(para Fernando Tizón,

que estuvo conmigo en la noche de Halloween en Mad Madrid)

Nunca tengo verdadera intención, realmente no la tengo, aunque todos los años lo pienso y se lo digo a alguien, a quien tenga más cerca: esta noche de Halloween voy a salir a hacer a ver a la gente disfrazada: tocando con su magia la ciudad para librarla del aburrimiento cotidiano. Lo pienso, lo digo, pero no lo hago, siempre acaba dándome pereza y además, al ser festivo al día siguiente, mi pequeña familia se acuesta tarde y mi soledad nocturna habitual se demora.

Pero sucedió que estoy preparando material para una exhibición literaria en este, mi más amado periódico, y a partir del 1 de diciembre, durante 77 días voy a escribir un nuevo cuento o relato literario: La Suite del Cazador, como un eco de aquella vez que escribí un cuento al día durante todos los días de un año: El Año del Cazador. Así que, mientras se acerca la fecha en la que comenzará el desafío, todas las noches salgo a pensar y tomar notas, casi siempre de voz, buscando temas y estrategias de trabajo. Se acostó mi mujer, mi hijo está en Canadá, y salí a caminar: suelo hacerlo en paralelo a las vías del tren, en dirección a Atocha, solos la ciudad, los trenes y yo.

Entonces recordé que me quedaban cero viajes en la tarjeta de transporte. La boca del metro de Pacífico no estaba lejos e igual me daba encaminarme hacia un sitio que a otro. Pacífico.

Era medianoche. Era Mad Madrid. Y además era Halloween, y yo llevaba mi cámara en el bolsillo.

Estaba bailando con la máquina-robot en la estación, escuchando sus órdenes para recargar la tarjeta, cuando vi pasar a una momia. Le sonreí y la momia me miró como si no me viera, como si continuase en su propio mundo y no le interesase tener relación con el mío. Me giré para recoger el recibo y una risotada terrible y estremecedora me obligó a volverme de nuevo: el demonio, el mismísimo demonio, seguido de una monja y de una caterva de chicas con las caras llenas de cicatrices horribles. No, me dije, yo sólo he venido a recargar mi tarjeta. El año que viene sí, el año que viene buscaré un sitio interesante y me pasaré la noche haciendo fotos. Pero hoy de ningún modo pienso meterme en el metro; es muy tarde ya.

La risa terrible y estremecedora del diablo resonó otra vez, y entonces la voluntad me abandonó y ya no pude resistirme, como si fuera un niño o una rata hipnotizado por la música del flautista de Hamelín: corrí tras ellos, tras el belcebú, la monja y las chicas de cicatrices escalofriantes. Al cabo tenía la tarjeta de transporte en la mano y no había por qué dudar.

Ya en el andén de la estación el espectáculo seguía y era impagable, aunque satán y su cohorte acababan de ser engullidos por el tren que iba en dirección contraria. Faltaban nueve minutos para que llegara el mío, ¿y qué? Había muchas cosas que se podían hacer. Comenzaron a brillarme los ojos. No podía contenerme, no podía evitarlo. Me acerqué a dos chicas que estaban sentadas en un banco, con maquillajes fantásticos, y les pedí permiso para hacerles una foto, pero…

-Ya que estamos ¿os importa que os dirija?

Me dijeron que sí y así comenzó el baile: ¿puedo hacerte una foto? Sí, claro que sí. Una y otra vez. Largos y deliciosos minutos que pasaban rápidos como segundos, moviéndome, mezclándome con todo el mundo primero en los vagones del metro y luego en los pasillos de los vestíbulos de la estación. Hasta que una fuerza irresistible me hizo correr escaleras arribas para ver qué estaba sucediendo en la plaza que hace de ombliguito a Mad Madrid: la Puerta del Sol.

La sensación de vida de alegría y de fiesta era desbordante y contagiosa. Parecía imposible tanta felicidad y aflojo en una ciudad tan dura y complicada, azotada sin pausa por los caprichos del político de turno en el ayuntamiento, por los discursos agoreros que nos lanzan desde los medios y las amenazas del dinero contra la población: vuelve otra crisis y os vamos a estrangular y estrangular, hasta que respirar sea vuestra única y verdadera aspiración y deseo. Pero allí estaba el mundo entero, un pequeño mundo entero, feliz, completamente feliz, en la Puerta del Sol, en Mad Madrid.

Hice más fotos, hablé con montones de personas disfrazadas y sin disfrazar. Saboreé el ambiente, me bebí la noche y nadé en su alegría. Los ojos me brillaban tanto que las ánimas bailarinas que habían salido a celebrar la Noche de los Muertos me miraban sorprendidas, incapaces de evitar una sonrisa de ultratumba.

Era la noche de Halloween, y yo -como todas las personas y ánimas con las que me crucé- fui feliz. En Mad Madrid.

 

(mecanografía: Lolita FM)

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