En la campaña electoral para las presidenciales de 1992 en Estados Unidos, el estratega de los demócratas James Carville, que asesoraba al entonces Gobernador de Arkansas Bill Clinton, insistía que para poder enfrentar a George Bush, que por esos días parecía imbatible, debía concentrarse en la realidad cotidiana de los votantes. Decía Carville que era fundamental preocuparse por lo cotidiano y no por las grandes cuestiones que escapaban del buen entender de la mayoría de ellos.

Uno de los temas a los que Clinton debía prestar más atención tenía que ver con la situación económica de las familias estadounidenses, y para recordarlo Carville lo sintetizó en una frase, ‘es la economía, estúpido’.

Parafraseando a Carville, y teniendo en cuenta la realidad de la Argentina, podríamos decir ‘es la confianza, estúpido’, porque pese a que muchos crean que el país atraviesa una dura crisis económica, una vez más, en realidad lo que enfrenta es una aguda crisis de confianza en quienes rigen sus destinos. Más allá del accionar oportunista de ciertos grupos económicos concentrados.

Todo sistema político se basa en dos ejes centrales, la confianza y el uso de la fuerza, y si uno no quiere recurrir a choques violentos debe gozar de un alto nivel de confiabilidad en su accionar. Hoy el gobierno argentino parece carecer de esa confianza y, hasta el momento en que escribimos estas líneas, aún no recurrió al uso de la violencia institucional.

¿Y por qué decimos que parece carecer de confianza? Fundamentalmente porque la ciudadanía no cree en los anuncios gubernamentales y en que mañana podrá comprar lo mismo que hoy con el dinero que tiene en su bolsillo. Dada esta realidad, y manteniendo una histórica costumbre nacional, recurre a garantizar el poder de compra a través de la dolarización de su dinero. Sumado a esto, y quizás sirviendo de locomotora de la situación, hay un evidente accionar de ataque al peso argentino, procurando erosionar el poder del Gobierno.

Aun sin pruebas, porque el gobierno no hizo públicos los listados de quienes fueron los responsables del jueves negro de la economía argentina (aunque muchos lo suponemos por ser un tema recurrentemente histórico), cuando el valor del dólar (o el euro, pero el argentino elige mayoritariamente la compra de dólares) creció más de 15% en un día (como referencia, vale decir que en Argentina aumentó en un día lo que en Uruguay aumentó en lo que va del año), es innegable que hay un accionar coordinado para atacar el peso y provocar una corrida cambiaria.

El gobierno ensayó algunas salidas pero aún no encontró la adecuada, lo cual acentúa la desconfianza, sumado a algunos dirigentes opositores y otros periodistas que apuestan a la lógica fogoneada el siglo pasado por Nikolái Gavrílovich Chernyshevski, padre del ‘cuanto peor, mejor’ y fomentan el llamado ‘club del helicóptero’, por ser quienes apuestan a un fin del gobierno como ocurriera en 2001 cuando tras renunciar a la Presidencia de la República, Fernando de la Rúa abandonó la Casa Rosada en un helicóptero. Vale recordar que desde el surgimiento del peronismo allá por mediados del siglo pasado, no ha habido ningún gobierno no peronista que haya podido llegar al final de su mandato.

Se hace imperioso entonces recuperar la confianza, puesto que por bueno que sea el plan económico que se busque implementar para hallar una salida a la crisis, si no hay confianza en que quienes están al frente de las instituciones serán capaces de su implementación, las mejores intenciones no pasan de ser más que papel mojado.

El argentino medio está muy acostumbrado a las políticas populistas y en función de ello sólo espera que quien fue elegido, para cualquier cargo público, debe encargarse y acertar en las acciones llevadas a cabo, por cuanto su grado de participación se limita a emitir su voto y ‘criticar en los bares’ lo que a su criterio no se hace bien.

¿Cuál es la salida entonces? No es fácil saberlo, pero sí se pueden enumerar algunos ejes centrales para poder intentar encontrarla.

En primer lugar es preciso ampliar la base de sustentación del gobierno, esto es sumar a ciertos sectores de la oposición para encontrar acuerdos que permitan dotar de gobernabilidad al sistema, y bajar cierto nivel de soberbia gubernamental.

En segundo lugar se hace imperioso el aislar y exponer a quienes apuestan por la caída del gobierno, es fundamental que la ciudadanía sepa quién es quién. Sobre todo porque en el colectivo popular está incorporado que siempre son los mismos nefastos personajes los que aparecen con ‘soluciones’ en situaciones como estas, siendo que han sido parte de la mayoría de los problemas estructurales que arrastra Argentina.

En tercer lugar, asumir compromisos que sean fiables en el tiempo, puesto que si lo que se propone es un bluff, la desconfianza será aún mayor y se ingresará en un espiral descendente que terminará, más temprano que tarde, en la eyección del gobierno.

En síntesis, es fundamental volver a contar con la confianza de la ciudadanía. Es necesario que el gobierno entienda que cuando toma decisiones no es sólo él quien asume los pasos a seguir sino que es el país entero, porque como dijera Luis Zamora, ex diputado nacional trotskista argentino ubicado en las antípodas ideológicas del gobierno, cuando lo consultaban sobre la implementación de una posible ruptura con el Fondo Monetario Internacional en un hipotético gobierno encabezado por él, ‘quien rompe con el Fondo no es Zamora, sino la Argentina, entonces es necesario que al salir al balcón de la Casa Rosada tras firmar la ruptura con el Fondo la Plaza de Mayo esté llena apoyando la medida’. Eso debe encontrar el Gobierno, el accionar que consiga que la ciudadanía colme la Plaza de Mayo para apoyar las medidas necesarias para enfrentar a quienes apuestan por su fracaso, y que quienes integran el gobierno son los más adecuados para implementarlas.

Parafraseando una vez más a James Carville, ‘es la confianza, estúpido’.

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