El pasado lunes se cumplieron los ochenta años del golpe de Estado contra el régimen político elegido por los españoles en 1931 originando una guerra civil y casi cuarenta años de dictadura fascista en España. El 18 de julio de 1936 un grupo de militares se sublevó contra la República y contra el gobierno legítimo del Frente Popular, como todos ustedes ya saben. Fue lo que el franquismo (y algún dirigente del PP) llamó el «Glorioso Alzamiento Nacional».

No voy a hacer un repaso a lo que ocurrió después de aquel 18 de julio porque, más o menos, todo el mundo lo sabe. En España se instauró una dictadura militar de carácter fascista en la que fueron represaliados cientos de miles de compatriotas, si no contamos con los millones que se vieron obligados a exiliarse si querían salvar su vida. Cárcel, ejecuciones o torturas eran las formas de tratar la discrepancia política por parte del régimen franquista. Todo lo anterior si no contamos con las matanzas indiscriminadas de las tropas nacionales durante la Guerra Civil: Badajoz, Gernika o el asesinato de quienes huían de Málaga a Almería son algunos ejemplos de ello.

Franco murió el 20 de noviembre de 1975 y la resistencia de quienes querían mantener el franquismo tras la muerte del general fue feroz, incluso se intentó prolongar la vida del dictador para mantener en la Presidencia de las Cortes y del Consejo del Reino a Alejandro Rodríguez de Valcárcel. Recuerden ustedes cómo figuras políticas como José Antonio Girón de Velasco, Blas Piñar, José Utrera Molina, Carlos Arias Navarro o José María Fernández de la Vega, por citar algunos, y generales como Iniesta Cano o De Santiago, intentaron hacer valer su influencia para que los planes de Transición no llegaran a buen puerto. Sin embargo, no lo lograron y fueron precisamente las Cortes franquistas las que aprobaron la Ley para la Reforma Política de Torcuato Fernández-Miranda que finiquitaba al franquismo y que abría un nuevo horizonte. Recuerden la portada de Diario16 del 19 de noviembre de 1976: «Adiós dictadura, adiós». Desde entonces hemos vivido en un Estado democrático, con una Constitución que reconoce los derechos y libertades que el franquismo negaba a los españoles y con unas instituciones basadas en el Estado de Derecho. Evidentemente es necesario realizar reformas muy profundas a lo que surgió de la Transición, pero lo que no se puede negar es que en estos años hemos vivido en democracia y en paz.

Sin embargo, no se puede decir categóricamente que el franquismo haya muerto porque aún está muy presente en nuestra sociedad, algo que rechina en una nación democrática. Los delitos cometidos en su represión fueron de tal gravedad que pueden ser calificados de lesa humanidad por lo que no prescriben y están por encima de las leyes de los países. Pero en España en vez de hacer lo que se hizo en Alemania juzgando a los responsables de tales atrocidades, se les protege con la excusa de la Ley de Amnistía de 1977, un texto legal que no es otra cosa que una ley de punto final, un «aquí paz y después gloria», olvidándose del dolor de las víctimas. Recuerden ustedes que España ha sido condenada en varias ocasiones por la desprotección a las víctimas y por el obstruccionismo legal del Gobierno a que se acometan las acciones jurídicas que corresponden a cualquier delito de lesa humanidad. No obstante, esto no es todo. En nuestro país aún hay miles de vestigios que homenajean al franquismo. Son miles las calles dedicadas a generales de la Guerra Civil que no fueron otra cosa que verdaderos carniceros y que no dudaron en asesinar a miles de personas por el mero hecho de que pensaban de forma diferente a la suya. ¿Recuerdan aquella frase de Emilio Mola? «Sembrar el terror… eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros». Este señor tiene cientos de calles dedicadas a él, del mismo modo que la tienen el propio Franco (con todos sus títulos), Yagüe (el principal responsable de la matanza de Badajoz) Muñoz Grandes (quien dirigió a la División Azul, el cuerpo de ejército español que luchó en la Unión Soviética dentro del Ejército nazi) o Queipo de Llano (el principal responsable de la represión en Andalucía). Pero no es sólo el callejero. En España hay miles de monumentos en homenaje a los mártires de la Cruzada, a los Caídos por Dios y por España, y un largo etc. En un país serio y respetuoso de los valores que defiende la democracia cualquier referencia al franquismo ya habría sido eliminada del mapa y se habría puesto del lado de las víctimas. Para ello el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero aprobó la Ley de Memoria Histórica, una ley que el Partido Popular ha obviado de manera deliberada lo que, en derecho, es un delito de desobediencia dolosa.

En este 80 aniversario del Golpe de Estado hemos sido testigos de cómo el franquismo sigue muy vivo en nuestra sociedad. No se trata sólo de unos cuantos viejos nostálgicos o de unos cuantos jóvenes ignorantes que no tienen ni idea de lo que significa una dictadura porque ellos han crecido en un régimen democrático. Lo peor es que desde las instituciones, sobre todo desde las que están al mando del Partido Popular, no sólo se ponen todas las barreras posibles al cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica, sino que se llega a homenajear a Franco y a su régimen. Los ejemplos se cuentan por miles. Hemos visto a miembros del Gobierno (Delegación de Gobierno) entregando placas en homenajes a la División Azul; hemos visto a ediles del PP con sus despachos llenos de retratos de Franco y de José Antonio Primo de Rivera; hemos visto cómo el propio Partido Popular ha humillado a las víctimas del franquismo con su no reconocimiento y su oposición al cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica. Hemos visto cómo se han permitido manifestaciones fascistas de exaltación del franquismo y del nazismo o cómo en actos oficiales se han mostrado símbolos y banderas de esta ideología. Somos testigos de cómo existe una fundación encargada de velar por el legado del dictador y de que esta fundación es legal y recibe subvenciones públicas. Son tantos los ejemplos que me quedaré ahí pero todos tenemos en la mente muchos más de los citados.

Caso aparte lo encontramos en la Iglesia. Todos los años son frecuentes las noticias de cómo se realizan misas de homenaje a Franco y donde se hacen referencias a la Cruzada o al Glorioso Alzamiento Nacional o, y esto es más grave, se hacen llamamientos para que el régimen franquista vuelva a ser instaurado. ¿Se imaginan ustedes que se celebrara una misa de homenaje a Hitler o a Himmler en la catedral de Colonia? No, ¿verdad?

Todas esas cosas ocurrieron el pasado lunes con el agravante de la emisión en RTVE de una película de propaganda franquista, El santuario no se rinde, un film donde se enaltece la labor de las tropas nacionales durante el asedio al Santuario de Santa María de la Cabeza. De esto a emitir Raza o Sin novedad en el Alcázar hay sólo un paso. ¿Se imaginan ustedes que la televisión pública alemana emitiera El judío Süβ? Claro que no.

El lunes pasado vimos ejemplos suficientes de cómo Francisco Franco Bahamonde aún sigue muy vivo en la sociedad española. ¿Es esto normal?

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1 Comentario

  1. todos los lideres de las naciones se desgastan a lo largo del tiempo,incluso los propios partidos
    solo la monarqia legitima pude albergar al menos malo de todos los sistemas,segun winston
    churchill,la democracia.y las republicas suelen acabar en autocracias.

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