En una esquina, con calzón blanco, el actual campeón del mundo, ¡El Diablo! ¡Lewis Hamilton! En la otra, su gran rival por el título, con calzón rojo, ¡El Gran Impotente! ¡Sebastian Vettel!

Una mano de Vettel alcanza el mentón de Hamilton en la primera recta infinita de la carrera que se celebra en el Templo de Sochi, pero el campeón del mundo encaja el golpe sin problemas, arma su defensa y deja a Sebastian Vettel a la distancia que le conviene.

Vettel se mantiene quince vueltas, quince asaltos, saltando aún amenazador tan cerca como puede del luchador del calzón blanco. Y entonces ¡suena la campana! ¡Cambio de ruedas! La Ferrari esta vez es más hábil que la Mercedes. La mano de Vettel no necesita tocar a Hamilton para desequilibrarlo, trastabillea y ve como su rival lo adelanta, ¡y los ojos se le llenan de llamas y deseos de venganza!

Se acerca Hamilton a Vettel. Vettel lo bloquea con un golpe bajo. ¡Cómete esa!

¡Árbitro!

Pero el árbitro no dice nada, es parte del combate, un lance de carrera. Y Hamilton, que es el diablo, se enciende por dentro hasta el límite y comienza a cargar la mano. Toda su fuerza, toda su energía en su imparable derecha. Lanza el coche hacia la derecha. Lanza su mano derecha. El hombre del calzón rojo no sabe como cubrirse, no es lo bastante rápido, pero cree que ha logrado esquivar el golpe. No sabe que la mano ha previsto su próximo movimiento, que la siguiente curva es hacia la derecha, y Hamilton va a adelantarlo; Hamilton va a clavarle un derechazo terrible e inolvidable en el hígado a Sebastian Vettel.

Es definitivo, ya no podrá, el hombre del calzón rojo, recuperar el aliento.

El hombre del calzón blanco se refugia tras su sparring o escudero, son largos los combates a sesenta vueltas y montados en un coche de carrera. Ya no hay emoción ni lucha, sólo estrategia y cabezas frías. El resultado del combate está cantado. Quien haya apostado por Hamilton gana, quien lo haya hecho por Vettel, o incluso los ingenuos que creyeron en Bottas, pierden.

Y en los otros cuadriláteros de Sochi, el magnífico, antaño campeón del mundo, probablemente el mejor fajador de todos los tiempos, Fernando Alonso, hace manos contra el aire, igual que Carlos Sainz, su compatriota.

Esteban Ocon gana a los puntos a Sergio Pérez.

Max Verstappen noquea a cuantos se le ponen a tiro, del brazo izquierdo o del derecho, pero no está en condiciones de ser el rey de la fiesta. Tampoco Daniel Ricciardo. Sólo Leclerq sale con el rostro intacto y sus posibilidades de futuro haciendo salivar a los que le han comprado para el papel de segundo boxeador, que puede llegar a ser realmente el primero, en la temporada que viene.

Suenan himnos en Sochi. Acaba la fiesta. Quizá Sebastian Vettel no logre jamás superar el incontestable derechazo de Hamilton; un hígado destrozado no se recupera fácilmente. ¿Llegarán a despedirle? El Gran Fajador Alonso ya está oficialmente retirado, pero el futuro siempre puede deparar sorpresas.

Dentro de siete días en Japón las almas volverán a mezclarse con las máquinas y oiremos de nuevo el sonido de las bestias.

 

Tigre tigre.

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