En épocas del Imperio, el Senado tenía la facultad de aplicar una pena vergonzosa a aquellos muertos que hubieran traicionado a Roma, por lo general funcionarios – emperadores incluidos. El indefenso difunto era condenado al olvido, y todo aquello que tuviera que ver con él era automáticamente destruido (entre algunos condenados notables se encuentran Calígula y Nerón, cuya estatua sufrió modificaciones en la cara para evitar la asociación con el exemperador. La estatua de Nerón era colosal, y es por eso que el Anfiteatro Flavio es comúnmente denominado Coliseo.)

Más allá de lo poético del nombre del castigo, hace dos mil años se pensaba en borrar los rastros de una persona y, aunque todos supieran que existió, que traicionó y que se suprimieron sus huellas, se fingía que esa persona nunca había estado. Un par de generaciones y aquí no ha pasado nada.

Cuando leí sobre esta pena pensé en el libro 1984 y los llamados agujeros de la memoria, donde se depositaba todo lo que debía desaparecer, en los que Winston y los otros personajes ponían lo que harían de cuenta que no recordarían. En el por desgracia actual libro de Orwell, todos sabían que los cínicamente llamados agujeros de la memoria actuaban como succionadores que chupaban lo que no podía estar circulando.

Naturalmente, los motivos son diferentes, pero en la actualidad algunos ciudadanos llevan a los tribunales a Google o Facebook para que las empresas borren de sus bases de datos todo lo atinente a aquellas personas, que buscan ejercer su derecho al olvido y esto, a diferencia de Roma, se aplica a internet.

Yo confieso que en este momento el olvido me aterroriza: nos olvidamos de lo que esa persona hizo, de lo que pasó la semana pasada en un ámbito cotidiano. Nos olvidamos de Aylan (del que vimos en la imagen y de los miles que no entraron en la foto), nos olvidamos de las promesas, las que hicimos y las que nos hicieron; nos olvidamos de aquello que queríamos hacer y que por motivos insostenibles que, por otro lado, también hemos olvidado, no hicimos – ¿por qué no lo hicimos? ¿qué era? -, nos olvidamos o al menos yo me olvido de los proyectos que me auto propuse el treinta y uno de diciembre, y aún no terminamos abril. Nos olvidamos de pedir la cita con el médico, sigo teniendo ese dolor pero es que ahora todo va tan rápido, en fin, mañana llamo sin falta, repito mentalmente antes de olvidarme. Nos olvidamos de esa idea que parecía tan buena para un cuento y al final, ¿cómo era? Apuesto a que varios de nosotros se olvidaron, nos olvidamos de lo que aquel candidato dijo (o no dijo) que iba a hacer. Yo me olvido de llamar a mis padres para agradecerles que, con sus veintipocos -que ahora me parecen tan tiernos e inexpertos-, siempre fueron fieles a lo que creían y aún con todos sus errores intentaron, exitosamente, no darme ninguna educación religiosa; nos olvidamos de llamar a los abuelos que aún viven, nuestros abuelos o los abuelos de otros, para decirles que nos cuenten esa historia una vez más, que aquí estamos para escucharlos, porque nos olvidamos de que a veces se sienten olvidados, como el resto de nosotros, y que es bueno recordarles que no lo están.

Me queda esperar que no nos olvidemos de nosotros.

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Nicolás Fuster nació un martes en Buenos Aires. Se buscó en Argentina, el Reino Unido, Bélgica y Luxemburgo. Estudió música y trabajó en una librería. Tiene una relación extramatrimonial con la Literatura y es un lector desordenado. Actualmente estudia Relaciones Internacionales en Sapienza (Roma).

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