México está por experimentar lo que la teoría gramsciana denominaría la “toma del poder precedida por el cambio en la mentalidad de las personas” después de vivir en un país cuyos gobernantes tienen “una codicia insaciable de ordeñar a sus semejantes, de arrancarles lo poco que hayan podido ahorrar con sus privaciones”.

Después de décadas de asalto al bolsillo popular mediante promesas de progreso sin arribo, en donde “decir la verdad [no había sido] revolucionario” sino signo de ideas atrasadas y peligrosas; un hombre que es “todo espíritu, o sea, creación histórica, y no naturaleza” ha conseguido fundado en su tenacidad hacer valer esa máxima escrita hace casi cien años por Antonio Gramsci entre buena parte de los mexicanos: “decir la verdad es revolucionario”; y además, vista la realidad, coincidimos con ésa verdad.

Una vez que buena parte del pueblo está desasiéndose de esos “prejuicios y tabúes” impuestos por la decadente clase dominante, viene el reacomodo de las estructuras para consolidar al nuevo bloque histórico mexicano.

Como lo mencionó Alberto Vanegas, el nuevo PRI desplazó a la estructuras tradicionales del priismo imponiendo a una nueva clase tecnócrata y frívola al frente, cuyo candidato de escritorio nunca levantará; el PAN, perdió su esencia ideológica aliándose a un partido nacido en la izquierda que junto con el panismo perdió lo poco que pudiera aún mantener con el resultado de poco para muy pocos.

Y con los millones de maestros, empresarios, intelectuales, militantes de izquierda y de derecha, líderes de opinión, organizaciones campesinas y sociales, que cada día se adhieren al movimiento de Andrés Manuel López Obrador, se está creando una nueva mayoría.

A treinta años de que el pragmatismo decretó el fin de las ideologías y se preparó para fijar una hegemonía cultural centenaria que hasta hace una década parecía imbatible; el último lustro ha conseguido darle una vuelta de tuerca a varias realidades nacionales proponiéndose concepciones en la derecha y en la izquierda en Inglaterra, Grecia, España y hasta en los Estados Unidos, por citar los más relevantes.

Dentro de ése escenario global estamos por arribar oportunamente a la lista de naciones que recientemente han experimentado el tránsito del efímero y letal pragmatismo, a reconsiderar como eje rector el situarse desde una determinada visión de lo público y lo privado en el ejercicio de la acción pública.

Antes de eso, debemos concluir con el régimen de violencia y corrupción que conforma a la actual estructura socioeconómica y la superestructura jurídico-política del bloque histórico, que contra su voluntad, se despide.

Y ése es el ambicioso planteamiento de Andrés Manuel que desde ahora está desarrollando: enterrar al bloque histórico actual cambiándolo por uno novedoso que no contenga las características dañinas y hasta letales del saliente.

De otra manera, sin ésa suma variopinta de hombres y mujeres continuando con sus convicciones unos, cambiándola para el bien nacional otros, es posible imaginar la consolidación de un proyecto que no sólo lleve al poder presidencial a una persona; sino que ésta persona esté en condiciones de generar un cambio verdadero en un entorno tan complejo que ocupa dar un vuelco total a lo existente.

De otro modo sólo podría aspirar a ser un nuevo jefe del Estado mexicano supeditado, en la concepción del sociólogo italiano, a las jerarquías dominantes.

Ahí encuentra explicación que los pensadores de la política nacional no alcancen a atinar lo que viene ocurriendo desde hace un par de años dentro de ése fenomenal partido político llamado Morena, al que le han decretado su estancamiento en cada encuesta publicada una y otra vez para sólo repetir el error en la siguiente.

Que no acepten la llegada de actores diversos como algo no sólo natural sino necesario para el apuntalamiento del nuevo bloque y no sólo de un ineludible triunfo electoral.

Así se entiende, desde el concepto del nuevo bloque histórico de Gramsci, porque aquéllos apelmazados se quedan en sus ideas de ataques iracundos y fatuos al precandidato presidencial y su movimiento y no pueden concebir la movilidad política producto del cambio en los pensamientos populares que estamos atravesando.

 

Si con el sexenio el objetivo es cumplido y contrario a Lenin se logra imponer no una clase sobre otra sino la suposición de un Estado neutral utilizable por cualquier clase, habremos entonces arribado lo más posible que pueda un Estado, a ser democrático.

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?
Compartir
Artículo anteriorMadrid, capital Shangay
Artículo siguienteObstaculización crónica del voto exterior, o como negar un derecho fundamental en democracia
Conferencista, participante y delegado en múltiples eventos internacionales en Azerbaiyán, Francia, Argentina, Cuba, Costa Rica, El Salvador, Nicaragua, Panamá, Venezuela, Colombia, Ecuador, República Dominicana, Perú y Brasil. Escribo en Milenio Diario y asesoré a los secretarios de gobierno de Puebla y de la Ciudad de México. Soy el único mexicano que ha presidido la Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina y el Caribe, en su apartado juvenil (COPPPAL-Juvenil). Egresé de la Facultad de Derecho de la UNAM y me he especializado en derecho electoral. A los 27 años competí por una diputación local en Puebla. Actualmente estoy convencido de la regeneración nacional en MORENA, y trabajo para ello, en Huauchinango, Puebla, donde nací.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

trece − 11 =