(a mi amigo el Mago, que no sólo siempre me lee, sino que sabe leerme. Con gran afecto.)

 

Llovían viñetas en todas las pantallas de los móviles, ordenadores, televisores, y en los periódicos y en las radios. Ayer. Se recordaban frases, dibujos, momentos… Ayer.

¿Quién no quería a Forges? ¿Quien no quiere a Forges? No conozco, nunca he oído hablar mal de él. Era un humor blanco e inteligente, también resignado, como esa bonita frase del Tao.

“¿Quieres mejorar el mundo? No creo que se pueda. El mundo es sagrado. Si lo manoseas, lo arruinas. Si lo tratas como un objeto, lo pierdes.”

Forges no pretendía mejorar el mundo, sabía que es sagrado y más poderoso que nuestras buenas intenciones. Tampoco lo manoseaba: sólo le dibujaba sonrisas.

Ayer, anoche, pensaba que debe ser bonito morirse entre tanto afecto, bañado por esa lluvia de viñetas con las que he abierto estas palabras. Pero ahora, hoy, es de día y mentiría si dijese que no me siento triste por su muerte; aunque sé que pasará, que la sensación pasará, y que sus viñetas, las sonrisas que con tinta indeleble han dibujado y seguirán dibujando en los corazones, perdurarán. Saberlo no hace que desaparezca la desazón, pero sí es un consuelo.

Decir Forges, decir conozco a Forges, decir soy amigo de Forges, bastaba para provocar una sonrisa en el rostro de quien escuchara. Y en el futuro, mañana, decir conocí a Forges, fui amigo de Forges, fui vecino de Forges, seguirá despertando sonrisas espontáneas, pero serán agridulces, un poco tristes. Ya no existirá la posibilidad de llamarlo por teléfono, cruzárselo por la escalera, compartir su mirada por algo que acaba de suceder; mañana.

Y en cualquier caso, después de la lluvia de viñetas y sonrisas de ayer, yo hoy elijo estar triste, echarle de menos, lamentar que se haya muerto. No deberían morirse nunca los siempre escasos hombres buenos.

 

(mecanografía: Guillermo Sánchez)

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