Érase una vez un lugar recóndito donde no es posible llegar de ninguna forma humana posible, ni siquiera montado en trineo tirado por perros. Tampoco lo hallaremos a 30 grados bajo cero ni repleto de peligros en cada esquina. Ese lugar inaccesible también es inmarcesible ad eternum. Ese lugar no es otro que la infancia, el paraíso perdido que se recobra cada vez que hacemos de la literatura nuestra isla del tesoro. En la delimitación geográfica y virtual de este lugar mágico ha tenido un lugar principal para las últimas generaciones de lectores en el último siglo un escritor que vivió y murió deprisa. Tan rápido que a los 40 años ya había hecho de todo lo que a otros les costaría al menos tres vidas poder emular.

London vivió y murió deprisa. Tan rápido que a los 40 años ya había hecho de todo lo que a otros les costaría al menos tres vidas poder emular

El supuesto nombre original de nuestro protagonista, John Griffith Chaney, es sólo presunto, como tantas cosas en su azarosa y fulgurante existencia. Jack London nació en el San Francisco de 1876, la ciudad californiana emergente que miraba día y noche al norte en busca de un maná muy especial llamado oro, que supuestamente brillaba a espuertas a lo lejos, allá en Alaska. También en California, pero en la pequeñísima localidad de Glen Ellen, murió con apenas 40 años víctima de uremia.

Su nombre brillará para siempre como icono del perfecto aventurero, de un hombre que hizo de la pasión por lo desconocido un modo de vida que terminó plasmando en una obra espectacular, intensa y referente universal de la literatura de aventuras. Autor de las conocidísimas novelas La llamada de lo salvaje, El lobo de mar, Colmillo blanco, Martin Eder, La peste escarlata o El vagabundo de las estrellas, escritas todas ellas entre 1903 y 1915, cuando apenas era un veinteañero ansioso de épica y aventuras, destacó también en el relato corto.

Es precisamente en este subgénero narrativo en el que la editorial Reino de Cordelia y su editor, Jesús Egido, han puesto todo su empeño para culminar con éxito un proyecto ingente: publicar en tres tomos los Cuentos completos de London. Escribió 197 relatos en total y hasta ahora las ediciones que se habían presentado en español eran deslavazadas, con traducciones más que mejorables e incompletas.

Reino de Cordelia pondrá fin a esta deficiencia crónica y los lectores en español saldarán definitivamente su deuda con el genio de la literatura de aventuras. La edición de Reino de Cordelia parte de una investigación de la Universidad de Stanford, que ha catalogado y recopilado cronológicamente por primera vez todos sus cuentos, 36 de ellos inéditos hasta ahora.

El primer tomo que ha visto la luz recientemente, con una nueva traducción íntegra especial para esta edición de Susana Carral, recoge los 87 relatos escritos entre 1893 y 1902, cuando London era un adolescente con la cabeza llena de pajaritos y un afán desmedido por descubrir mundos nuevos. Fue durante esos años cuando con 17 primaveras se embarcó como marinero con destino a Japón en la goleta Sophia Sutherland, que recaló después en Alaska, donde el joven escritor estuvo a punto de perecer en busca del maná de la época, el oro, a orillas del río Klondike, que tanto protagonismo tuvo en muchas de sus historias literarias.

London fundía como nadie la trama de aventuras con la instrospección psicológica de sus personajes, aliñado con una fuerte carga épica. Unos ingredientes que cambiaron para siempre el discurso narrativo de los escritores estadounidenses que le siguieron, como los integrantes de la Generación Perdida, con Steinbeck, Hemingway o Dos Passos a la cabeza, y también de otros coetáneos europeos como Orwell, Huxley, Somerset Maugham.

Como recuerda Egido en el prólogo del primer tomo de sus Cuentos completos, de los 197 relatos, 161 de ellos proceden de los 20 volúmenes de narrativa corta publicados durante toda la existencia de su autor y en los seis años siguientes a su muerte en 1916. Por tanto, se presupone que el propio London los corrigió. Apremiado en su juventud por la necesidad de dinero, el escritor no pudo controlar ni supervisar la mayoría de las historias que publicaba en revistas por entregas. Cobrar estaba por encima de poner el grito en el cielo por ver un título cambiado indiscriminadamente, o su relato cortado vilmente y sin contemplaciones o mutilado sin consideración para ajustarse al espacio de la publicación de turno.

Egido sentencia: “La aparición de London en medio de aquel ambiente literario adocenado fue como una bofetada, como un huracán entrando por la rendija abierta en una ventana”.

En definitiva, desde 1916 que dejó este mundo prematuramente ya nada volvió a ser igual para la literatura anglosajona que estaba por llegar.

Cuentos completos I (1893-1902)
Jack London
Traducción de Susana Carral
824 páginas
36,95 €

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