Juan Carlos Monedero, en su libro “Curso urgente de política para gente decente”, y Jorge Riechmann, en su magnífico libro -que sin duda ya ha adquirido la categoría de clásico- “Fracasar mejor”, recogen a menudo el concepto de “decencia común”, de common decency del que habla Orwell y del que habló en más de una ocasión Isaiah Berlin como la necesidad de garantizar una sociedad decente, aunque sea imposible acercarnos a ideales de justicia absoluta.

¿Y qué es una sociedad decente? ¿Quiénes son la “gente decente”? Son sin duda los que sitúan en el centro del tablero no su egocentrismo, son los que sitúan en el centro del debate y de su preocupación, y de forma real y sincera, a la gente que lo pasa mal, a las personas que están en paro, a las personas que ven por ejemplo en esta España nuestra que sus hijos no pueden estudiar o pasan hambre, a los que apenas pueden pagar la luz y no pueden encender la calefacción. Son principalmente esas mismas personas que padecen todo ello. ¿Y quiénes no son esa gente decente? No lo son, en primer lugar, los que perpetran desde las instituciones, desde los círculos del poder económico y político, ese sufrimiento sistemático del que hemos hablado; no lo son esos pijos, con y sin gomina, esos fachas sin correajes, satisfechos de sí mismos y sin ningún complejo ante el dolor ajeno. No son aquellos que corrompen y se corrompen, y tampoco los indiferentes y melifluos. Pero tampoco forman parte de la gente decente, que nadie se engañe, esos “gafapastas” que han hecho de la estética de izquierdas una bandera pero no de la ética; son esos que desprecian y pontifican. Esos tampoco lo son.

Y alrededor de todo esto, conviene recordar la metáfora que cuenta Riechmann en su libro, la fábula de Betinho: “…el bosque está en llamas. Los animales huyen despavoridos, los grandes animales. Pero un colibrí desciende a un arroyo, toma una gota de agua en el buche, vuela contra el muro de las llamas y la deja caer allí. Los demás animales le reprochan su temeridad y le dicen que, además, una gota de agua contra tan gran incendio no servirá de nada. El colibrí les responde: yo ya he hecho mi parte, y voy a seguir haciéndola”. Es por ello, por lo que la gente decente debe, debemos seguir el ejemplo del colibrí. Sólo de esta forma tendremos una sociedad decente. Sólo así valdrá la pena lo que se pueda construir, sólo de esta manera será absolutamente imposible fracasar.

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