aunque también están los expulsados y a los que aún no se les reconoce una nacionalidad que les fue arrebatada.

Pero también es verdad que existe una creciente participación de musulmanes y musulmanas en partidos políticos, como Nación Andaluza, Partido Renacimiento y Unión de España, Catalunya Omnium, el Grupo Federal Árabe-Socialista del PSOE o el novísimo Círculo de Musulmanes de Podemos, Partido Democrático y Social de Ceuta, Unión Demócrata Ceutí o Coalición por Melilla, lo que indica un proceso de normalidad democrática y hace crecer las esperanzas de alcanzar una integración final como ciudadanía con plenos derechos.

 

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