Miiiiiiiii, faaaaaaa, miiiiiiiii, faaaaaaa, miiii, faaaa, miiii, faaaa, mii, faa, mii, faa, mi, fa, mi, fa, mi, fa, mi, fa… Aquella segunda menor convertiría la película “Tiburón” en uno de los momentos más emblemáticos del cine. Esas dos notas separadas por tensos silencios que comenzaban poco a poco a disminuir su distancia hasta acabar dándose la mano de forma histriónica, conseguían poner en alerta al espectador ante el peligro inminente del susodicho animal. O aquella maravillosa melodía vocal en legato, “siiiii bemol, doooo, reeee, miiii bemol, faaaa”, que envolvía el mágico y emotivo mundo, creado por Tim Burton, donde Eduardo Manostijeras esculpía con hielo un ángel mientras los pedazos sobrantes caían sobre Kim como si fueran nieve. Estos, sumados a otra inmensidad de momentos míticos del cine que tendrán en mente, habrían sido, sin su música, más que diferentes.

Imaginen que están visualizando una escena sin sonido en la pantalla y una chica se levanta, camina hacia la ventana y se asoma a mirar, quedando su rostro en primer plano. Acompañen ese momento de una música misteriosa o terrorífica y seguramente se agarren al asiento con fuerza e intuyan que ella, de forma inmediata, va a echar a correr huyendo del peligro. Unan esa misma escena a un tema musical romántico y emotivo y disfruten de la calma que les transmite saber que, en los siguientes minutos, presenciarán un encuentro lleno de amor entre la chica y quien aparece tras esa ventana. O asocien la mirada de ella a una música melancólica y triste y podrán empatizar con el personaje y con sus recuerdos de un pasado añorado que nunca volverá. Una misma escena, acompañada de tres músicas diferentes, produce entendimientos más que alejados del contenido narrativo de la escena y es que la música dice, la música cuenta, sugiere y manipula nuestra percepción de la historia. Así John Williams hizo de Superman, a través de sus notas, un superhéroe poderoso dispuesto a luchar por el beneficio de la humanidad, y de E.T. una de las historias más conmovedoras sobre la amistad entre un niño y un extraterrestre que la gran pantalla haya mostrado al mundo.

La banda sonora de una película supone una herramienta poderosa de ambientación de escenas y es, en gran parte, responsable de la atmósfera que se crea a partir de las imágenes. La música puede transmitir ideas, sensaciones, puede transportar y manipular al espectador, traspasar su sensibilidad e incluso conseguir en él una transformación psicológica. Su uso consciente y deliberado en el momento exacto potenciará con creces el mensaje narrativo, pudiendo llegar a ser parte significativa de la historia e incluso protagonista en diferentes momentos de la cinta. Elementos como el heroísmo, la culpa, el deseo o la violencia, serán percibidos en mayor medida por el espectador mediante una música adecuada que acompañe la imagen, lográndose una unión de ambos elementos y la percepción de una sola estructura audiovisual.

La música puede recrear sonoramente el ambiente identitario de una localización o momento histórico, intensificar el sentido dramático de una escena o seguir la evolución psicológica de un personaje, evocar emociones que el diálogo y la imagen no son capaces de lograr por sí solos, acompasar el ritmo de una escena y contribuir a la creación de momentos de gran belleza que calarán hondo en la sensibilidad de quienes disfrutan desde sus butacas, mereciendo el “Leitmotiv” una especial mención por poseer la fuerza de recrear frecuentemente mediante pequeños motivos, como lo hizo el “mi-fa” de “Tiburón”, el anuncio de una situación que va a acontecer, la inquietud de un lugar o el carácter de un personaje. Éste y otros recursos fueron y son ampliamente utilizados por los compositores del cine pero, por supuesto, también otras muchas películas han prescindido del uso de partituras parcialmente o en su totalidad para lograr sus objetivos cinematográficos, demostrando que tan importante es la música que suena como el silencio musical.   

Con la frase “Esperen un momento, aún no han escuchado nada”, el actor Al Jolson, encarnando el personaje de Jakie Rabinowitz en “The Jazz Singer”, marcaba el paso del cine mudo al cine sonoro mediante la incorporación de algunos parlamentos que cambiarían la historia del cine para siempre. Las películas mudas se hicieron de manera masiva hasta aproximadamente 1931, formando parte la música en ellas de un acompañamiento del arte de la pantomima y pasando a constituirse, desde aquellas célebres palabras, en parte sustantiva del medio, a desarrollarse como un elemento narrativo añadido y fundamental de la historia. Terminaba así el trabajo de las orquestas que tocaban en vivo y de los intertítulos entre fotogramas, en lo que supondría el fin a toda una concepción sobre hacer cine, pasando Hollywood y el resto del mundo a remodelar sus estructuras para incluir en las plantillas directores musicales, técnicos de sonido y actores con una dicción trabajada.

Casi noventa años después, vemos el cine como un medio de comunicación y de entretenimiento capaz de hacer reflexionar sobre diferentes temas y en el que coexisten, entre otros, lenguaje oral y escrito, fotografía, vestuario y, por supuesto, la música como herramientas que conducen el hilo narrativo. La incorporación de la música como parte protagonista con el paso al cine sonoro permitió la democratización del acceso a grandes compositores de la historia, como Bach, Barber o Beethoven, la posibilidad de descubrir diferentes estilos y tendencias musicales por parte del público en general quizá menos afines a sus costumbres y el nacimiento de brillantes creadores de música para películas como el citado John Williams, Ennio Morricone, Danny Elfman, James Horner o Hans Zimmer entre otros muchos, lo que fundamenta nuestra necesaria toma de conciencia como espectadores de la gran pantalla de que el cine no solo es un medio para ser visto, sino también, como parte fundamental, para ser escuchado.

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