Hace escasos días, mi hijo (que tiene 10 años), y que ha podido hacer un par de viajes familiares a Suiza y que prestó toda su atención al modelo político allí establecido, me dijo a la salida del colegio: Mami, allí nadie tiene el poder supremo, los primos votan todo por el ordenador, cualquier decisión que se tome es avalada por los vecinos, que constantemente pueden decidir si las propuestas de sus representantes son las mejores para su convivencia. Añadió: Eso si que es una democracia!. Yo no veo que en España pase ésto. Discúlpenme si subrayo la conclusión tan acertada de un niño tan pequeño y con tanta visión de la realidad en su corta trayectoria vital.

En España, damos comienzo y fin a una legislatura con otra, y vamos por la XI, desde las primeras elecciones democráticas en las que nos envuelven la vista con largos programas electorales, a los que, por norma general, ni siquiera se presta atención. La desafección a la política, ha desembocado en una grave falta de interés por el día a día. Entendemos por política, el coste de la luz, el coste del agua, el precio de la vivienda, el IBI, el IVA, las pensiones, el salario, los permisos laborales, el turismo, el colegio público, las listas de espera de los hospitales… ¿Entonces, como es posible que haya dejado de interesarnos la política?

En nuestro país, la despreocupación por nuestro propio desarrollo personal y profesional es una tarea pendiente, y mira que ha habido momentos en la historia más reciente para concienciarnos de que la formación debería ser inherente al ser humano. Quién nos iba a decir de unos años para acá, en aquel llamado Estado de Bienestar por la clase política, donde todo parecía funcionar a las mil maravillas, que la democracia nos preparaba una encerrona. El endeudamiento al que sometieron a la población, hipotecando su futuro a más de treinta años por un techo gestado por la burbuja inmobiliaria en mensualidades de más quinientos euros de media por familia nos estalló en las manos y sesgó de cuajo la esperanza de un futuro mejor. Se sucedieron años de desahucios, de colas de cáritas, de subsidios por desempleo, de ERES, y un largo etcétera…, con más de diez millones de supervivientes que vivimos en ese término de exclusión social, que da pavor sólo escucharlo.  No había mejor escusa miserable de la derecha, que decir que vivíamos por encima de nuestras posibilidades. 

Todo este aplastamiento de los Derechos Constitucionales han hecho picar el anzuelo de una democracia imaginaria, dónde un@ se piensa demócrata por echar un voto en una urna. Si intentamos asemejar la Democracia con la participación, la cosa se quedaría como mucho en pseudo-democracia. Una de las causas fundamentales por la cual, el olvidadizo político incumple su programa es la perpetuidad en el cargo. Dar continuamente nuestra confianza a quién no cumple o desoye lo que promete en campaña, nos hace cómplices necesarios de la frustración colectiva que vive el país. Las movilizaciones sindicales y sociales no surten el efecto deseado, las firmas reivindicativas no sabemos si llegan a ser propuesta de Ley, y así sucesivamente, como pescadilla que se muerde la cola. Falla el sistema y no sabemos como afrontarlo, primeramente porque la sociedad vive en el discurso no ideológico de antemano, y porque buen número de ciudadan@s aseguran dar un cheque en blanco, a elogiadores de una farsa continua, con hilos de manipulación.

Hemos avanzado estrepitosamente en tecnologías de todo tipo. ¿Se imaginan una España que tenga acceso a decidir a través de sus Ayuntamientos en qué se invierte el presupuesto público? ¿Se imaginan una España en la que los políticos se vean obligados a enviarnos a una aplicación de móvil si apostamos por un campo de fútbol o la ampliación del colegio público?

Es necesario establecer sistemas de enlace directo entre electores y elegid@s.  Practicar una democracia directa en paralelo con la democracia representativa debe ponerse de moda en cualquier país del mundo con el objetivo de “ajustar cuentas” con aquell@s que un día se comprometieron a llevar a cabo unas medidas a cambio de tu sufragio.

Parece que hay una generación que quieren ser demócratas activ@s y no pasiv@s. Nuestro actual sistema ha quedado solapado por la inacción y el aprovechamiento descarado de dirigentes que han hecho de éste su forma de vida. Y lo peor es que no escarmentamos. La Democracia y la Constitución han prescrito. La Constitución está vetada de facto, necesitando dos tercios de la cámara para sacar una reforma adelante, y con el mapa de pluralismo político es técnicamente imposible realizarla. Es todo un modelo preparado para bipartidismos obsoletos, apoyados en una ley electoral injusta y sectaria para pequeñas formaciones políticas que nacen del desencanto general, pero que se ven frenadas a mitad de camino por la escasa representatividad que obtienen aún sacando el mismo número de votos que los que llevan anclados toda la historia en el parlamento. Hagamos posible un sistema de gobernarnos a nosotros mismos, que sea vinculante y vinculado a los intereses generales de los pueblos y despertemos conciencias dormidas que han decidido que la abstención es una forma de desligarse de esta ambigua democracia, porque tristemente lo afianza.

Avanzar desde una perspectiva progresista hacia una República Democrática Federal y laica, es la única alternativa a una democracia caducada que no garantiza los mínimos Derechos esenciales. Miles de Socialistas afiliad@s e independientes que abandonaron la formación esperamos que así sea, y no dejaremos nunca de intentarlo, desde dentro o desde fuera, pero siempre con el gran espíritu de lucha incansable que nos mueve. Pero eso si, hay que estar dispuestos a despojarnos de ropas viejas y nostálgicas de lo que pudo haber sido y no fue.

  

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