A finales del año pasado, al oeste de Argentina, fue descubierto un nuevo y putrefacto averno, una muestra más de que el infierno es más terrenal que otra cosa, que el ser humano es el gran depredador y monstruo del propio ser humano, y una vez más que los niños son sus víctimas preferidas, en este caso los niños del Provolo de Mendoza.

En dicho Instituto, un centro para niños sordos con la condición social de pobreza extrema, una monja elegía a niños y niñas en función de su debilidad, los golpeaba en repetidas ocasiones y repetidas veces, y así probaba su capacidad de resistencia. Los que se rebelaban y se resistían se salvaban, los otros eran entregados a los curas para que cometieran con ellos todo tipo de abusos sexuales, todo tipo de vejaciones y violaciones. Ahora, en su segunda declaración, dicha monja ha indicado que “los niños mienten, que todo es fantasía”. Y en ello incluye, por ejemplo, a la adolescente que denuncia que fue encadenada y sufrió abusos sexuales por cuatro personas al mismo tiempo. Indica que los niños mienten cuando dicen que eran obligados a consumir pornografía y a tocarse entre ellos, bajo amenazas de ser expulsados, y con la seguridad de que muchos de esos niños elegidos no podían comunicarse con sus familiares, pues desconocían o tenía poco conocimiento del lenguaje de signos. Indica que es fantasía, de igual manera, a la niña que en una ocasión tuvo que colocarle un pañal para que quedara oculta ante los demás adolescentes la hemorragia que sufría debido a las violaciones.

La mayoría de estos abusos sexuales sucedían, según afirmaciones de los denunciantes, en un altillo al que llamaban “la casita de Dios”. La hipocresía se alió con el poder de creerse por encima de todo, de que ellos dan validez o niegan el rigor de toda conducta, trazan la línea divisoria, la alargan o la acortan en función de sus necesidades obscenas.

La manipulación y el terror infundado e incrustado en las mentes y las actitudes de los niños hicieron que muchos de ellos se autolesionaran, intentarán suicidarse, y aún hoy, mientras los culpables se encuentran entre rejas, han manifestado que en el caso de que los dejen libres, se suicidarán. El infierno es terrenal y quien rige y organiza, tridente en mano, es el ser humano.

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Escritor. En el 2003 publica el entrevero literario “El dilema de la vida insinúa una alarma infinita”, donde excomulga la muerte a través de relatos cortos y poemas, todas las muertes, la muerte del instante, la del cuerpo y la de la mente. Dos años más tarde, en 2005, sale a la luz su primera novela, “El albur de los átomos”. En ella arrastra al lector a un mundo irracional de casualidades y coincidencias a través de sus personajes, donde la duda increpa y aturde sobre si en verdad somos dueños de los instantes de nuestra vida, o los acontecimientos poco a poco van mudando nuestro lugar hasta procurarnos otro. En 2011 publica su segunda novela, “Historia de una fotografía”, donde viaja al interior del ser humano, se sumerge y explora los espacios físicos y morales a lo largo de un relato dividido en tres bloques. El hombre es el enemigo del propio hombre, y la vida la única posibilidad, todo se articula en base a esta idea. A partir de estas fechas comienza a colaborar con artículos de opinión en diferentes periódicos y revistas, en algunos casos de manera esporádica y en otros de forma periódica. “Vieja melodía del mundo”, es su tercera novela, publicada en 2013, y traza a través de la hecatombe de sucesos que van originándose en los miembros de una familia a lo largo de mediados y finales del siglo XX, la ruindad del ser humano. La envidia y los celos son una discapacidad intelectual de nuestra especie, indica el autor en una entrevista concedida a Onda Radio Madrid. “La ciudad de Aletheia” es su nuevo proyecto literario, en el cual ha trabajado en los últimos cuatro años. Una novela que reflexiona sobre la actualidad social, sobre la condición humana y sobre el actual asentamiento de la especie humana: la ciudad. Todo ello narrado a través de la realidad que atropella a los personajes.

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