Decía Salvador Allende que ‘la historia es nuestra y la hacen los pueblos’, y es cierto, pero no menos cierto es que mejor la hacen cuando tienen liderazgo que ayudan en la guía para conseguir la obtención del objetivo.

No hubiera sido igual la Sudáfrica post apartheid si el líder no hubiera sido Nelson Mandela, no hubiera sido igual la vía chilena al socialismo si el líder no hubiera sido el propio Salvador Allende, y no hubiera sido igual la transición democrática Argentina si el líder no hubiera sido Raúl Alfonsín.

Por eso es trascendental quien asume el papel de capitán del navío en medio de la tormenta, y está claro que Carles Puigdemont no ha sabido ser el capitán que la nave catalana necesitaba, porque como canta Víctor Jara, ha demostrado que ‘no es na’ ni chicha ni limoná’

El President de la Generalitat se quedó a mitad de camino, y como cuando se cruza un río, es la peor decisión que se puede tomar. A los ojos de muchos españoles es quien declaró la independencia y la suspendió, y por ello debe dar cuentas al Gobierno central, a los ojos de muchos catalanes es quien incumplió su promesa y no se animó a avanzar decididamente con la declaración de independencia y la constitución de la República Catalana. Después de anuncios que parecían llamar a la acción y a emprender un camino del que no habría, por decisión propia, vuelta atrás, todo resultó ser pura pirotecnia.

Y en lugar de cumplir la hoja de ruta que lo llevó al gobierno y al estadio más cercano a la independencia en más de 80 años, propone diálogo. Y como dice Anna Gabriel, plantearlo ‘¿con quién, con un Estado que sigue amenazando y desplegando fuerzas policiales y militares, que atiza la violencia de la extrema derecha?’, y podemos sumar interrogantes, ¿desde cuándo se dialoga la subversión del orden? porque al fin y al cabo la independencia catalana es la subversión del orden del Estado español, ¿Desde cuándo el poder central avalará una independencia? ¿No sería más fácil para quienes proponen la salida acordada reconocer que están en contra de la salida pero proponen acciones más diplomáticas que la violencia institucional? ¿No será que Puigdemont no estaba tan convencido de lo que proponía? Y en la vereda de enfrente también hay consultas por hacer, ¿no será que dejaron crecer al yuyo para entonces arrancarlo de raíz? ¿no eligieron erigir al cuco catalán para poder buscar el abroquelamiento detrás de la defensa de la españolidad?

A uno y otro lado de la grieta que genera en la población española la propuesta de independencia catalana hay luces y sombras, y a ambos lados también no aparecen liderazgos convincentes que aporten serenidad y claridad a la cuestión. Ni Rajoy ni Puigdemont están a la altura de las circunstancias. Tampoco lo estuvo el Rey, cuando tuvo la oportunidad de legitimarse. Queda entonces todo en manos de la ciudadanía, que volviendo a Allende, ‘debe defenderse, pero no sacrificarse’.

La violencia propuesta por el poder central no es el camino, y es abrir una puerta que no siempre es fácil cerrar. La tibieza ejercida por el poder catalán tampoco lo es, porque es negar la vía del cumplimiento de acuerdos para la obtención de resultados.

La situación requiere responsabilidad de quienes tienen responsabilidades. El momento precisa que los políticos hagan política. Hasta el momento nada de esto ocurrió, el futuro es una incógnita.

 

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