Foto: Daniel Mordzinski,

Con su nueva apuesta narrativa y el Premio Herralde conseguido por República luminosa (Anagrama), el escritor madrileño Andrés Barba no solo se consolida como una de las actuales plumas de referencia de la literatura en español, sino que también imprime un elevado nivel de exigencia a la literatura, a la que dota de nuevas fórmulas que revisitan con maestría el cruce de caminos entre géneros, ya sean ficción o no, para dotar a la obra en sí de una completa visión poliédrica. Esta nueva novela tiene mucho de Conrad y de su Corazón entre las tinieblas. Pero es al fin y al cabo la infancia y su presupuesta inocencia o no la que dirime finalmente el dilema que plantea Barba entre interrogantes alejando por completo cualquier respuesta moralizante o afán adoctrinador.

“Trato de irme lo más lejos posible, a un lugar en el que sea imposible repetirme”

 

Usted es un escritor tan versátil como imprevisible. Lo mismo escribe un cuento para niños que un concienzudo ensayo o una novela con reminiscencias a la conradiana El corazón de las tinieblas. ¿Le repele centrarse en un solo género literario o se le quedan pequeños los márgenes tradicionales al uso?

Gracias por el piropo. El cambio de género es más bien para poder hacer la transición de unos intereses a otros. Si cuando termino una novela me pongo directamente a escribir otra lo más normal es que me salga el mismo libro de nuevo pero con otros personajes, por eso trato de irme lo más lejos posible, a un lugar en el que sea imposible repetirme.

 

Regresa con República luminosa a la narrativa de ficción y ganando el prestigioso Herralde de Novela. Pocas obras suyas escapan a algún galardón. ¿Orgulloso o receloso por el camino recorrido ya entre premio y premio?

Siempre es un orgullo y una alegría ganar un premio, pero desde cada lado se viven las cosas de una manera distinta y a veces problemática. La gente tiene que entender también que cualquier persona que gana algo se ha tenido que merendar muchas humillaciones en privado, algunas muy poco memorables.

 

Estos niños de República luminosa, ¿cuánto tienen de Conrad, cuánto de Golding, cuánto de ¿Quién puede matar a un niño? Del inolvidable Narciso Ibáñez Serrador y cuánto de Barba o de cualquier otro insigne literato?

Este libro tiene mucho, muchísimo, de Conrad. Es un homenaje a él en muchas cosas, a su libertad de espíritu y a su forma de desplegar en contextos exóticos los episodios extraordinarios que ponen en compromiso la civilización. Pero también tiene mucho que ver con Los chicos terribles de Cocteau, o El niño criminal de Jean Genet o las niñas perversas de Fleur Jaeggy. Golding no me entusiasma demasiado, se le suelen ver demasiado las intenciones para mi gusto. No me agrada cuando el autor trata de marcarme con una flecha lo que está bien o mal moralmente.

“Este libro tiene mucho, muchísimo, de Conrad. Es un homenaje a él en muchas cosas”

 

¿Por qué ha querido o tenido que ambientar su novela en el clima tropical de San Cristóbal? ¿para aumentar la sensación de claustrofobia que irradia toda la historia?

San Cristobal –al igual que sucede con muchas historias de Conrad– es una ciudad de provincias tropical, pero también es un no-lugar. Por eso la sensación que irradia la historia es la de una fábula (aunque sin moraleja), es decir, un episodio que podría haber ocurrido en distintos momentos de la Historia y en muchas situaciones diversas. Me interesaba precisamente ese anonimato.

 

Además de escritor se prodiga en la traducción, sin miedo para abordar firmas de la talla de Herman Melville, Henry James, Joseph Conrad y Thomas De Quincey, quien precisamente le sirve de pseudónimo para presentarse a esta edición del Herralde. ¿Cualquier escritor es la suma de sus lecturas y filias literarias, o es mucho más que eso, poseer un don natural que brota sin mácula ni influencias?

No, un escritor es siempre mucho más que sus filias. Muchas veces las filias ni siquiera marcan tanto el estilo, son sólo eso, filias. A mí me entusiasma Thomas Bernhard y si tratara de escribir una novela como él me saldría cualquier cosa menos algo legible. También me entusiasma Clarice Lispector y me ocurre lo mismo. Y sin embargo me siento muy cerca estilísticamente de Conrad, de James, de Musil, de Tsvietaieva, y en esos casos sí se siente más su influencia.

Foto: Marc Llibre Roig.

 

Esos 32 niños deambulando por las calles de la ciudad abordando víctimas potenciales, ¿le sirven para exponer la idea de que la violencia no entiende de edades cuando el ser humano se ve forzado por las circunstancias?

Lo mejor de las buenas ideas narrativas es que no sirven necesariamente para “exponer” ideas, sino más bien para “emanarlas”. Cuando Kawabata escribió la hermosísima Casa de las bellas durmientes dijo algo bonito: que sabía que había creado una hermosa metáfora, pero que no sabía lo que significaba. Bueno, a mí me gustaría decir algo parecido.

“Un escritor es siempre mucho más que sus filias”

 

¿Qué ha querido buscar con el punto de vista elegido, el del testigo ocular que decide contar los hechos más de dos décadas después?

Me gusta la aproximación del cronista por lo que tiene de global. Genera la ilusión de la totalidad, de que al recopilar todas las voces que componen el discurso colectivo está generando algo cercano a esa ilusión imposible: dar cuenta de una visión poliédrica de un solo episodio.

 

Niños ‘salvajes’ imponiendo sus leyes en medio de una sociedad medianamente avanzada en plena selva tropical. ¿Un planteamiento apocalíptico que tiene algo de metafórico augurio?

Los niños de esta novela no son exactamente salvajes. Son salvajes, sí, para los habitantes de la ciudad, pero eso no significa que lo sean en sí mismos. Lo interesante de la novela es que queda claro que la comunidad infantil propone también otra idea de la civilización, quién sabe si tan válida como aquella que trata de aniquilarla.

“Este libro tiene mucho, muchísimo, de Conrad. Es un homenaje a él en muchas cosas”

 

¿Se le ha cruzado por la mente la posibilidad de que su San Cristóbal se convierta en su Macondo particular con marchamo de continuidad en otras entregas narrativas?

No. No lo veo muy improbable…

 

¿Y ahora qué: ensayo, literatura infantil y juvenil, relatos…?

Ah, eso no se cuenta, que da mal fario.

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