Así lo entendí yo:

Tomar la hegemonía mediante la apropiación de unos conceptos que sean entendidos por la mayoría como “de sentido común”, y mostrarse como el representante de esas “ideas mayoritarias” o “de consenso” es la estrategia que propone Gramsci –pensador ahora tan interpelado– para alcanzar el poder. La hegemonía busca alcanzar el poder mediante una legitimación más allá de las urnas; la dominación, sin embargo, es ostentar el poder mediante el uso de la coerción, de la represión, etc. Y cuando esto sucede se dice que hay una “crisis de régimen”.

Es honesto intelectualmente que una formación política explique desde qué presupuestos teóricos quiere alcanzar el poder; del mismo modo que podemos afirmar que –como poco– es honesto avisar al enemigo de la hora en la que se atacará su retaguardia. Porque, de este asunto, de cuál es “su estrategia” para alcanzar el poder ningún otro partido dice nada o casi nada, excepto los gramscianos.

El resto pasa de la abstención técnica a la técnica de la abstención, del mismo modo que se pasa del plasma a la bandera o de desafinar Mediterráneo en campaña a los liberales de Cádiz. Tanto da.

Según Gramsci, hay una fase denominada guerra de posiciones, y para esto el propio PP es tan gramsciano como Podemos. Todos pugnan por “imponer su relato”, por adueñarse de esos conceptos “del sentido común”, por crear el sustrato informativo-cultural-ideológico de una “verdad” sobre cada asunto que salta o “se lanza” sobre la palestra, creando esa verdad “mediante la mentira más eficiente” si se prefiere hacer una lectura desde el especticismo. “Construir el relato” que ahora se dice.

Es un belicismo hermenéutico del que nadie se libra. Twitter está jugando constantemente conceptos. Los platós de televisión son el ruedo donde también se pelean esos conceptos y Gramsci se erige finalmente como el nuevo Valerio Lazarov. El pensador italiano está vigente y su efectividad en nuestra realidad política es palmaria.

Veamos un par de ejemplos de estos conceptos comenzando por la noción de “caridad” desde presupuestos neoliberales.

La prueba más evidente de ello es el hundimiento de la socialdemocracia española y su “klientelar politik” en la que se reconoce a los iguales “no como ciudadanos de pleno derecho y, por tanto, soberanos sino sólo como meros clientes”. El que “se queda atrás” y “necesita ayuda para no quedarse fuera”, el “dependiente”, el subordinado, el que flojea… En definitiva, este “sujeto” ha sido creado y mostrado como un cliente por parte del “social-liberalismo” por las razones que más adelante se explicarán. Un cliente que pagará con votos. Caridad a cambio de oraciones. Como si la soberanía popular no fuera más que el rito sagrado de ir a votar cada cuatro años vestidos de domingo, comulgar previa exposición del DNI y para casa… Por otra parte “este sujeto”, el que “se queda atrás”, el “que no llega” ha sido entendido, no como un cliente, sino como un mero excedente desde las tesis neoliberales. Si les suena duro mi comentario añadan a la palabra excedentes una gran Obra Social con yedra trepadora.

Esto diferencia a unos y a otros. La democracia española se ha caracterizado por limitar todas las opciones posibles a elegir entre ser clientes o ser excedentes.

Sin embargo, en esa pugna por el poder ambos actores han mirado desde el mismo y deshumanizado prisma el concepto de “caridad”. El clientelismo que nos ha legado el PSOE (y adláteres) es el “rompan filas” para una sociedad que precisa defenderse, que “se merece” defenderse y que aún no se lo reconoce a sí misma. Hoy en día lo paran a uno por la calle y le dicen que es “soberano de algo” y le suena a chino. Por contra, la pregunta de ser clientes de lo que sea es mucho más habitual. Y así se impone la demoscopia del “votaré al estado que me haga más favores, aquél que me plantee la mejor oferta”, cuando esos “favores” y esas “ofertas” no son más que derechos y, por tanto, ya nos pertenecen de antemano.

Ahí es donde está el demonio.

“Los clientes nos harán soberanos” es el lema de la Klientelar Politik.

Otro concepto en liza es el de “corrupción”, tal vez más preocupante. La evidencia de la corrupción se ha ido diluyendo, en nuestros oídos, como la música de un centro comercial. Al tiempo que se vuelve imperceptible de puro empacho vamos dejando de escucharla aunque siga ahí, más virulenta que nunca. El “relato” que se está imponiendo, mal que nos pese, es el consabido “todos son iguales” que es el que más ha interesado siempre a la derecha. El “río de mierda”. La generalización que auxilia y oculta al polizonte. Así se impone la paradoja de que sea la aguja quien se invente el pajar, o dicho de otro modo: que la aguja sea quien se construya un pajar de infoxicación a su medida para protegerse. Y lo más triste es que no hay una aguja precisamente; hay toda una mercería que nos atraviesa la piel con indolora acupuntura.

Sin embargo, la retirada del programa de Carlos Herrera por raquíticas audiencias y las dificultades económicas de cierta prensa “de papel y parte” es motivo de esperanza. Al menos podemos sonreírnos y afirmar que ciertos esfuerzos “adoctrinadores” salen cada vez menos rentables.

 

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Julio Fuentes González nació en Linares, Jaén, en 1976. Es licenciado en filología hispánica por la Universidad de Córdoba y ha publicado relatos en diversas revistas literarias. En el año 2000 publicó Una cucharilla partida por el agua en la editorial Círculo de Lectores, en volumen conjunto con la obra Manaos de Alberto Vázquez-Figueroa, siendo seleccionado para este proyecto de la mano de Sergio Gaspar y Silvia Sesé. Es técnico superior en prevención de riesgos laborales y ha desarrollado una intensa actividad sindical. En la actualidad está finalizando Perímetro Flexible, su primera novela.

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