Hay algo mágico en la literatura de este escritor que aún se refleja en los pensamientos perdidos de cualquier lector de John Cheever a cada instante de soledad frente al mar o mirando los destellos dorados del agua de una piscina en verano. Nadie puede dejar de saborear ese poso de melancolía, desencanto y luz al final del túnel que el escritor estadounidense destila en todas y cada una de sus historias, pero muy especialmente en sus relatos cortos.

“Guardar estas cartas es como intentar preservar un beso”, decía Cheever para intentar convencer a sus remitentes de que se deshicieran de ellas

El comienzo del relato El nadador –¿quién puede dejar de recordar aquellos memorables chapuzones/bofetones de Burt Lancaster en las piscinas de las afueras de Connecticut?– no deja de poner los pelos de punta a cualquier persona que no tenga inoculada la vacuna de la indiferencia. “Era uno de esos domingos de mediados de verano en que todo el mundo repite: “Anoche bebí demasiado”. Lo susurraban los feligreses al salir de la iglesia, se oía de labios del mismo párroco mientras se despojaba de la sotana en la sacristía, así como en los campos de golf y en las pistas de tenis, y también en la reserva natural donde el jefe del grupo Audubon sufría los efectos de una terrible resaca”. Maravilloso, sin duda.

Ahora, todos los seguidores de este escritor nacido en Quincy, Massachusetts, en 1912 y fallecido en Nueva York en 1982 tienen una oportunidad de oro de volver a disfrutar con la luminosidad que desprenden unos relatos tan inquietantes como sombríos, incluso sádicos, y otras veces enternecedores y revitalizantes, como recalca el escritor y crítico literario Rodrigo Fresán en el epílogo preparado para la edición de sus Cuentos que acaba de publicar Literatura Random House. “Hágase la luz. Pero también, al mismo tiempo, háganse las sombras”, comienza Fresán su texto, quien recuerda que este volumen no recoge la totalidad de la narrativa corta del autor de El escándalo de los Wapshot, Bullet Park o Falconer.

Otras 68 historias existen descatalogadas o desperdigadas en revistas y antologías. Pero las aquí contenidas dan buena muestra de la personalidad, estilo y fuerza narrativa de uno de los más grandes escritores estadounidenses del pasado siglo XX. Sirva de muestra del caudal imparable que simboliza su figura sus primeras palabras de presentación en 1977 durante una conferencia de escritores en la capital búlgara, Sofía, en plena guerra fría. “No represento a clase alguna, ni a partido, grupo étnico, minoría o sindicato. Soy simplemente John Cheever, y puedo decir lo que se me antoje”. Ni más ni menos.

Vivió acribillado por su adicción al alcohol y abrumado por sus fantasmas nunca aceptados, como su bisexualidad reprimida

Coincidiendo con esta publicación, Literatura Random House publica al fin las Cartas del escritor, recopiladas durante años por su hijo Benjamin, quien expresa unas elogiosas y sinceras palabras sobre su padre: “Estas cartas las escribió un hombre extraordinario, y lo extraordinario de mi padre no fueron su crueldad ni sus defectos, sino su alegría y su talento para transmitir dicha alegría a quienes le rodeaban”. Desde su publicación en Estados Unidos seis años después de la muerte del escritor, esta correspondencia aún no se había traducido al español.

Burt Lancaster, en una escena de El nadador.

Cheever fue tan prolífico como descuidado a la hora de conservar la correspondencia que mantenía prácticamente a diario con amigos, familiares, amantes y otros escritores tan totémicos como él mismo, como son Philip Roth, John Updike o Saul Bellow. Sólo una incansable labor de recopilación de su hijo llamando puerta a puerta a los remitentes de sus misivas logró que se recapitularan estas epístolas, documentos de valor incalculable para calibrar la personalidad de un escritor que vivió acribillado por su adicción al alcohol y abrumado por sus fantasmas nunca aceptados, como por ejemplo su bisexualidad reprimida por imperativo social. “Guardar estas cartas es como intentar preservar un beso”, decía Cheever para intentar convencer a sus remitentes de que se deshicieran de ellas. No lo consiguió, afortunadamente.

El escritor, junto a su hijo Benjamin.

El hijo de Cheever recuerda que estas misivas reconocen el amor que la gente a la que escribió sentía por él. “Si la inmortalidad puede hallarse en los recuerdos de las personas a las que queremos, mi padre sigue tan vivo hoy como cuando llegó chillando a este mundo el 27 de mayo de 1912”. Benjamin Cheever siempre tuvo presente al abordar la inclasificable dualidad de su padre en todos los aspectos de la vida que “a la gente a quien uno quiere hay que aceptarla tal como es”. Es lo que siempre hacía cuando su progenitor lo esperaba con ganas de charla con un vaso de ginebra y un cigarrillo apoyado sobre su sillón amarillo situado al lado de la chimenea del comedor del hogar familiar.

Con aquellos chillidos de mayo de 1912 comenzó todo. Después llegaron los chapuzones de inigualable literatura que casi cuatro décadas después de su muerte siguen regalándose millones de lectores y fieles admiradores en todo el mundo. Y las preguntas siguen brillando sobre los destellos de las piscinas y las olas del mar.

Cuentos
John Cheever
Literatura Random House
880 páginas
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Cartas
John Cheever
Literatura Random House
432 páginas
22,90 €

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